Pero bastante antes de que su figura desgarbada, a menudo con un cigarro entre los labios y sonriente a pesar de todo, se convirtiera en familiar y reconfortante para los uruguayos al borde del colapso, Atchugarry había comenzado una carrera sin mayores brillos y signada por la timidez.
“En mi adolescencia era muy gordo y terriblemente tímido, un problema que me acompañó toda mi vida. La primera vez que tuve que dar una clase en la Facultad de Derecho sentí ganas de salir corriendo”, contó al periodista César di Candia (Búsqueda Nº 556) en octubre de 1990, cuando ya era diputado de la Lista 15.
El padre, dedicado al trabajo de la construcción, había seguido al fundador del socialismo local, Emilio Frugoni, pero se apartó en 1962, cuando se sumaron al herrerista Enrique Erro y crearon la Unión Popular.
Pedro Atchugarry, igual que luego su hijo Alejandro, comenzó a prestar atención al pensamiento de Jorge Batlle, entonces un joven diputado que ya “cantaba la justa” pero que enfocó la política de manera muy diferente a la de su padre Luis y a la de su tío abuelo José.
Fin del bipartidismo.
Alejandro, que se ganó la fama de hombre de diálogo y que como muchos liberales antes fue socialista, comenzó a militar en política recién en 1982, sobre el final de la dictadura, y vivió en primera línea el nacimiento de un nuevo tiempo político con Julio Sanguinetti como líder.
“Yo creo que buena parte de la explicación de lo sucedido en la década del sesenta está en (...) la incapacidad del sistema político de encontrarle una respuesta al mundo que había cambiado, lo cual generó una fuerte reacción de la clase media”, dijo a Di Candia. Y agregó: “Estoy convencido de que esa es la explicación económica y sociológica de la aparición del Frente Amplio y del fin del bipartidismo”.
Para Atchugary, Batlle y Ordoñez quiso transformar a “un país todavía caudillesco” en otro de clase media en el que todos tuvieran oportunidades. Reconoció que Uruguay, después de vivir una época “próspera”, se transformó en un lugar donde “no se podía soñar”. Un síntoma de eso fue que no solo su hermano Pablo, el escultor, sino otros familiares de su generación habían salido al exterior y no por motivos políticos, sino para crecer.
En 1986, junto al contador Eduardo Zaidensztad, comenzó el proceso de negociación con los sindicatos portuarios para la reforma de la terminal marítima que se consolidó en el gobierno de Luis Lacalle.
Candidato salvador.
En 2004 pudo haber sido el primer candidato al Senado, pero Batlle no aceptó dejar ese lugar y “el Flaco” se retiró. El entonces diputado Jorge Barrera fue el encargado de anunciar que Atchugarry no sería candidato, durante un acto de homenaje a Luis Batlle en la Casa del Partido Colorado.
En 2008, cuando el Partido Colorado buscaba un candidato de prestigio que lo ayudara a superar el peor momento de su historia, el nombre de Atchugarry apareció otra vez de boca en boca. El senador Pedro Bordaberry quiso —sin éxito— llevarlo a la vicepresidencia, pero otros colorados veían en “el Flaco” una chance de contar con un nombre común del Foro Batllista y la 15 precisamente para frenar a Bordaberry.
Atchugarry de nuevo no aceptó. Entonces argumentó que debía cumplir con la palabra de dedicarse a su familia y a la empresa constructora que la sostenía. En 2000, cuando sus hijos aún eran chicos, había fallecido su esposa Adriana Rubino y por eso se sentía muy comprometido con la responsabilidad de apoyar a sus tres hijos. Por otra parte, él mismo debía cuidar su salud, sensible desde 1989, cuando tuvo un problema vascular similar al de este año y fue operado en Canadá.
Mientras estuvo en el gobierno no se presentó a ninguna licitación pública y según contó su ex socio y ex prosecretario de la Presidencia Leonardo Costa, ocurrió que no quiso cobrar honorarios por soluciones jurídicas que, decía, había aprendido en el Estado.
Esa ética, la inteligencia y el carácter lo habían acercado a José Mujica, cuando ambos llegaron juntos a la Cámara de Diputados y se hicieron compinches a pesar de estar en partidos opuestos. Luego, cuando ocupó la Presidencia, Mujica lo consultó a menudo e incluso le ofreció ocupar un cargo.
Pero Atchugarry, esta vez se mantuvo fiel a su palabra. Como explicó este verano en la última entrevista en “El Observador”, solo volvería a la política si las libertades estuvieran en peligro. También contó que el momento más crítico se vivió en enero de 2003 cuando el FMI aconsejó a Uruguay ir a la quiebra y durante una semana los retiros de los bancos se duplicaron.
“Se le habló a la gente y la gente —en algo que es casi un milagro— respondió. Si se hubiera perdido la calma hubiera sido espantoso”, dijo el ex ministro, quien sin embargo recibió críticas de economistas colorados por las soluciones que encontró con “brazo de hierro pero guantes de seda” tanto con los trabajadores como con el FMI.
El gobierno de Colonia y Paraguay.
El prestigio entre el gran público lo había ganado como piloto de tormentas. En el libro “Con los días contados”, el periodista Claudio Paolillo relató el papel que cumplió Atchugarry en la crisis de 2002, cuando Batlle fue persuadido de que en lugar de un economista se necesitaba un político que aportara flexibilidad, imagen y sobre todo capacidad de diálogo para recuperar la confianza.
Para empezar fue difícil que aceptara, sin ser economista ni hablar bien inglés, ser el sucesor de Alberto Bensión en medio de una corrida bancaria que no cesaba.
El nombre de Atchugarry había sido propuesto por primera vez por el vicepresidente Luis Hierro en octubre de 2001, pero Batlle lo descartó con el argumento de que era fundamental en el Senado y porque además no contaba con la experiencia necesaria para negociar con los organismos internacionales.
Sin embargo, cuando no solo el Frente Amplio sino también el Partido Nacional, que integraba el gobierno, cuestionó a Bensión, Batlle se convenció de que había llegado el momento.
Ademas no había alternativa. El presidente fue a visitar al economista Ernesto Talvi y también pensó en el director de la Oficina de Planeamiento y Presupuesto (OPP) Ariel Davrieux, pero finalmente estos no aceptaron y todos los ojos se posaron en Atchugarry.
Batlle presionó al punto de decirle que si no aceptaba él iba a renunciar y dejar a Hierro al mando, quién sabe por cuánto tiempo.
“En esa dura etapa de su carrera, algún domingo de noche me sonaba el teléfono de mi casa. Era Alejandro buscando diálogos, buscando consejos. Fue un político de gran nivel, un compañero de ruta, un gran amigo”, escribió el martes 21 en “La República”, el economista Alberto Couriel, uno de los frenteamplistas que lo respaldó en 2002.
Un hombre muy cercano a Batlle fue aun más directo y dijo que en esos días el gobierno se trasladó a Colonia y Paraguay, donde tiene su sede el Ministerio de Economía.
Algunos de los que rodeaban a Batlle criticaron el estilo de Atchugarry, en especial la negociación con los delegados de los sindicatos.
El ex presidente del sindicato bancario, AEBU, Eduardo Fernández, recordó que ya en 2000, luego de una visita a Estados Unidos, AEBU se había entrevistado con el presidente y había advertido, sin éxito, de la necesidad de aumentar los controles.
En medio de la tormenta, Atchugarry, que destacaba por la austeridad, al punto de que pagaba sus muchas Coca Cola Light y manejaba un gastado Fiat Elba rojo, se reía cuando sus compañeros del gobierno lo apodaban con sorna “socialista neoliberal”, recordó Fernández. Solía repetir a menudo la frase del almirante Horatio Nelson: “Inglaterra espera que cada uno cumpla con su deber”.
Información Nacional
2017-02-23T00:00:00
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