“ A estas alturas el destino de un diario es parecerse a un semanario. Hablaremos de lo que podría suceder mañana, con tribunas de reflexión, reportajes de investigación, avances inesperados…”.
“ A estas alturas el destino de un diario es parecerse a un semanario. Hablaremos de lo que podría suceder mañana, con tribunas de reflexión, reportajes de investigación, avances inesperados…”.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáHace unas dos semanas, mientras leía “Número Cero”, el último libro de Umberto Eco, me acordé mucho de Alejandro Nogueira.
Antes de salir de Montevideo le envié un mensaje: un gran abrazo. “Él ya no los responde, pero los lee”, me dijeron. Confío en que Alejandro lo haya leído.
El notable intelectual italiano ha escrito un soberbio manual para periodistas, en donde nos cuenta de las deliberaciones de una mesa de editores que analizan el menú informativo de un diario que nunca se va a editar.
“(…) para entender qué hacer hay que combinar todos los datos. Un dato, por sí solo, no dice nada; todos juntos te hacen comprender lo que no se apreciaba a primera vista. Hay que desentrañar lo que intentan esconderte. Las sospechas nunca son exageradas. Sospechar, sospechar, solo de este modo se encuentra la verdad”.
Por todo ello recordé a Alejandro. Él era, en la mesa de editores de Búsqueda, de los que más insistían en ese tipo de cosas. Insistía hasta la impertinencia.
El domingo 3, mientras asistía en Buenos Aires, en una desbordante sala, a la presentación de un libro de dos excelentes periodistas del semanario, Andrés Danza y Ernesto Tulbovitz, recibí un mensaje de Silvia Rivero, la secretaria de Dirección de Búsqueda: “Una noticia triste; murió Alejandro”. Sí que una noticia triste; no por esperada dejaba de ser muy, pero muy triste.
Alejandro Nogueira murió el domingo 3 de mayo, el Día Mundial de la Libertad de Prensa. Tenía 62 años, creo, y durante 11 trabajó en el semanario.
El lunes 4, Claudio Paolillo me llamó desde Costa Rica: “¿Te animas a escribir el artículo sobre Alejandro? Él fue uno de tus generales”.
Ciertamente sí que lo fue; entre los más lúcidos y leales. ¡Qué ejército! Daniel Gianelli y Tomás Linn, Claudio y Mónica, Miguel Arregui, Nelson Fernández, César Di Candia, Efraín Mannise, Álvaro Giz, Álvaro Amoretti, Gerardo Maronna, Raúl Ronzoni, Luis Ignacio Lecaldare, Gerardo Lissardy, Alfonso Lessa, Claudio Romanoff, Gabriel Pastor, Giannina Olivera, Mariana Percovich, Eduardo Alvariza, Nelson “Bocha” García, Adela Dubra, Danza, Leonardo Pereyra y algunos más, que se me olvidan o que ya se fueron, pero no borrados.
¿Generales? Señores mariscales en el campo del periodismo. Y entre ellos, y en las primeras líneas, Alejandro.
En su larga trayectoria por la profesión pasó por “Crónicas Económicas”, “Tres”, “El Observador”, “El País” (eran estupendas sus columnas) y finalmente en la Agencia Burson, su última camiseta, la que transpiró y defendió con lealtad, como era su estilo, y donde tanto lo querían y lo cuidaron, según me consta.
Conocí a su padre mucho antes de conocerlo a él. Allá por principios de los 60. Éramos compañeros en la Asociación de Bancarios, donde Nogueira padre dirigía AEBU, el órgano oficial del sindicato y donde yo publiqué alguno de mis primeros artículos. Eran épocas de “paros patrióticos”, de “reformas amarillas” y de cuando grandes sindicatos y grandes dirigentes, de los más grandes, se oponían decididamente a la politización —la partidización— del movimiento sindical.
Recuerdo que a poco de ingresar Alejandro al semanario me crucé con su padre —mantenían entre ellos una relación especial— y le pregunté por su hijo. “Es un tipo en serio”, me respondió.
Alejandro Nogueira tuvo una vida agitada e intensa. Recorrió caminos, escarpados y con bifurcaciones varias. Enfrentó cada momento y cada disyuntiva con decisión, optó y asumió. Con parquedad, como con un gesto adusto que no era tal y que solo era una careta tras la que escondía su modestia y una cierta timidez.
Vivió el exilio. Militó en el PVP (Partido por la Victoria del Pueblo), actuó en la clandestinidad junto a su esposa, con quien escapó a Buenos Aires por mediados de los 70. Fueron apresados, él y su esposa, en Argentina, secuestrados por la Triple A, se dijo. Fue traído a Montevideo en el “segundo vuelo” y desaparecido e internado por un tiempo en las cercanías de la capital.
Ya en libertad reanudó por un período la vida matrimonial —la cárcel no afectó la relación—, se dedicó al periodismo y en 1986 recaló en Búsqueda.
Como cronista primero, luego estuvo en la sección de Economía; fue jefe de Información y era subsecretario de Redacción cuando finalizó su relación con el semanario.
Era de un rigor implacable en su tarea, a veces como que hasta se le iba la mano. “En algún momento hay que poner punto, Alejandro”, había que advertirle. Era de los que siempre querían escarbar un poco más y que, ciertamente, no se conformaba con unos pocos datos. Era exigente, consigo mismo y con el resto. No transaba fácilmente; algunas discusiones sobre el cierre con Nelson Fernández, por ejemplo, fueron de antología. Cuando se le ponía algo en la cabeza, por momentos exasperaba. Sin embargo, no era intolerante, ni en el trabajo periodístico ni en ningún aspecto de la vida. Reconocía sus errores y admitía los puntos de vista diferentes a los suyos. Y lo hacía sinceramente, sin enojo, con una sonrisa —grave y profunda, como una tos—, siempre franca y fraternal y deponiendo una cierta ironía que lo caracterizaba, sobre todo cuando asumía asuntos y temas no fáciles y no solo de trabajo. Como jefe ejercía el mando y era severo, pero entre jefes en ocasiones se ponía hasta intratable en la defensa de su gente, sus compañeros (jamás sus subalternos). Era, sin dudarlo, un buen compañero y un mejor amigo.
Alejandro era una gran pluma para contarle a la gente lo que estaba pasando. También podía ser muy filosa llegado el caso. Como dije, la ironía era parte de sus pertrechos.
Era culto, muy culto, y de una especial sensibilidad. Daba gusto charlar con él sobre los más variados temas. Lo hacíamos mucho, mientras trabajamos juntos y después de ello en ocasiones en que nos juntábamos para ponernos al día, cambiar figuritas y repasar algunos chismes.
Fue de los grandes periodistas de Búsqueda. El semanario lo valoró y lo respaldó y se jugó por él cuando se pretendió, ya en democracia, que se lo eliminara de su nómina por sus “antecedentes subversivos”. Alejandro fue agradecido y leal. Lealtad probada aun después de acabada la relación laboral.
Fue una triste noticia la de su muerte. Era un muy buen periodista y un gran compañero y amigo. Un señor, un hombre cabal.
Fue un tipo en serio Alejandro Nogueira.