Aquello que pasó hace mucho, mucho tiempo, está sucediendo de nuevo. Una vez más. El futuro tiene un pasado denso, cargado de historias y leyendas. Que hablan de guerras civiles y de rebeliones, de alianzas y traiciones, de una república que se convierte en imperio, de un emperador malvado y con poderes que no se diferencian de la magia. Historias de una (supuesta) inmaculada concepción, de un niño prodigio, de apariciones espectrales, de piratas, escuderos, mercenarios y cazarrecompensas, de ejércitos invencibles, de princesas guerreras, de ancianos que pelean con envidiable destreza, duelos de esgrima donde vuelan manos y cabezas. De largos viajes por sitios que reciben nombres como Coruscant, Chandrila o Alderaan. Esto y más es Star Wars, la saga interminable.
El jueves 17 de diciembre se estrena Star Wars: El despertar de la Fuerza. La séptima entrega de la saga iniciada en 1977, entonces presentada en Latinoamérica con el título La guerra de las galaxias, y desde hace unas décadas conocida como Star Wars – Episodio IV: Una nueva esperanza, es una producción de Walt Disney Pictures. Rápido flashback: en 2012, Disney adquirió Lucasfilm, la empresa de George Lucas, creador de la franquicia y director de cuatro de las seis películas que componen el denominado Canon Star Wars (existe un universo en expansión, constituido a partir de cómics, videojuegos, animaciones, ficciones televisivas, decenas de novelas y narraciones breves que se desprende de ese canon, contempla acciones ocurridas 25.000 años antes de Episodio I: La amenaza fantasma y llega a más de 140 años después de lo narrado en Episodio VI: El retorno del Jedi), por lo que decidieron relanzar la franquicia, por todo lo alto. Material hay. Razones para ir al cine, sobran.
Una razón: la dirige J.J. Abrams. Rápido CV: creador de la serie Lost, responsable de Mission: Imposible III y de haber resucitado Star Trek en el cine. La historia transcurre 30 años después de El retorno del Jedi, y vuelve parte del elenco original: Harrison Ford (Han Solo), Mark Hamill (Luke Skywalker) y Carrie Fisher (Leia Organa), además de Anthony Daniels (C3PO), Kenny Baker (R2-D2) y Peter Mayhew (Chewbacca). También están Adam Driver (en el papel de Kylo Ren), Daisy Ridley (Rey, un papel como de Luke en versión femenina), John Boyega (un desertor de las tropas imperiales), Oscar Isaac (del lado de los rebeldes), Lupita Nyong’o (verdadero misterio), Andy Serkis (el hombre que hizo de Gollum viene nuevamente con traje pixelado), Domhnall Gleeson (ex saga Harry Potter) y Max von Sydow (sí, señores). Esa es otra razón.
Otra más. Quienes vieron el tráiler (una y cien veces) se disolvieron en baba. El nuevo villano, Kylo Ren, está obsesionado con el villano máximo, con Lord Darth Vader, el eje del mal, el perturbador de la Fuerza. Es como un fan delirado, que lo idolatra y tiene su armadura, chamuscada, hecha paté, en una especie de altar. Usa una máscara como la de Vader y un sable de luz muy distinto, tipo templario, que le protege las manos, porque si hay algo que suelen hacer los jedis es cortar muñecas a lo loco.
El guion lo firman Lawrence Kasdan, J.J. Abrams y Michael Arndt. Es la tercera razón: Kasdan es el autor del libreto de El imperio contraataca, la mejor de las seis películas, también la más oscura: básicamente podría decirse que los buenos no ganan. Es un episodio clave en la saga, en el crecimiento espiritual del protagonista. Allí, el fantasma de Obi Wan (Alec Guinness) se presenta ante Luke (Mark Hamill) y el maestro Yoda (Frank Oz) en el pantano y suministra información muy valiosa. “Luke, no quiero perderte de la misma forma que perdí a Vader”. El joven y ansioso aspirante a jedi le asegura que no lo hará. Y Yoda, en tanto, con su particular manera de hablar, le comenta a su antiguo discípulo: “Detenerlo debemos. De esto todo depende”. Mira a Luke: “Si acabas tu entrenamiento ahora elegirás el camino fácil, como lo hizo Vader. Te convertirás en un servidor del Mal”. El señorito no terminó su entrenamiento, y en la web circula una muy nutrida teoría sobre el pasaje de Luke al lado oscuro que conviene revisar.
El futuro tiene pasado. George Lucas lo demostró dos veces. La primera, con el estreno de una trilogía —la germinal Una nueva esperanza (1977), la oscura El imperio contraataca (1980), la festiva El retorno del jedi (1983)—, mostró ciudades futuristas arruinadas, civilizaciones fatigadas, androides rehechos, cruceros espaciales devorando la pantalla, gobiernos totalitarios con estética soviética/hitleriana/ciborgiana, combates entre meteoritos, naves con fallas mecánicas y dificultades para alcanzar la velocidad de la luz —Han Solo le daba golpes a uno de los paneles del Halcón Milenario del mismo modo que todavía se golpea el televisor con la esperanza de mejorar mágicamente la transmisión de un partido de fútbol. Mostró antiguas verdades convertidas en leyendas: los jedis, una orden de disciplinados guerreros, guardianes de la justicia y la paz en la galaxia, estudiosos del mundo y del alma, en algún punto emparentados con los monjes taoístas, los maestros zen y los samuráis; los sith, seres oscuros, exiliados de la Orden Jedi, carcomidos por el odio, y la Fuerza, un concepto metafísico que le confirió a esta odisea espacial y western galáctico una dimensión más poderosa, abriendo canales hacia abordajes más espirituales. En la trilogía de las décadas de 1970-1980 tenía un atributo más místico, y encuentra una relación cercana al Tao, el origen de todo, según la doctrina de Lao-Tsé. El universo, como el Tao, es la más grande manifestación de la Fuerza. Se mueve, vibra, tiene vida, despierta una sensación de empatía con el universo.
Con la segunda trilogía —Episodio I: la amenaza fantasma (1999), Episodio II: el ataque de los clones (2002), Episodio III: la venganza de los Sith (2005)—, Lucas fue hacia atrás en la línea cronológica de la saga con la intención de ilustrar la sumisión de Anakin Skywalker al lado oscuro de la Fuerza. No fue una grata experiencia. Resulta chocante que un director que buscaba mostrar, en la historia de Luke y su padre, cómo relacionarse con la tecnología sin servirla compulsivamente, filmaba aquella película tan esclavizada por los efectos especiales. La primera buscó acercarse al público infantil de un modo infantil, aunque ya ha pasado tiempo suficiente como para que se puedan disfrutar los seis episodios en el orden cronológico. Si bien en La amenaza fantasma la explicación “científica” que se hace de la Fuerza parece de una torpeza new age que pierde coherencia respecto a la siguiente trilogía, quizás haya que tener en cuenta que pasan unos años —y algo más— entre una historia y la otra, por lo que es un detalle que puede afectar bastante la definición de este concepto. En El ataque de los clones, Anakin parece demasiado crack de la nada, y está tan irritado y molesto que cualquier jedi con dos dedos de frente lo mandaría a cultivar flores embudo a Tatooine. Es en La venganza de los Sith, la tercera, donde el asunto se acomoda un poco, solo un poco, porque también hay subrayados y empujones para que se entienda que este muchachito talentoso, hábil espadachín, pero también ansioso, ambicioso e intolerante, se compró todos los números para ser el Malo de la galaxia. Dominar los poderes externos, enfrentar el destino, asumir que el bien y el mal pueden ser relativos de acuerdo con la posición y el tiempo en que uno se encuentra. Así queda ilustrado y subrayado casi infantilmente en Episodio III. Anakin es uno de esos chicos malos muy seguros de que están haciendo el bien cuando lo que hacen es precisamente lo contrario. Existe una regla, que mencionó el señor Alfred Hitchcock: cuanto mejor logrado está el malo, mejor es la película. Y Darth Vader, parte hombre y parte máquina, es el gran villano, dueño de escenas antológicas.
La continuidad y la expansión del campo de batalla de Star Wars, además de ese gran villano, además de R2D2, el droid de los mil recursos, además del ingenioso aparato de marketing que funciona a niveles inimaginables, responde a que es una obra que cede a conceptos mayores y perdurables. Acercarse y entrar al universo de las contiendas espaciales, los planetas helados, las ciudades en las nubes, los sables láser, es también acercarse y entrar en contacto con otros universos. Es parte de su valor. Es el valor que tienen algunos milagros pop: que no se acaban en sí mismos —Star Trek, Lost—, son llaves que abren otras puertas. Quien tiene ojos, que vea. Star Wars puede ser una buena entrada para acceder a otros grandes relatos, o, mejor dicho, a las fuentes de las que bebió Lucas: los mitos, los sueños y las pesadillas de la humanidad, los temores y deseos que la acompañan desde sus inicios.
Lucas reconoció que hubo un libro fundamental en la creación de su mundo. El héroe de las mil caras, de Joseph Campbell. Esta obra de mitología comparada expone, por medio de ejemplos de distintas culturas de diferentes épocas, que los mitos antiguos son, en esencia, distintas formas de contar las mismas historias, una vía de transmisión de valores. Para Campbell, los mitos son “una serie de pistas que nos ayudan a encontrarnos dentro de nosotros mismos”. En El héroe de las mil caras analiza el arquetipo del héroe y cada componente simbólico: el llamado a la aventura, la partida, la iniciación, el encuentro con el mentor, la odisea, el ingreso en la caverna más profunda, el cruce del primer umbral, las pruebas, etcétera, hasta llegar al último estado, el regreso con el elixir, puede notarse en cuentos y leyendas de cualquier civilización, cada componente se manifiesta en la vida de las personas. Los mitos enseñan. Lucas tomó nota. Y las trasladó a las páginas de un guion titulado The Adventures of the Starkiller, Saga I: The Star Wars, que comenzó a escribir en el verano de 1974. Tenía una idea en mente.
Jamás ocultó que desde el comienzo su intención fue crear una historia para niños. Tuvo en la cabeza, siempre, a un público de ocho o nueve años en adelante. Al comienzo, el protagonista se llamaba Luke Starkiller. Nombre muy oscuro para una película para niños. Entonces pasó a ser Luke Skywalker. De matar estrellas a caminar por el cielo. “Quería hacer una película para niños, que pudiera presentarles algo así como una moral simple. Ahora, a los niños ya no les dicen: ‘Hey, esto está bien, y está mal”, comentaba. Ahí habita parte de la fuerza de esta saga. Más allá del empaque, más allá de los efectos, del marketing, el cuento moral funciona. Valores como el altruismo se enfrentan al egoísmo, y un mercenario cínico y vanidoso como Solo (Harrison Ford) aprende a ser héroe.
En el indispensable El poder del mito, que recopila los diálogos entre el periodista Bill Moyers y Campbell, contenidos en la serie homónima de 1988, se retoma, de manera inevitable y necesaria, el argumento y los alcances del modelo de Star Wars. “Lo que descubro en Star Wars es el mismo problema que nos plantea Fausto (de Goethe): Mefistófeles, el hombre máquina, puede darnos todos los medios, y es probable que así determine también los objetivos de la vida. Cuando Luke desenmascara a su padre, está anulando el papel de máquina que ha jugado el padre. El padre era el uniforme. Eso es el poder, el papel del Estado. (…) Es lo que Goethe dijo en el Fausto, pero que Lucas ha sabido expresar en un lenguaje moderno: el mensaje de que la tecnología no nos salvará. Tenemos que apoyarnos en nuestra intuición, en nuestro verdadero ser”.
Un video que circula por la web del programa televisivo Dinner for Five, de 2005, en el que aparecen Kevin Smith, Jason Lee, Stan Lee, Mark Hamill y J.J. Abrams, Hamill cuenta que intentó convencer a Lucas para que, al final de Star Wars, su personaje siguiera los pasos de su padre y pasara al lado oscuro. No fue así. Demasiada oscuridad para George Lucas, que había cambiado Starkiller por Skywalker. Pero ahora no tiene nada que ver en este asunto.
Vida Cultural
2015-12-10T00:00:00
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