En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
¡Hola !
En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
¡Hola !
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
Cuando la serie documental Making a Murderer se estrenó en Netflix en 2015, el impacto tuvo las características de un terremoto. Aquellos diez episodios desnudaban una indignante mala praxis de la Policía y la Justicia norteamericanas, confabuladas para meter preso durante 18 años (de 1985 a 2003) a Steven Avery, un hombre inocente cuya culpabilidad fue descartada gracias a un examen de ADN. Pero la cosa no terminaba ahí: Steven Avery tuvo un corto recreo de dos años en libertad y como en ese lapso se dedicó a publicitar el horror que habían cometido con él y a demandar a los responsables del Estado de Wisconsin por 36 millones de dólares, en 2005 lo volvieron a encarcelar acusándolo del homicidio de Teresa Halbach, esta vez junto a su primo hermano Brendan Dassey como coautor, un adolescente con claro retraso mental al que la policía arrancó una confesión totalmente inducida. A partir de 2005 retoma esta segunda temporada, que registra lo ocurrido desde entonces hasta junio de 2018.
¡Registrate gratis o inicia sesión!
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
Esta nueva serie también realizada por Moira Demos y Laura Ricciardi tiene diez episodios de una hora cada uno y a Kathleen Zellner como protagonista excluyente. Zellner es una abogada penalista con estudio en Chicago que se ha especializado en sacar de la cárcel a individuos condenados a muerte o a cadena perpetua, basándose en errores de procedimiento judicial o en violaciones constitucionales durante el proceso. Su prestigio descansa en 19 casos de condenados a quienes logró liberar luego de demostrar los errores del sistema que los había puesto presos.
Su modus operandi es un nuevo análisis de los hechos y de la prueba producida en el juicio, y aquí es donde esta segunda temporada hinca el diente y nos muestra el rigor de investigación y análisis de la abogada. Es tanto lo que escarba que ella misma advierte: “Les digo a los clientes que no acepten mis servicios si realmente son culpables, porque fatalmente los descubriré”. Y en el mismo sentido dice de Avery: “Cuando alguien quiere que se hagan todas las pruebas posibles que podrían hacerse para probar su culpabilidad o inocencia, es cuando esa persona sabe que es inocente”.
Otro atractivo de esta temporada es el desfile de peritos de primer nivel que a paso lento y seguro destruyen las conclusiones a las que se llegó durante la primera instancia del juicio. Especialistas en manchas de sangre, en ondas cerebrales que leen el perfil culpable o inocente del individuo, en cuerpos humanos quemados, en balística, en la prueba de ADN. En paralelo al caso de Avery se despliegan los pormenores judiciales del caso de su primo Brendan Dassey, asistido por los abogados Laura Nirider y Steven Drizin, también especializados en los procedimientos “poscondena”.
Ese paralelismo entre los dos juicios permitirá apreciar también la diferente estatura de los respectivos defensores. En la comparación la figura de Zellner se agranda. Para ella no solo importa debilitar la confianza del tribunal en el veredicto primario por la existencia de errores de procedimiento, falencias probatorias y varios etcéteras, sino además descubrir cómo fueron realmente los hechos. Su experiencia así se lo indica: “Llega un momento —dice— en que los jueces te dicen: está bien, usted puede tener razón, pero entonces ¿qué cree que sucedió?”. Para ese momento ella necesitará un sospechoso alternativo del asesinato, con evidencia suficiente en su contra como para arrojar dudas razonables sobre la culpabilidad y condena de su defendido Steven Avery. Un juego de ajedrez apasionante.
Como en la primera temporada, las realizadoras se mueven entre las oficinas judiciales, los laboratorios forenses, las reconstrucciones de los hechos y las familias Dassey y Avery. El estrago que el paso del tiempo y la angustia produce en los padres de los condenados es penoso. Hay escenas conmovedoras en la cocina de los viejos Avery, con prolongados silencios muchas veces compartidos por las visitas compasivas de la doctora Zellner. También las realizadoras reiteran con éxito el recurso de la recreación de diálogos telefónicos y presenciales mientras la cámara repasa lugares y primeros planos de los protagonistas.
En contraste con todos los brillos de la defensa, un feo tufo emana del lado del Estado. El mismo que ya se dejaba oler en la primera temporada invade ahora otra vez la pantalla. Parece claro que el Estado sabe que está equivocado, pero consideraciones de orden político le impiden reconocerlo. Zellner lo intuye, pero confía en que la ciencia forense terminará por desmoronar el caso que los fiscales han construido. Hará falta una tercera temporada para terminar de develarlo. Mientras tanto, Steven Avery totaliza 31 años preso y Brendan Dassey 13.