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    América, un hogar dividido

    “El conspirador”, de Robert Redford

    El 15 de abril de 1865, Abraham Lincoln recibió un disparo por la espalda en el teatro Ford. Había asistido a ver un musical. Una vez cometido el atentado, el asesino John Wilkes Booth saltó desde el palco y aterrizó en el escenario, donde gritó una consigna en contra de todos los tiranos. Booth, partidario del Sur, también era actor. Por lo tanto, hizo política y actuación al mismo tiempo. Así lo cuenta la historia y así comienza El conspirador, la última película de Robert Redford como director.

    Redford nació en Los Ángeles, en la soleada California, en 1936. Luego de una infancia difícil y de una juventud rebelde y bastante beoda, hizo sus primeras armas en el teatro y luego en la pantalla grande. Ya se perfilaba como un galán, cosa que demostró con creces en “Descalzos en el parque” (1967), “Butch Cassidy and the Sundance Kid” (1969), “El golpe” (1973), “África mía” (1985) y “Havana” (1990), entre otras.

    Lincoln, decimosexto presidente de los Estados Unidos y el primero del Partido Republicano, había logrado unificar un país partido en dos y desangrado por una guerra civil que duró cuatro años (1861-1865) y que tuvo 600.000 muertos, cifra que supera a la de todos los norteamericanos caídos en las dos guerras mundiales. América era un hogar dividido entre Sur y Norte, entre esclavistas y abolicionistas.

    Redford plantea su película como un juicio: de un lado quienes atentaron contra el presidente, incluida la señora Mary Surratt (Robin Wright), dueña de una pensión donde los conspiradores se habían alojado, y del otro toda la fuerza del Estado para castigarlos, con un férreo Danny Huston a la cabeza. Defiende a la señora Surratt, que es inocente, el abogado Frederick Aiken (James McAvoy), en su momento un valiente soldado yanqui.

    Lincoln tenía una máxima: “Mejor es callar y que sospechen de tu poca sabiduría que hablar y eliminar cualquier duda sobre ello”.

    Redford, un buen galán y un actor correcto, debutó detrás de las cámaras en 1980 con “Gente como uno” y se llevó el Oscar a la mejor dirección. Su carrera como cineasta siempre fue políticamente correcta, sin aristas de verdadero talento, sin nada jugado ni imprevisto. “El secreto de Milagro” (1987), “Nada es para siempre” (1992), “El dilema” (1994), “El señor de los caballos” (1998), “Leyendas de vida” (2000) y “Leones por corderos” (2007) son todas películas prolijas pero carentes de algo que vibre auténticamente, lo que las hace aburridas.

    Lo mismo ocurre con El conspirador: postula los valores de la ley por encima de cualquier otra cosa (los enemigos políticos, los delincuentes e incluso los asesinos tienen derecho a una defensa) pero no sale del pantano de lo apenas aceptable.

    Las actuaciones de Robin Wright y Frederick Aiken —los dos rostros del afiche que miran a lontananza, hacia una América mejor— son aburridas por lo marmóreas y frías y les falta cualquier indicio humano (un tic, un gesto irracional). Salvan la plata Danny Huston, Tom Wilkinson y un irreconocible Kevin Kline que le pone sal sin miedo a su personaje.

    Redford, en cambio, es sin sal y descafeinado. Como dijo Lincoln: un tipo que calla su falta de talento (como actor, como director) postulando ideas justas y compartibles. Es decir, un tipo inteligente que está muy lejos de ser un artista.

    Sin embargo, hay dos cosas que agradecerle a nuestro galán por fuera de su papel liberal, demócrata y progresista: la interpretación de un motociclista avivado y desprolijo en “El falso ídolo” (Little Fauss and Big Halsy, 1970, de Sidney J. Furie), una maravillosa película con aires rebeldes que es muy difícil encontrar en el cine norteamericano actual, y la creación y el impulso que le dio a una vieja estación de esquí en Park City, Utah, para transformarla en el Festival de Cine de Sundance, que reúne durante las dos últimas semanas de enero obras de realizadores independientes.

    “El conspirador” (“The Conspirator”). EE.UU., 2010. Dirección: Robert Redford. Guión: James D. Solomon y Gregory Bernstein. Duración: 123 minutos.

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