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Hipótesis: Robert Zemeckis tiene un doble, un Doppelgänger. El director estadounidense, realizador, entre otras, de Volver al futuro, la trilogía que cimentó la popularidad de las trilogías, en ocasiones es suplantado por ese gemelo maligno, el equivalente a Bizarro, la réplica siniestra de Superman, el Anthony Saint Claire de Adam Bell en Enemy, adaptación de Denis Villeneuve de El hombre duplicado, de José Saramago. Y así.
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Es el Zemeckis Malvado el que, por insondables motivos, insiste con las posibilidades que ofrece el escaneo y la digitalización de intérpretes de carne y hueso para enriquecer la narrativa cinematográfica, un recurso del que a veces abusa como un niño con propensión a desarrollar una personalidad adictiva en la vida adulta. Al Zemeckis original le ha salido sencilla y maravillosamente bien —en cuanto a los efectos dramáticos de la narración— en Forrest Gump (la pluma bailoteando en el aire, los encuentros del protagonista con los presidentes, las piernas mutiladas del personaje de Gary Sinise, etc., etc.) y en Contacto (con ese plano secuencia, humanamente imposible de lograr en un set, que registra la acción reflejada en un espejo), sin contar las innovaciones antes aplicadas en ¿Quién engañó a Roger Rabbit? y La muerte le sienta bien. Con En la cuerda floja continuó explorando, aunque de manera más sofisticada, el CGI, del mismo modo que en otra de sus películas más notables, Náufrago. Entonces apareció el Adversario Engolosinado. Y el procedimiento no cuajó —o simplemente salió espantosamente mal— en El Expreso Polar, Beowulf y Los fantasmas de Scrooge, en las que, en su búsqueda de realismo, la tecnología de captura de movimiento ahogaba a los personajes y sus gestos —esos ojos estériles, esos cabellos muertos, símil peluquín, esos movimientos limitados— en el delicado Valle Inquietante, ese efecto de incomodidad, repugnancia y rechazo que produce ver un autómata o una animación de rasgos detalladamente humanos pero no lo suficientemente sutiles para generar una reacción de empatía. Con resultados visualmente potentes, a veces impecable y vertiginoso en las escenas de acción, el truco sobresalía más por sus defectos que por sus aportes cinematográficos.
Ahora, en Aliados, la presencia de un infame barniz digital aparece ya desde la primera escena, con la imagen de un desierto sobrecoloreado y con Brad Pitt descendiendo en un paracaídas de pixeles. No está fácil remontarla a partir de esto. Cada Zemeckis hace su película dentro de la misma película. El que filmó Náufrago intenta transitar la senda del cine clásico, caminando sobre las huellas de Casablanca y Puente de espías, mientras que el director de Beowulf busca imponer sus apetencias, digitalizando todo lo que tiene a mano, venga o no a cuento.
Y el cuento es este. En el marco contextual de la II Guerra Mundial, Max Vatan (Pitt con maquillaje digital para verse más joven), un espía canadiense que trabaja para el Ejército británico, y Marianne Beauséjour (Marion Cotillard), una bella combatiente de la Resistencia francesa, se encuentran por primera vez en Casablanca para llevar adelante una curiosa y peligrosa misión: hacerse pasar por un matrimonio feliz y así asistir a la fiesta que ofrece el embajador de Alemania y reventar a tiros a los nazis. El asunto es que se meten tanto en sus papeles que tienen sexo en el auto, en medio de una tormenta de arena (Titanic versus El paciente inglés), se enamoran, se mudan a Londres, se casan y tienen una hija. Y son felices. Hasta que el personaje que interpreta Pitt (ahora sin maquillaje digital) es informado de que la amada esposa que supuestamente encarna Cotillard, posiblemente es una doble agente que trabaja para los muchachos de la esvástica. Bueno, no es tan descabellado: ambos se conocieron fingiendo ser lo que no eran. El tema es universal: la horrorosa angustia que surge cuando se sospecha que la persona con la que se lleva mucho tiempo compartiendo la vida quizás no es quien dice ser. Claro, aquí es llevado a un extremo. Sí: casi como Sr. y Sra. Smith con nazis y libre de chistes ingeniosos. Él, que está enamorado, no puede creer algo así. El aviador que compone Pitt tendrá que matarla de una o terminará enfrentando un juicio por alta traición. En cierto modo traiciona a la Fuerza Aérea británica e inicia por su cuenta una laberíntica y oculta misión de alto riesgo (no solo para él) con el fin de demostrar y demostrarse que la madre de su hija es inocente y fiel. Por ahí pasan algunos de los momentos mejor logrados de esta exuberantemente vistosa pero malograda producción, que cuenta con la participación de secundarios de primera línea, como Jared Harris, que parece nacido para vestir uniforme, y August Diehl, que tiene la estructura craneal del nazi perfecto.
El guion lleva la firma de Steven Knight, que es muy bueno: escribió y dirigió Locke, gran película protagonizada por Tom Hardy, que también está presente en Taboo, serie televisiva escrita por Knight. Que también es autor de los libretos de Negocios entrañables, dirigida por Stephen Frears, y Promesas del Este, de David Cronenberg. Se nota su rúbrica en esos segmentos ganados por la incertidumbre y la tragedia.
Es evidente cuando el otro Zemeckis mete cuchara: el drama bélico adquiere la textura glamorosa de una publicidad de Armani. Hay un asunto con el tiempo, con la duración de las escenas, que ninguno de los Zemeckis logra calibrar. A pesar de contar con momentos intensos (un tiroteo salvaje entre copas de champán y vestidos de seda, un parto durante un bombardeo), el ritmo decae entre escenas muertas que desperdician la oportunidad de dotar de mayor densidad a los personajes y otorgar peso a los acontecimientos. El romance y el melodrama, el suspenso y la acción bélica con metralletas sonando a tope, un segundo tramo con pretensiones hitchcockianas, no llegan a cohesionar del todo, y Aliados se estira y se estira en un largo bostezo.
Los inconvenientes primordiales nacen, en cambio, en otra parte. La química entre los protagonistas, si realmente existió en algún momento, no se nota. Pitt y Cotillard parecen estar en dos largometrajes diferentes. O haber rodado en países y en tiempos distintos aquellas escenas en las que coinciden, y luego reunidos recurriendo a la manipulación digital que tanto le gusta al doble malvado, al Zemeckis bizarro. Es una hipótesis.
Aliados (Allied). Estados Unidos-Reino Unido, 2016. Dirección: Robert Zemeckis. Guion: Steven Knight. Con Brad Pitt, Marion Cotillard, Jared Harris, Lizzy Caplan. Duración: 124 minutos.