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    Androide paranoide

    Blade Runner 2049, de Denis Villeneuve

    Colaborador en la sección de Cultura

    No era sencillo. Incluso, tal vez, no era necesario. Sobre todo: no era un proyecto que podía caer en manos de cualquiera. Por fortuna, detrás de la realización de Blade Runner 2049, la temida y esperada continuación de Blade Runner (Ridley Scott, 1982), se encuentra el canadiense Denis Villeneuve, hasta hace relativamente poco tiempo un outsider de la ciencia ficción y al mismo tiempo responsable de una de las más brillantes películas de ciencia de ficción de la última década, La llegada, inspirada en el relato breve La historia de tu vida, de Ted Chiang.

    Como ocurrió con el trabajo de JJ Abrams en El despertar de la fuerza, el reinicio de Star Wars, aquí hay un relato que no viene de la nada y que, a su vez, tiene vida propia, más allá de cualquier clase de inquietud o expectativa generada por su sola existencia. Más allá, incluso, del ícono de donde proviene, un filme de culto basado libremente en ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, de Philip K. Dick.

    Lugar común: en su momento, la película fracasó miserablemente, tanto en la taquilla como en la recepción crítica. La filmación fue problemática, tensa, con problemas entre los protagonistas y el director, que fue despedido dos días antes de finalizado el rodaje y luego vuelto a contratar. Se insiste con que hay al menos seis versiones oficiales del filme. La estrenada en Estados Unidos en 1982, muy similar a la exhibida en el resto del mundo, presenta la discutida voz en off de Rick Deckard (que Harrison Ford grabó sin la presencia de Scott) y el altamente polémico y considerablemente entrecomillado “final feliz”, que fueron a parar a la basura en el Director’s Cut.

    Aunque faltan menos de dos años para 2019, el año en el que transcurre Blade Runner, la película de Scott sigue siendo el futuro. Es cierto: no hay celulares a la vista, en las calles se promocionan marcas que ya no existen y la gente fuma en cualquier sitio. Sin embargo, el futuro está allí. En esa ciudad superpoblada, una presencia colosal, de la que emergen torres, templos, pirámides y chimeneas que vomitan fuego. En el pavimento bañado de luces y en los puestos de comida al paso. En la publicidad criminalmente invasiva. En la enredada coexistencia de lenguas, culturas y dialectos. En la constatación de que los pobres son cada más (y cada vez más pobres) y los más ricos cada vez menos (y cada vez más ricos). En esa extraña y paradójicamente sensación de soledad y aislamiento que nace entre la aglomeración y el ruido. En esa noche eterna y esa lluvia constante, que parece ensuciar más que limpiar. Como en Star Wars, el futuro de Blade Runner está constituido por cáscaras, capas, parches y deshechos del pasado. Hay chatarra, suciedad, contaminación y máquinas defectuosas. Como Metrópolis, la nave madre, Blade Runner es una película que se sigue viendo en otras, un universo al que se vuelve cada tanto, de diferentes maneras, en títulos como Akira, Ghost in the Shell, Robocop, Dark City, El quinto elemento, Días extraños, Minority Report, Distrito 9, Ex Machina. Y siguen firmas, solo por mencionar sus parientes cinematográficos, porque la influencia de Blade Runner también puede detectarse en la literatura, los cómics, la moda y la música.

    2049, su hija directa, en ocasiones opera como reverso y complemento de la película de Scott, director que vive su segunda edad de oro y que aquí también oficia como productor. Y siempre, como es habitual en Villeneuve, todo va un poco —o bastante— más allá. Lo hace desde el comienzo: 2049 se inicia de día y en una granja de proteínas. La atmósfera oscura y lluviosa, un recurso usado por Scott, entre otras razones, para disimular que filmaba en un estudio, se inspiró en los días neblinosos de Londres. Ahora, esta ambientación nevada y saturada de polvo, con la misma oscuridad y la misma lluvia, proviene de los días malos del cielo canadiense. El agente K (Ryan Gosling) puede verse como una versión mejorada de Deckard, a la vez que también es una vuelta de tuerca al cazador implacable de la primera. Hay una suerte de nueva versión de Pris expandida en más de un personaje. Y hay una persecución en un hotel abandonado en Las Vegas, presentada en sepia como una agigantada escenografía del Korova, que funciona como correlato de un enfrentamiento nocturno de la primera parte. Y hay muchos elementos que dialogan con la nave madre y con el relato y el universo mental de Dick, que escribió una novela fabulosa y estimulante —y también graciosa— sobre un detective que, investigando a otros, se investiga a sí mismo. Y 2049 es precisamente eso: una historia de detectives a lo Chinatwon (título al que Villenueve le envía un saludo).

    Sinopsis breve. Es el año del título. K desentierra un antiguo secreto largamente sepultado junto a un árbol. Hay una fecha, un caballo de madera, y alguna pista que lo conduce en busca de Deckard, el antiguo blade runner, que lleva 30 años desaparecido. Hay bastante más, robots, hologramas, y sorpresas a su debido tiempo, así que ¿para qué decir más? Alcanza con apuntar que el relato sigue bien de cerca los pasos de K, esta vez sin el recurso de la voz en off, aunque sí con la inclusión de breves flash­backs ayuda memoria.

    Y hablando de memoria. Dentro de la narrativa, pocos autores han indagado de manera tan intensa e inquietante en la delicada fiabilidad de la memoria como Dick —quizás Norman Spinrad, quizás Christopher Priest, quizás Chiang, menos prolíficos pero cultivadores de una prosa más cuidada y elaborada—. Advertencia para quienes vayan a buscar el vértigo y adrenalina y tiros y peleas y robots y naves en llamas: 2049 no va por ahí, camina con cuidado, despacio, con un pulso moroso, atendiendo a los detalles, a lo largo y ancho de dos horas y cuarenta y tres minutos. Mientras la trama detectivesca del oficial K avanza, con el oficial quitando velos y acumulando sospechas, la película se ensancha, su entramado filosófico y espiritual gana densidad.

    En este mundo en el que la tecnología más avanzada es consagrada al desarrollo de la vida en las colonias en otros planetas, donde se marcharon quienes pudieron, escapando de la contaminación y la mugre de la Tierra, se hace evidente el carácter cíclico de la historia, presentando el avance de la civilización a través de la esclavitud y la explotación. En este mundo, los replicantes, entes artificiales muy similares a los humanos, utilizados en trabajos de riesgo, son ciudadanos de segunda, máquinas y esclavos conscientes de su finitud. El misterio de la vida y la muerte, el libre albedrío y la evolución de la inteligencia artificial, la percepción de la realidad y los alcances de la memoria como elemento esencial en la construcción humana, como el tejido que une las diferentes versiones que las personas son de sí mismas a lo largo del tiempo.

    El empaque visual del filme —la fotografía y la dirección de arte son soberbias— viene acompañado de una banda sonora casi perfecta. En esta oportunidad el canadiense no contó con la colaboración del islandés Jóhann Jóhannsson (Prisioneros, Sicario y La llegada). Optó por un nombre más vendedor, especializado en la grandilocuencia, Hans Zimmer, que no por nada suele trabajar con Christopher Nolan. Del mismo modo que Villeneuve opera sobre el filme original, Zimmer crea un universo de sonidos electrónicos e industriales que sintoniza con la respiración de Blade Runner sin ser parasitario del score creado por Vangelis. La música tiene una fuerza enorme y, al parecer, Villeneuve logró controlar los excesos de Zimmer, tan afecto a los cachiporrazos sonoros.

    Antes de arribar a la ciencia ficción con La llegada, una historia sobre el lenguaje, la percepción y el conocimiento, sobre la memoria, el dolor y el amor, ya había demostrado sensibilidad para acercarse a los sentimientos humanos más allá de los géneros, intercambiables y mutables en su cine: el drama criminal de Sicario, el thriller psicológico de Enemigo, el suspenso de Prisioneros, el misterio en Incendies, el drama policial de Polytechnique. En 2049 Villeneuve crea una distopía a la que le llegan destellos de luz, una emocionante fábula donde los recuerdos, actos de creación que suceden a un nivel al que no se tiene acceso consciente, se perderán, en el tiempo, como copos en la nieve.

    Blade Runner 2049. EE. UU., 2017. Dirección: Denis Villeneuve. Guion: Hampton Fancher y Michael Green. Con Ryan Gosling, Harrison Ford, Ana de Armas, Sylvia Hoeks, Robin Wright, Carla Juri, Jared Leto. Duración: 163 minutos.

    Vida Cultural
    2017-10-05T00:00:00

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