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“Hola Montevideo, vengo a derramar mi corazón”, dijo Steven Patrick Morrissey el jueves 17, en una noche inmejorable para un concierto de rock. Y arrancó con un bombazo llamado Suedehead, aquella tonada que desde el vamos se instaló como una de sus mejores canciones. Aquella pregunta perfecta para abrir un recital como este, que puede transformarse en una cita incómoda: ¿Por qué viniste aquí? Aquella melodía melancólica que abría el lado B de Viva Hate, su ópera prima como solista que alivió e hizo sonreír a la legión de fans de Los Smiths, apenada por la separación. Aquella tarareada que se adhirió al oído de miles desde la primera escucha del why a-a-a-a-a-a. Y aquel estribillo tan pesimista como luminoso: I’m so sorry.
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“Estoy feliz de estar en un país con forma de corazón”, dijo, y arrancó Alma Matters. Durante la siguiente hora y media, este muchacho de Manchester con sangre irlandesa en sus venas desmintió a su cédula de identidad —dice 56 años— y se comportó como un veinteañero. No por el derrame de adrenalina típico de un cantante punk, sino por el inmejorable estado de su voz, que se mantiene en los mismos cánones que 30 años atrás, por esa apariencia piterpanesca que le da su clásico jopo y su camisa desprendida, y sobre todo por su garra para interpretar canciones en las que el discurso vale tanto como la música que lo acompaña.
Morrissey encarnó la rareza de ser un músico popular que no se impone la misión de agradar a su público. Su entrega pasa por derramar su corazón pero no precisamente ponerlo en sintonía con el de toda su audiencia. Y también, más allá de estar de acuerdo o no con sus convicciones radicalizadas, por la brutal honestidad que demuestra en cada verso y en cada imagen que estremece a la platea y la deja sin aliento. Como en Meat is Murder, la canción en la que declara la guerra al consumo de carne, el clímax dramático que llena la pantalla de sangre con cruentas imágenes de prácticas de faena de ganado y peces para terminar inquiriendo al público: ¿Cuál es tu excusa ahora?
Uno puede tener excusas muy válidas para responderle a Morrissey; uno puede estar en las antípodas del vegetarianismo y del veganismo. De hecho, gran parte de los 4.000 espectadores que acudieron al Teatro de Verano seguramente disfrutarán a rabiar en las próximas noches de un buen lechón-cordero-pulpón a las brasas con mollejas, choto y chinchulines. O al menos de un humilde salpicón de ave. Y uno puede ser muy crítico con el discurso animalista radical que condena las muertes de algunos bichos pero ignora o hace la vista gorda ante la continua depredación de otros tantos, víctimas de la agricultura industrial moderna.
Pero cuando un artista como este se planta en el escenario y pela de esa manera toda una plataforma de pensamiento que está sostenida en una magnífica obra musical como esta, el aplauso sale solo. Aunque su timbre de voz por momentos se parezca demasiado a un lamento amargo, o aunque decida omitir algunos de aquellos clásicos de Los Smiths que todos querían escuchar, como Heaven Knows I’m Miserable Now y The Boy With The Thorn In His Side.
Pero la piedra animalista estuvo lejos de ser la única. Y la pantalla apuntaló cada pedrada. En Ganglord se despachó contra la violencia policial extrema, con una secuencia de abusos que haría girar la cabeza hasta a Nano Folle. La bandera francesa presidió I’m Throwing My Arms Around Paris. Razones obvias. The Bullfighter Dies, tema sobre la tradición de la tauromaquia, fue iluminada con los colores de la bandera española. En The World Is Full Of Crashing Bores, los rostros de los jóvenes integrantes de la realeza británica fueron subtitulados con “United Kingdumb” (“Tontoreino Unido”). Para el final, con el clásico The Queen Is Dead, la Reina Isabel apareció con su típica mirada amarga, acompañada por ambos dedos mayores en alto.
El magnetismo y el carisma de este hombre avasallan al más pintado. Aquello del “canto firme”, la fusión bajo los focos entre el artista y la persona. El tipo no está actuando, está siendo. Está desplegando sus posturas y abriendo un debate permanente con el mundo, sostenido y fogoneado cada día desde su blog. Está, junto a cuatro señores músicos de rock, entregando un espectáculo construido con un criterio escénico del carajo (¡hasta un gong se trajo el baterista!). Y está cantando un temazo atrás del otro para que su recital quede en el mejor de los recuerdos.