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Cuando se acerca una tormenta, los pájaros callan. Lo sabe muy bien Elizalde que es un músico ciego y puede sentir el silencio cubierto de nubarrones, igual que el frío que llega repentinamente del arroyo. Y lo siente con mayor intensidad ahora, que está desorientado en un pueblo desconocido a merced de una niña perversa de vestido blanco y cabello “furiosamente rubio”. Ellos son personajes de “Muecas”, uno de los siete cuentos que integran El silencio de los pájaros, del escritor Horacio Cavallo (Montevideo, 1977).
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Narrador y poeta, Cavallo obtuvo el Premio Nacional de Literatura con su libro de poesía “El revés asombrado de la ocarina” (2006), y el Premio Municipal de Narrativa con su novela “Oso de trapo” (2008). Ha incursionado también en literatura infantil con los libros “Clementina y Godofredo” y “El jorobado de las alas enormes”. Su último volumen de relatos inaugura la colección de narrativa de la nueva editorial Alter Ediciones.
En El silencio de los pájaros hay niños, olor a mar y mucha soledad. Sus historias tienen un realismo sobrio, que se apoya en detalles sutiles para mostrar la ternura, la desolación o la maldad de sus personajes. La falta de sonrisa de la niña rubia de “Muecas”, que se hamaca con fruición en el parque, es uno de esos detalles significativos. Los relatos captan un momento del presente y en muchos de ellos no hay un remate concreto. Una indefinición que les da más realismo a las historias.
Pero a veces el pasado interfiere en la vida de los personajes bajo la forma de recuerdo machacón y doloroso. Así sucede en “Las cenizas del padre”, cuento que abre el volumen. Leonel viaja con su padre a tirar las cenizas del abuelo al río. El viaje es silencioso, pero en el joven resuenan las voces de hace diez años, cuando él era un adolescente y su madre se había ahogado en el río con su tía al cruzar en una lancha a remo desde Buenos Aires. Habían ido a comprar el vestido de quince de su prima Begoña, y la imagen de la muchacha se hace tangible en el recuerdo de Leonel, así como la historia que vivió con ella, la quinceañera sin vestido y sin fiesta.
Otras voces son las que siente Nelly, protagonista de “Correspondencias”. Es este un relato cruel sobre una mujer terriblemente obesa que trabaja en su diminuto apartamento confeccionando prendas con su máquina de coser. “Mofletuda, sacude el vientre enorme, decenas y decenas de kilos que reducen las manos, que hacen los ojos inservibles, ojos diminutos y achinados que solo irrumpen en un blanco teñido con lunares rojizos cuando se carcajea frente al televisor”. Del televisor a la cocina, de la cocina a la máquina de coser, esa es la vida de Nelly, quien de vez en cuando cruza al kiosco a jugar a la quiniela.
Una mañana le llega la carta de un desconocido que le confiesa su admiración y sus ganas de conocerla. Él firma como Botero, el artista colombiano que pinta enormes gordas, y envuelve a Nelly con hermosas palabras. Ella comienza a debatirse entre el entusiasmo y la voz de su madre muerta, quien cuando era muy joven le decía “ballena de agua dulce”, y ahora le repite: “Es ridículo lo que estás haciendo, Nelly. Se ríen de vos, se están riendo de vos”. Y Nelly la escucha, pero la voz de Botero es más fuerte.
“El doble corazón de Juan Urbina” es una extensa carta que escribe un poeta mediocre a otro poeta prestigioso, a quien le están por trasplantar un corazón. En este, el cuento más largo del volumen, aparece la literatura como gloria y como condena, a través del reconocimiento o la indiferencia de los pares. Con tertulias en el bar Mincho, y con cierta mirada irónica hacia el ambiente literario, transcurre este cuento que también habla de la desesperación y del sacrificio.
La infancia junto al mar está presente en “A la hora de la siesta”, un relato que reúne a un grupo de primos dispuestos a honrar a su abuelo en una ceremonia tierna y sentida. También la costa es el escenario de “La idea del agua”, sobre el deterioro de un salvavidas que termina acuciado por el rumor del mar. Y en “El silencio del río”, un niño con su abuelo descubren en la orilla lo que el agua no ha podido ocultar.
Cavallo narra con imágenes que perduran, y sus cuentos son breves, punzantes, movilizadores. Los complementan muy bien las ilustraciones en tono azul y en pocos trazos de Gonzalo Delgado Galiana. En conjunto es una edición cuidada y atractiva, con el color de la buena literatura.
“El silencio de los pájaros”, de Horacio Cavallo. Alter Ediciones, 2013, 105 páginas, $ 290.