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    Apagar el incendio con nafta

    “Tierra del Fuego”, la guerra entre Israel y Palestina en las tablas

    Las imágenes televisivas al inicio de la obra refrescan la memoria. En 1978, un atentado perpetrado por terroristas palestinos contra un ómnibus que trasladaba a una tripulación aérea israelí rumbo a un hotel de Londres provocó la muerte de una azafata y heridas en otra, quien dos décadas después decide visitar al hombre que mató a su mejor amiga, condenado a cadena perpetua.

    El Galpón estrenó esta obra en la sala Zavala Muniz en mayo, un mes antes de que se iniciara esta nueva escalada de violencia en la franja de Gaza. La actual operación militar de Israel contra Hamás en territorio palestino ha extendido su presencia en cartel, ahora en la sala Atahualpa del complejo galponero.

    La pieza del argentino Mario Diament, estrenada en Buenos Aires en 2013 y ganadora del premio Florencio Sánchez al autor nacional, está basada en este lejano episodio del conflicto entre israelitas y palestinos, de los tantos que han sacudido al mundo en los últimos 70 años. Los encuentros entre el palestino Hasán el-Fawzi (Marcos Zarzaj), miembro del Frente Popular para la Liberación de Palestina, recluido en una prisión de Londres, y la ex azafata Yael Alón (Marina Rodríguez), hija de un militar retirado que participó en las acciones bélicas de 1948, cuando se creó el Estado de Israel, constituyen el centro gravitatorio del relato.

    Los dos personajes, en principio antagónicos, confrontan, discuten y exponen sus motivaciones. La mujer busca transformar su encuentro con el terrorista como símbolo de paz, cree en el diálogo como única llave para que judíos y árabes puedan convivir, y quiere hacer todo lo que esté a su alcance para lograrlo. Su férreo compromiso como activista le cuesta su matrimonio y el desprecio de amigos y familiares. Participa en grupos pacifistas de israelíes y palestinos y se gana abundantes detractores en su país cuando anuncia públicamente su visita. El personaje refleja claramente el pensamiento del autor —quien se define como “un judío no religioso”— en la misma línea que notables ejemplos de convivencia como la Eastern-Western Divan Orchestra, del músico Daniel Barenboim.

    El palestino dice que luego de 22 años preso ya no es la misma persona que el que accionó el gatillo, y que ahora solo desea exiliarse de por vida en el sitio más lejano de todos, la Tierra del Fuego, territorio perfectamente simbólico y metafórico para esta historia. El hombre explica cuáles eran sus razones en aquel tiempo para segar la vida de inocentes a quienes consideraba cómplices de la expansión sionista en Medio Oriente. Dice que hoy no volvería a matar, pero sigue interpretando la realidad con judíos de un lado y palestinos del otro. Un rato después, el padre de Yael justificará la eliminación en el pasado de los civiles palestinos que no acataron la creación del Estado de Israel en 1948. Dirá que la humanidad se hizo entre guerras, que las fronteras se marcaron con sangre y las guerras se hacen por territorio, por religión y por comercio.

    Los personajes secundarios de esta historia aportan los diversos puntos de vista sobre el tema: el odio visceral de la madre de la azafata muerta hacia los palestinos, el pragmatismo militar para justificar las aberraciones que son moneda corriente en una guerra y el difícil equilibrio que debe ostentar quien se mueva en el terreno del derecho en este universo extremo.

    Por momentos queda la sensación en la platea de que todos tienen una porción, más grande o más pequeña, de la razón.

    Esa dualidad conceptual entre ellos y nosotros está impresa en el ADN de casi todos los nacidos en aquel enclave, convertido en el último medio siglo en la principal falla geológica entre Oriente y Occidente y epicentro del mayor terremoto cultural de nuestro tiempo. Allí está la raíz de la discordia para el autor y la principal virtud de la obra, que expone con sumo rigor documental y conceptual los motores del odio ancestral. Diament hunde la pala en el terreno del tiempo y revela la milenaria acumulación de sedimentos de confrontación, que impiden responder cabalmente cómo empezó todo esto, porque siempre hubo una agresión previa del otro bando. “La única forma de quebrar un círculo vicioso es escuchando al otro”, dijo Diament el año pasado a “Página 12”, en un tiro por elevación a la actual polarización política que sufre la Argentina (el texto incluye a Argentina cuando un personaje menciona otros ejemplos históricos de la injusticia). Vale la pena leer ese reportaje en el que Diament deja bien claro su posición equilibrada en favor de la paz y la mutua comprensión.

    No hay dudas de que la obra distribuye una mayor carga crítica hacia el accionar de Israel, específicamente por las ocupaciones de terrenos denunciadas por la comunidad internacional a través de la Organización de Naciones Unidas, las masacres en los campos de refugiados de Sabra y Chatila, y por la desproporcionalidad de las ofensivas armadas contra organizaciones terroristas palestinas y árabes que determinan miles de muertes de civiles inocentes, en gran parte mujeres y niños. “Fuimos capaces de hacer la paz con los alemanes y no podemos hacerla con los palestinos”, dice Yael.

    De todos modos, no deja de señalar los atentados y agresiones hacia Israel que se han cobrado también miles de vidas inocentes, y apunta el dedo hacia el ojo por ojo de cualquiera de las partes, con un concepto por demás atendible: “Ser víctima de una injusticia no vuelve necesariamente a una persona más justa”.

    El autor es un reconocido periodista, dramaturgo y narrador argentino, nacido en 1944 en Buenos Aires, ex corresponsal en Nueva York e Israel y radicado en Miami, desde donde escribe sus columnas para “La Nación” y dirige una escuela de periodismo en una universidad. Diament cubrió la guerra del Yom Kippur para el diario “La Opinión”, fue director del diario “El Cronista” y escribió en “Clarín”. “Cita a ciegas” es uno de sus mayores éxitos como dramaturgo, además de “El libro de Ruth”, “Esquirlas”, “Escenas de un secuestro” y “Un informe sobre la banalidad del amor”, estrenada en 2013 en Montevideo. En 1976 escribió el guión del filme “¿Qué es el otoño?”, de David Kohon, con Alfredo Alcón.

    El texto carece del poder poético que exhibe, en el mismo universo temático, el libanés Wajdi Mouawad en “Incendios” y “Litoral”. No parece interesarle al autor ir por ese sendero. Aquí los diálogos van al grano y los personajes parecen ser meros portavoces de discursos colectivos. Diament incluye una innecesaria y forzada alusión lateral a su país: la supuesta demora de los terroristas en llegar al lugar del atentado por haberse quedado a mirar el alargue de la final del Mundial Argentina 78, con mención incluida a los goles de Mario Kempes. Un parlamento perfectamente extraible.

    La dirección de María Varela procede con austeridad, con escasos ornamentos, entre los que se destaca la expresiva banda sonora de Gregorio Bregstein, en un planteo escénico funcional al discurso, que realza estas actuaciones a la altura de la exigencia.

    Este desesperado llamado a la paz resulta un valioso aporte para el debate excluyente de estos días.

    “Tierra del Fuego”, de Mario Diament, por la Institución Teatral El Galpón. Dirección: María Varela. Elenco: Marina Rodríguez, Marcos Zarzaj, Massimo Tenuta, Claudio Lachowicz, Silvia García y Dardo Delgado. Escenografía: Osvaldo Reyno. Vestuario: Nelson Mancebo. Iluminación: Martín Blanchet. Teatro El Galpón, Sala Atahualpa. Sábados, 21 h, domingos, 19.

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