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    Apagón

    Por E.A.L.

    N° 1675 - 16 al 22 de Agosto de 2012

    El 15 de agosto de 2003 un apagón dejó sin suministro eléctrico a la ciudad de Nueva York durante quince horas. El cese abrupto de imágenes se extendió hacia el nordeste de los Estados Unidos y llegó incluso a Canadá. Un total de cincuenta millones de personas alojadas en Nueva York, Detroit, Toronto y Ottawa, vieron sus vidas afectadas por esta interrupción de energía.

    La caída del telón negro hermanó muchas vidas.

    A los que viajaban en metro y de pronto se vieron sumidos en un sueño opaco y bajo tierra.

    A los que se cepillaban los dientes frente al espejo con un cepillo eléctrico y reflexionaban sobre el bien y el mal.

    A los que calentaban la comida en el microondas de la cocina de su casa luego de una intensa jornada de trabajo.

    A los que estaban en el cine viendo “Embriagado de amor”, de Paul Thomas Anderson, y se quedaron sin saber qué ocurre cuando Adam Sandler, que interpreta a un tipo con severos problemas emocionales, se enfrenta en la escena final a Philip Seymour Hoffman, que hace de jodedor nato.

    A todos los autos de las calles y avenidas que exhibían su color plateado y dorado y sepia y granate y de golpe quedaron igual que las hormigas en el interior de un hormiguero.

    Al eximio jugador de billar que iba a aplicar su mejor tiro con efecto y terminó rayando el paño.

    Al que iba a cruzar la calle porque el semáforo se había puesto en verde y fue arrollado en la oscuridad.

    A los que subían en ascensor y se quedaron en una zona muerta.

    A los que bajaban en ascensor y también se quedaron en una zona muerta, pero en otro piso.

    Al pasajero que desde un avión contemplaba extasiado las luces de la ciudad y de pronto no vio más nada.

    Al que había abierto un buen vino y una caja de discos del grandioso saxofonista tenor Hank Mobley y lo estaba escuchando en su equipo de alta definición.

    Al enorme, blanco y luminoso rostro de la actriz que sonreía y recomendaba el uso de una crema para la cara en un cartel publicitario de autopista.

    Al sereno que iba a calentar una miserable sopa con un zoom en un cuartucho apartado de un edificio en obras.

    Al que leía bajo la cálida luz de la veladora.

    A la ciega que se quitaba las vendas en ese preciso momento y se disponía a disfrutar las luces y los colores de su departamento y el exquisito pelaje de su caniche recién bañado.

    Al que hacía el amor bajo una luz roja y a todas las chicas que esperaban clientes en los umbrales de habitaciones también iluminadas con luces rojas.

    Y a los propios operarios de la central eléctrica cuando vieron desde sus pantallas y computadoras, y gracias a la eternidad de un equipo electrógeno independiente, que los indicadores y las lucecitas de colores de determinada zona habían dejado de latir.

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