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    Armas de allá descargadas acá

    Los pistoleros cruzan el río, de Raúl Ronzoni y Eduardo Barreneche

    El Pardo Meneses era un comisario argentino responsable de que muchos delincuentes decidieran venir a probar suerte a esta orilla del Río de la Plata; es que si seguían por allá terminaban presos o muertos, tales eran su constancia y su puntería. Antes de que él impusiera justicia de manera que aún hoy no arroja unanimidades, los anarquistas Roscigna y Moretti cruzaron el charco para probar suerte. El pistolero José María Hidalgo sí lo hizo con Meneses pisándole los talones. No sería el último.

    Jorge Vallarino encontró en el suelo uruguayo un refugio temporal ante semejante perro de presa, antes de terminar con sus huesos en una tumba italiana. Muchos años después, el Porteño Nieves Pintos montaría acá una banda que tendría entre sus peones al Cotorra Loca, como era conocido entre sus íntimos y entre los policías ese que en la cédula respondía a Julio Walter Guillén Bustamante.

    El Mincho Martincorena, quizá el más ilustre de los delincuentes uruguayos, hizo el camino inverso: se fue a Buenos Aires en busca de aire, porque en Montevideo ya se la tenían jurada desde cachorro. Luego volvió, solo para seguir robando y acabar cosido a balazos en la cancha de Salus. Fue casi por los mismos años en que “los porteños”, al cantar del Canario Luna, ocuparon el Liberaij, seguramente el episodio policial más mentado del que se haya sabido en la capital uruguaya.

    Cuando dos periodistas de raza, dos sabuesos en busca de información, dos avezados bichos en los mundos judiciales y policiales juntan fuerzas para escribir sobre episodios históricos de la crónica roja, el lector solo puede agradecer. Y en este caso, vale agradecerles a los periodistas Eduardo Barreneche y a Raúl Ronzoni, que se hayan decidido a recopilar, con prosa documentada y ágil, estos episodios que aún quedan en la memoria de la gente y de las calles. De eso se trata Los pistoleros cruzan el río (Banda Oriental, 152 páginas), en cuyas páginas pueden olerse estaño y pólvora.

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