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    Arquitecto de la escena

    Jorge Curi (1931-2019)

    La lista de las obras que dirigió es abrumadora. Pero mejor que apabullar con nombres y datos, hay que destacar que fue un renovador de la dirección teatral. Además de actor y director, fue escenógrafo, traductor, dramaturgo y gestor de proyectos culturales, como la recuperación del Teatro Victoria, reabierto en 1998, en la que también puso su firma como arquitecto. Jorge Curi, fallecido el miércoles 7 a los 88 años de edad, deja un legado indeleble.

    No tuvo hijos y vivió solo durante la mayor parte de su vida. Luego de la muerte de Mercedes Rein, su gran compañera afectiva y artística, su vida cultural y social se redujo drásticamente. Pasó su última década recluido en su apartamento de Pocitos, con apariciones aisladas como Locura de verano, su despedida, un tríptico de comedias de Chéjov que dirigió en el Victoria en 2015. “Nunca conocí la depresión. No sé lo que tuve, no tenía ganas de nada, una desidia general. Mercedes Rein fue mi compañera de vida y de trabajo. Después de su muerte quedé por la mitad”, dijo Curi entonces a Búsqueda.

    En sus más de 50 años de carrera, su trabajo más relevante fue sin dudas El herrero y la muerte, que estrenó el Circular en 1981, coescrita con Rein en base a mitos criollos y convertida en un refinado gesto de resistencia a la dictadura. Walter Reyno encarnó magistralmente a ese gaucho que tima a la Muerte, atrapada en un árbol.

    Curi descubrió el teatro a través de la arquitectura, que lo llevó a diseñar planos de decorados para El Galpón. Allí fue boletero, utilero, escenógrafo y apuntador, hasta que debió sustituir a un actor enfermo. Poco después ya era asistente de dirección de Atahualpa del Cioppo, su gran maestro. “De él aprendí a sacarle jugo a un texto. A entender el mundo enorme que puede haber entre una línea y otra”.

    En el apogeo de su carrera, en los años 70 y 80 en el Circular, logró junto con Rein hitos como Esperando la carroza (1974), Decir adiós (1979) y Doña Ramona (1982). Ambos hicieron punta en teatralizar textos no dramáticos como Operación masacre y El coronel no tiene quien le escriba.

    Para la reconstrucción del Victoria, Curi se inspiró en una vieja sala incendiada recuperada por el inglés Peter Brook, donde estableció su compañía. Antes había proyectado la Sala 2 del Circular. “Mis hijos son las obras y las salas; me volqué a los espacios polivalentes, como los que había visto en Europa, donde el director puede hacer lo que quiera”.

    En el Circular se volcó por la pequeña escala. “Me hago responsable hasta la quinta fila. De allí para atrás se ve diferente. De lejos, el escenario se ve como en una televisión pequeña. No se distingue nada. El espectador actual rechaza al actor que lanza la voz al fondo como antes, como en la ópera. Los jóvenes, acostumbrados a la naturalidad del cine y la televisión, rechazan la sobreactuación y odian el teatro por eso. El teatro de lejos los ahuyentó y el de cerca los trajo de vuelta”.

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