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    Así lo quiso otra vez

    “Frankenweenie”, de Tim Burton

    Los artistas que se consideran tales no deben dejar cuentas pendientes. Y si se considera que Tim Burton es un artista, porque tiene un estilo muy reconocible, un talento para expresarlo y un mundo propio donde conviven entrañables monstruejos y atribulados seres humanos que sueñan con ellos, se comprende por qué a esta altura de su carrera emprende aventuras como la de Frankenweenie.

    Primero, este es un filme de animación en 3D, como se acostumbra ahora. Segundo, está producido por la casa Disney, lo que asegura un respaldo técnico y publicitario incomparable. Tercero, aborda el género del terror, aunque sea un terror apropiado para niños de todas las edades, ya que los nenes que todavía no saben leer no se asustan fácilmente con estas cosas: están acostumbrados a convivir con ellas, adoran a los Transformers y los videojuegos de sangre y violencia. Entonces, aquí es bueno empezar a anotar las diferencias.

    Primero, la película está filmada en blanco y negro, lejos de los coloridos muñecos de Disney, Pixar, Dreamworks y otros especialistas. Segundo, utiliza la técnica del stop motion, o sea que no es una animación digital de portentosa profundidad y elaborado diseño sino una como las de antes, con marionetas que deben ser filmadas cuadro por cuadro. Tercero, el terror no deriva de monstruos modernos ni de sombras tenebrosas sino que apunta a la nostalgia de los veteranos que recuerden las viejas películas de la Universal, de la Hammer y de la American International Pictures. Los nenes no se van a acordar, pero pueden empezar a aprender, si es que tienen ganas.

    Porque el mundo de Burton es así. Cuando era un veinteañero (1984), hizo un cortometraje de media hora con actores reales (Barret Oliver, Shelley Duvall, Daniel Stern, Sofia Coppola, Paul Bartel) y lo presentó a la casa Disney, que lo rechazó de plano. Casi treinta años después y con un prestigio bien ganado pese a esa compañía, el ahora cincuentón vuelve a presentar allí la misma idea con título similar, ahora como largometraje de animación. Y la vida da revanchas.

    Frankenweenie es el resultado de esa larga espera y es, también, la muestra cabal de que el director sigue aferrado, con Johnny Depp o sin él, como ocurre esta vez, al mismo universo feérico de hace tres décadas. Es constante, es empecinado, es genial.

    El diseño no es muy atractivo con esas figuras alargadas, de cabezas como globos y narices respingadas. Pero tiene una estrecha relación con el estilo general del filme. El niño protagonista se llama nada menos que Victor Frankenstein, adora a su mascota, que es un perro vulgar llamado Sparky, tiene unos padres vulgares que viven en esas vulgares casas de clase media de los suburbios, pese a lo cual él no es nada vulgar. No, señor: es un apasionado de la ciencia, cree a pie juntillas lo que su profesor de esa materia le enseña cuando anima a una rana muerta por medio de la electricidad y está decidido a sacar el primer premio de la clase con un experimento sensacional.

    Los que tenemos memoria nos damos cuenta de que ese profesor de espeso acento alemán está modelado sobre Vincent Price, actor amado por Burton, cuya voz en el original es la de Martin Landau, quien lo imita. Y ya sabemos que un niño que se llame Victor Frankenstein está destinado a hacer cosas que desafían las leyes de Dios.

    La oportunidad se presenta cuando el pobre Sparky es arrollado por un auto y termina en el gótico cementerio de animales, lo que impulsa a Victor a desenterrarlo, zurcirlo y reanimarlo en su laboratorio casero, que está instalado en el altillo y se parece bastante a aquel de la película de James Whale. Mientras los padres miran por TV al Drácula de Christopher Lee (otro de los amores de Burton), Victor atrae los rayos de una furiosa tormenta eléctrica para recuperar a su adorado Sparky.

    Si todo se redujera a eso, sería bastante soso. Pero Burton agrega otros personajes infantiles con intenciones malvadas y desata un Apocalipsis donde Godzilla, los Gremlins, hambrientos vampiros y otros monstruos cinematográficos resucitan en una noche de terror más cómica que tenebrosa y con abundantes referencias cinéfilas —“La novia de Frankenstein”, “La momia”, “El lobo humano”, “El hombre invisible”— en la que la vieja electricidad cumple la función que solía ocupar antes de que los avances cibernéticos la superaran.

    La diversión es de primera, corre a un ritmo veloz, el 3D es una molestia innecesaria y los mayores van a disfrutar Frankenweenie más que los nenes, porque Burton es un niño grande que no sabe hacer películas para niños. Su mente y su mundo van para otro lado.

    “Frankenweenie”. EEUU, 2012. Dirigida por Tim Burton. Escrita por John August sobre libreto original de Lenny Ripps e idea de Tim Burton. Duración: 87 minutos. Se exhiben versiones 3D dobladas al español.

    Vida Cultural
    2012-11-15T00:00:00

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