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    Así no hay plata que alcance

    ArteBA-25 en la Rural de Buenos Aires

    El escándalo lo armó el cantante argentino Leo García. Tiró las copas de champagne que estaban sobre una barra y empezó a gritar y saltar entre vidrios rotos y guardias de seguridad que no podían con él. La gente se reía o festejaba tímidamente. No entendía si el famosito de turno se había rayado, estaba pasado de droga o se hacía el loquito por gusto. La gente del champagne Chandon, uno de los tradicionales y poderosos auspiciantes, no veían peor propaganda para su acostumbrado reparto de copitas, marca registrada de la famosísima feria. Alguien lo grabó y saltó a las redes. García dijo que fue una performance al estilo de su compatriota Marta Minujin, artista pop y referente de la acción artística argentina. Un fenómeno el García. Un poco violento pero bien, entiende el mensaje del arte contemporáneo. Un acto inesperado­ que hace saltar del susto al paseante desprevenido. Una acción impensada, desorbitada, desajustada­ y todo los “ada” que uno quiera. Sacude la modorra y hasta plantea cierta crítica sobre el auspicio, la compostura general, la hipocresía del discursito “intelectualoso chic”, si cabe el término. Un mundo de dinero, mucho dinero, chicas lindas, metrosexuales de pantalones rojos y lentes redonditos. Gente vestida con ropa de marca y una copa en la mano junto a las modelitos Sofía Zamolo, Andrea Frigerio y la primera dama Juliana Awada de Macri, que discretamente compró una obra de Juan Lecuona (1956) en 30.000 dólares. Unos días antes había visitado el comedor infantil que financia su marido desde hace años. La responsable dijo a la prensa que “Antonia, la hija del presidente, come guiso con el resto de los niños”.

    Pinceles gigantes.

    Todo bien por las copitas si no fuera porque a escasos centímetros colgaba un cuadro espectacular de Antonio Berni (1905-1981), uno de los grandes maestros del arte argentino del siglo XX. El cuadro se llama Apocalipsis y vale muchos miles de dólares. Es un peligro que la chica de pelo bien cortado y teñido de azul se acerque con el champagne, el aire un poco histérico y gestos nerviosos. Mucho más que García se haga el loco y rompa todo a escasos metros de tanta calidad y capital artístico.

    Así empezó la 25a edición de ArteBA, una de las ferias más grandes y concurridas del mundo, con 400 artistas en 86 galerías y más de 80.000 visitantes. Así se mezcla en este lugar el arte y la farándula, el dinero y la búsqueda de notoriedad, la pintura y el cambalache conceptual.

    Hay que recorrerla con mucho cuidado. No caer en falsas tentaciones. Un camino es la pintura. Está en galerías pesadas del sector central. Allí aparecen los grandes artistas rioplatenses, de Clorinda Testa (1923-2013) a Luis Felipe Noé (1933), clásicos de la feria. Están los madí, del primer movimiento geométrico y de vanguardia rioplatense de los años 40 y 50, con artistas como Carmelo Arden Quin (1913-2010) y Gyula Kosice (1924-2016). Están nuestros Joaquín Torres García (1874-1949) y Pedro Figari (1861-1938) y varios grandes uruguayos. Está Ignacio Iturria (1949) con importantes cuadros. En ese circuito destaca la uruguayísima Galería Sur, siempre con alguna escultura de Pablo Atchugarry (1954) que marca el espacio y varios compatriotas de primer nivel. En la zona anda Antonio Seguí (1934), el de los hombrecitos desparramados por la ciudad y Carlos Alonso (1929) o Jorge de la Vega (1930-1971). Y algún trabajo de Eduardo Stupía (1951), cuadros donde el dibujo y la pintura mezclan trazos delicados y cargados de detalles. Componen un mundo de líneas y cruces, una trama cautivante.

    El propio artista fue invitado a recorrer ArteBA. En un simulacro de coleccionista podía gastar el dinero que quisiera. Se patinó 450.000 dólares en diez obras. La primera fue una pintura: Mirón, una rostro sumergido en chorretes de pintura de Rómulo Macció (1931-2016), otro pope argentino fallecido este año y homenajeado por la feria. Integrante de la nueva figuración de los años 60, Macció construyó obras formidables de enorme y potente colorido.

    La pintura marca la línea dura como un estandarte o un faro que es imprescindible seguir. En la entrada, un mural gigante de Kenneth Kemble (1923-1998) reconstruye un trabajo de 1960 que será ubicado en el nuevo Barrio de las Artes, en la zona de Barracas. La obra es impactante. Apenas tiene dos o tres trazos negros sobre fondo blanco, como si alguien hubiera dado tres pincelazos con una pinceleta enorme. Es típico ejemplo de una época y un recorrido gestual a puro trazo y materia.

    El centro del comercio y la potencia creativa está en las telas y pinceles y en las propuestas más tradicionales. Pero alrededor, como siempre, deambula el arte contemporáneo más exigente y provocador. Los museos y coleccionistas buscan el llamado “arte emergente”. Obras y artistas que hoy cuestan poco y mañana pueden valer dos o tres veces más. Ni más ni menos, como cualquier inversión en el mercado, con las mismas expectativas y riesgos.

    Auto y ascensores.

    La vedette la tiene una galería que expone un auto en el corredor. Un auto de verdad, gris, 2015, motor 1.3, full, compacto, como se usa ahora. Las puertas abiertas y los asientos tirados hacia atrás invitan a pasar y contemplar una pintura en el techo, al estilo de los frescos renacentistas que inundaron las cúpulas europeas. Un fresco con imágenes autóctonas, con figuras indígenas y criollas. El auto es un templo pagano, pequeño, frío y utilitario. El arte le impone un breve paso por la vida, la historia, la identidad y el espíritu. “Si se quieren llevar el auto, lo vendemos”, dice la dueña de la galería. Pero asume que también pueden vender el techo, la pintura o el tapizado. Incluso hablar con Mariana Tellería (1979), su autora, y que pinte por encargo en el vehículo de la familia.

    A pocos metros, seis ascensores en fila con las puertas abiertas. Es una instalación del joven y cotizado Leandro Erlich (1973). Nuevitos, de metal reluciente, pero sin paredes laterales. Uno entra y se proyecta en el otro y por un juego de espejos, se ve en un sinfín de imágenes. Esta vez le erró. Un juego que ni siquiera tiene gracia.

    Todo a la venta. Incluso Oasis, en el sector Dixit, un área nueva, especial, destinada a construir un espacio coherente que reúne a más de sesenta artistas. Una visión desorbitada­ del país y la sociedad contemporánea. Una alfombra chiquita recibe al visitante: “Para llegar al oasis hay que bancarse el desierto”, dice. Es innegable la fuerza arrolladora de las expresiones actuales. Allí uno se da cuenta de que hay mucho más que botellas sucias y trapos tirados en una construcción tan insólita como esta. Cuadros, fotografías, esculturas, videos, pancartas y enormes inscripciones en papel inundan el lugar.

    Un artista expone una relectura del mercado de frutas. En un cajón hay naranjas de verdad, apetitosas, con pinta de mucho jugo. Cada una tiene una letra marcada y forman palabras, nombres de artistas consagrados en realidad. Las naranjas se pudren si nadie las consume. Día a día. Más acá, un mapa de Argentina hecho con tierra. Tres o cuatro metros de largo, en el piso frío, poblado de objetos. Hacia el sur, botellas con arena, sucias, vacías, desparramadas como basura. Más hacia el centro una fuente con agua que cae intermitente sobre una palangana. El plástico invade el país y la basura la visión del espectador. Hay un caos evidente que impone un nuevo orden en toda la zona. Por algún lado se cuela la idea de las calles de Buenos Aires y las esquinas sucias, pero con ángel.

    Hay un arte urbano que trasciende a cada una de las propuestas y forma una imagen de la patria artística. Camisetas intervenidas, banderas, grafitis, instalaciones de metal y objetos de desecho, afiches pegados en la pared como en la calle, pinturas con marca de barrio, dibujos, tapas de libros, dedicatorias, amores y desamores. Es el país que está debajo de los puentes, en Plaza Once, en lugares donde el olor y la mirada de los pobres cuestiona, sacude e interroga la conciencia. Es el país con identidad también, con esa fuerza arrabalera, con pibes rockeros. Impactante escena de la Argentina después de Cristina.

    La gente no entiende mucho este costado del arte actual que se desliza por diferentes galerías y que parece sucio, demasiado cotidiano, demasiado prosaico, liviano, raro o incluso lúdico. “Esto ya no lo entiendo”, dice una mujer parada frente a una instalación. Venía bien, pero con esto no puede. En un pedestal blanco hay un recipiente con agua y una papa. En otro, un montón de papas sin agua y algunos cables que conectan todas las papas y los dos pedestales. Un cartelito dice “La papa dora la papa, la conciencia ilumina la conciencia”. La señora propone una explicación. “Es una crítica a la Argentina, a la falta de inteligencia, a la sustancia esencial que nos vincula a la tierra y a Latinoamérica. No te olvides de que la papa es un elemento esencial americano”. Está muy bien la interpretación a la obra de Víctor Grippo (1936-2002), referente argentino del arte conceptual y de experiencias que vinculan el arte con la ciencia. Aunque tal vez Grippo solo quería experimentar con la materia orgánica y el artificio electrónico. No está el nombre del artista ni ningún otro dato, como en muchas de las galerías que participan de la gran feria. Hay reserva en nombres y precios. Les cuesta largar prenda ante tanto curioso que jamás comprará una obra.

    Igual vale la pena preguntar y llevarse la sorpresa de un colorido y bellísimo móvil de Julio Le Parc (1928) por la desorbitante suma de 450.000 dólares. Los cuadros de los grandes artistas argentinos o latinoamericanos pueden llegar a los cien mil o más. Pocos, pero los hay. La mayoría de los maestros andan entre 30 y 60.000. El promedio de ventas se calcula en diez mil dólares: cuadros, fotos, esculturas o instalaciones pequeñas. La obra de los más jóvenes puede conseguirse por un puñado de dólares.

    Una chica con una túnica negra se pone un cheque de utilería entre las nalgas para que le saquen fotos. Es muy linda y la escena convoca a muchos transeúntes. La gente aplaude y grita. Delira con la actitud espontánea y crítica de la joven. Al cierre, otra jovencita se pasea con un extraño y luminoso traje de novia. Un traje blanco de nylon, con tocado y todo. Pero lleno de lucecitas azules. Entre la túnica negra y el traje blanco se rinde el combate de la actualidad. Los cuerpos en escena, la actuación y el desparpajo, la mirada obscena y un poco decadente, la belleza que contrasta con una actitud de fiera, atrevida, peligrosa. O con la oscura pose iconoclasta. A metros del auto y los ascensores, a pasos de acrílicos luminosos y pájaros muertos que cuelgan de un hilo y frente a los carteles de alguien que recuerda a Marx y pone “Escritorzuelos”, “Herederos decadentes”, “Rufianes”. Como el gesto de Leo García que deja el tendal de vidrios rotos.

    Termina ArteBA-25 y solo queda en pie la imagen del cambalache y el gran desparramo del arte contemporáneo. A puro cheque.

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