El niño pregunta desde la más pura inocencia:
Little Richard (1932-2020)
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acá—Papi, ¿qué es el rock and roll?
Papi toma aire, cierra los ojos y responde con un alarido que nace de las tripas y que lo lleva en un tristrás a sus 15 años:
—Womp-bomp-a-loom-op-a-womp-bam-boom.
La icónica onomatopeya que emula el arranque de una batería. Ahí está el rock and roll en estado puro. Ahí está el gen primigenio de un virus que comenzó a propagarse a mediados de los 50, con esa y otras grabaciones como Rock Around The Clock, Roll Over Beethoven, That’s All Right (Mama), Johnny B. Goode, Great Balls of Fire y Summertime Blues.
Uampapbalumabulapbambam, anunció este caballero llamado Richard Wayne Penniman, que nació en Macon, en el estado sureño de Georgia el 5 de diciembre de 1932, y que se dio en llamar Little Richard. Tuvo mil vidas, las conoció todas, fue echado de su casa por sus padres a los 13 años, mantuvo su vocación musical durante su juventud, cantando lo que fuere hasta triunfar como uno de los pioneros del rock and roll junto con Elvis Presley, Chuck Berry, Bill Halley, Jerry Lee Lewis, Eddie Cochran y Buddy Holly. Firmó el pacto con el diablo y con algunos de sus ruines representantes en la Tierra y luego desandó el camino transformado en predicador religioso (cristiano pentecostal). Se bancó ser negro y homosexual y se mantuvo fiel a su sentir en un tiempo y lugar muy hostiles para portar ambas condiciones. Se aburrió de incendiar escenarios con su poderoso despliegue vocal y su increíble histrionismo y carisma. Influenció a legiones de cantantes como Paul McCartney, James Brown, Mick Jagger, David Bowie y Steven Tyler, por citar unos pocos. Finalmente, tras una vejez apacible, Little Richard murió el sábado 9 en Nashville, Tennessee, a los 87 años, como consecuencia de un cáncer óseo que padecía desde hacía un buen tiempo.
Grabada en diciembre de 1955, la canción de este pionero se llama Tutti Frutti y salvo que uno haya crecido en Corea del Norte o en una comunidad jasídica, seguro la escuchó en cada casamiento o baile de 15. Fue grabada en 1955 y poco después Elvis la versionó en clave aun más frenética. Después la grabó medio planeta. Su letra, hipersintética, es una libertina oda a la sexualidad que sublima todo lo prohibido para aquella época pero, según los estudiosos, esconde una solapada sublimación de su homosexualiad. La historia oficial también dice que la letra original era impublicable para los puritanos oídos de las masas aún vírgenes de la obscenidad que traía consigo el rock and roll y que fue reescrita por una dama llamada Dorothy LaBostrie, con quien Richard mantuvo un extenso litigio por las regalías.
Lo cierto es que Tutti Frutti encierra los aceites esenciales del rocanrol. Aquí está buena parte de su ADN: un cantante estridente que alterna la emisión medida con el grito desaforado, el volumen y la energía bien a tope y la interpretación salvaje cuando los miembros de los Beatles y los Stones aún cursaban la secundaria. Gracias a este estilo furioso Richard se ganó el mote del Arquitecto del Rock and Roll. Todo cantante de rock que se precie, sea un clásico de los 60 o del punk, el metal y el hardcore de nuestros días, va a llegar a la voz de Richard cuando se pregunte por qué está cantando como un demente y se ponga a atar cabos sobre la torre de influencias en la que está parado.
En lo estrictamente musicológico, la estructura rítmica y la progresión armónica son las distintivas del género que se conservan intactas. Como solía decir Richard en sus conciertos: “El rhythm and blues tuvo un hijo, y se llama rock and roll”.
Pero hay más, porque al Pequeño Ricardo también le debemos por lo menos otras tres células-madre del género que protagonizó la mayor revolución cultural del siglo XX: nada menos que Good Golly Miss Molly —otro manual del rocanrol perfecto—, Lucille —blues rock encargado al gran Albert Collins que, cantado por Richard, alcanzó niveles siderales de swing— y nada menos que Long Tall Sally, un blues típico de 12 compases y tres acordes convertido mediante su aceleración en un furibundo rock que le voló las chapas a McCartney. Tanto que fue uno de los puntales del primer repertorio beatle. La letra, más inocentona, cuenta una risueña anécdota familiar sobre cómo el rock era capaz de desarmar las tradiciones, desacartonar al más pintado y sacudir el esqueleto de los más veteranos. No pocos afirman que la performance de McCartney superó incluso a la de Richard.
Hablando de Paul, apenas enterado de la muerte de Richard le dedicó este tuit: “Desde Tutti Frutti hasta Long Tall Sally, de Good Golly Miss Molly a Lucille, Little Richard vino gritando a mi vida cuando era un adolescente. Le debo mucho de lo que hago a Little Richard y su estilo”. Es imposible no apreciar el ADN de este pionero en la descomunal segunda mitad de Oh Darling, de Los Beatles, con Paul al filo de su registro, desgañitado por el amor perdido.
El anecdotario biográfico y discográfico de Richard es inabarcable. Da para pasarse una semana entera escuchando sus canciones: The Girl Can’t Help It, True Fine Mama, Ready Teddy, Slippin’ And Slidin’, Rip It Up y Jenny Jenny, y sus versiones de Los Beatles ( I Saw Her Standing There) y los Rolling (Brown Sugar, deliciosa).
Para no abrumar con demasiada data, me permito recomendar un disco que concentra el poder de fuego de Little Richard en su apogeo: Cast Long Shadow, su disco en vivo de 1971, grabado en un pequeño club nocturno de Hollywood, donde se oye nítidamente cada grito de excitación de un público evidentemente hechizado por este prestidigitador del escenario. Un show caliente de verdad, con una banda virtuosa que ejecuta los clásicos un par de puntitos más acelerados que en las grabaciones originales, y que suena con todo el brillo instrumental que la remasterización es capaz de dar a las nobles cintas magnéticas. Vientos, guitarras, bajo y batería suenan como recién grabados. Especialmente ese tremendo saxofón. Pero la voz carrasposa y avasallante de Richard sobresale como la de un pontífice. Manda callar a la banda y arenga a la audiencia a voluntad: “Are you ready???”, agita. “Yeah!!!”, responden los presentes, poseídos como niños frente al más gracioso de los payasos del circo. Con sus grabaciones este hombrecito dejó su huella en los cimientos de la historia del rock cada vez que lanzó su grito de guerra Uam-pap-baluma-bulap-bam-bam y su agudísimo y omnipresente “wuuuuuuuuuu” en falsete.
Y acompañó todo eso con una catarata de corcheas, fusas y semifusas de su piano ultrarrítmico, que revalidó un contrato no escrito que dice: “Te voy a entretener con mi rock and roll y tú no vas a poder dejar de bailar hasta que yo lo disponga”.