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Las personas se fabrican in vitro, nacen sin padres ni madres y están programadas para pertenecer a una casta: serán quienes van a decidir o a ejecutar o a trabajar. Nadie se cuestiona su lugar, pero si algo falla, aparece el soma, la droga de la felicidad. El escenario es una Londres de paisaje futurista, con personas que viven en absoluta comodidad y consumismo, pero carecen de iniciativa y de libertad individual. Esta aterradora distopía se llamó irónicamente Un mundo feliz y fue creada por el poeta, ensayista y narrador inglés Aldous Huxley (Godalming, 1894-Los Ángeles, 1963). Publicada por primera vez en 1932, parece escrita ayer. Como todo clásico, tuvo numerosas ediciones, y una de las últimas acaba de publicarse en el sello Debolsillo.
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En esta sociedad de engranaje perfecto, los niños son educados a través del sueño, y a ese proceso se le llama hipnopedia. Crecen en un mundo sin guerra y sin pobreza, también sin familia, sin amor y sin diversidad. La otra cara son las “fallas” que aparecen cuando alguien se hace preguntas, o en la sociedad “salvaje” y aislada en la que existen las enfermedades y se puede leer a Shakespeare.
La novela es una gran reflexión sobre los peligros de la sociedad consumista, de la producción en cadena, del uso de la ciencia para dominar el pensamiento, de los desbordes del poder. No es casual que en esta historia se llame Henry Ford al “dios” creador de la sociedad perfecta, y que la T (en referencia al modelo Ford T) sea su símbolo.
Si Un mundo feliz cuestiona con sarcasmo el “brillo” capitalista y sus horrores, en 1948, otro lúcido británico llamado George Orwell publicaría 1984, una distopía oscura inspirada en los horrores del estalinismo. Desde entonces, ambas novelas se leen en paralelo.