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    Autorretrato de un impostor

    “El Condotiero”, de Georges Perec

    En el principio tenemos una ciudad-estado italiana que hace la guerra a otra ciudad-estado, allá por el siglo XV. Para que eso sea posible es menester contar con un mercenario capaz de llevar las tropas adelante sin miedo ni piedad. Es el condotiero, un tipo diseñado para pelear.

    Este señor orgulloso, ganador, posa para la historia con su mirada penetrante y fría, su mentón de boxeador, su herida de soldado en el labio superior. Es el pesado por excelencia, el matón que saca la espada en la taberna y te corta en dos mitades al menor insulto. Lo que nos lleva a otro nivel, al pintor que está del otro lado y se llama Antonello da Messina, el artista que retrató a este capitán de mercenarios en Venecia en 1475.

    Como todo gran artista del Renacimiento italiano, Antonello manejaba la luz y los detalles obsesivamente, hasta dejar los ojos —que eran la vida— en la madera, en la tela o en el papel. Su condotiero concentra la luz en el rostro y exhibe variaciones de negro todo alrededor. Los ojos castaños del guerrero intimidan. Otra vez lo mismo, esta vez para el espectador: te puede partir al medio. El cuadro se encuentra en Louvre.

    Algo similar le pasó al escritor francés Georges Perec (1938-1982): vivía obsesionado con la pintura, la padecía por las noches como una pesadilla. En el borde de la cama el condotiero se iba inclinando cual espectro o nube tóxica o goma elástica hasta casi tocar con su nariz la nariz del escritor. Por ese entonces Perec tenía poco más de veinte años y acababa de zafar del servicio militar. Francia debía cuidar sus colonias, en especial Argelia. Y Perec estaba en un regimiento de paracaidistas. Además del clásico horror a que no se le abriera el paracaídas, se sumaba la angustia de caer en las garras de ese óleo temible, oscuro.

    Hoy en día Perec está considerado uno de los grandes novelistas franceses. “Las cosas”, “El hombre que duerme” y en especial la voluminosa “La vida instrucciones de uso”, lo han llevado a ese merecido lugar. También poeta, ensayista, guionista, dramaturgo y experto en crucigramas, lipogramas y anagramas, Perec, hijo único de un matrimonio de obreros polacos judíos radicados en Francia y muertos a manos de los nazis (el padre en la guerra, la madre en Auschwitz), fue educado por sus tíos.

    Pero a comienzos de los 60, la época en que había terminado de escribir El Condotiero, todavía no era un escritor: quería serlo. El manuscrito iba y venía de las editoriales, rebotado, entre ellas por Éditions du Seuil, la misma que en 2012 lo dio a conocer al mundo como el gran manuscrito encontrado. Un viejo cuento: cuando nadie conoce al escritor es fácil decirle que su novela adolece de bla, bla, bla. Después, cuando todos conocen al escritor, el bla, bla, bla se traduce por lo general en un pegajoso elogio.

    En este viaje de rechazos primero se llamó “La Nuit”, después “Gaspard”, luego “Gaspard pas mort” y finalmente El Condotiero. Así lo explica el prólogo de esta flamante edición en español de Anagrama. Y la novela, que se encontró en el cajón de un ignoto editor, incluye todos los anteriores títulos: la noche que se cierne sobre el experto falsificador Gaspard Winckler después de degollar (esto se sabe en la primera página) a su mentor y jefe Madera. En la primera frase de la historia, Gaspard sostiene el cadáver y dice: “Madera pesaba”. Un tremendo gancho para atraer al lector.

    Como todo escritor que juega con las palabras, que muestra y oculta, que enseña y sugiere, Perec estaba encandilado por el arte de la falsificación. Su personaje Gaspard es un estudioso de la pintura, un hábil restaurador del Louvre y otros museos ahora entregado al delito como pintor experto en falsificaciones: El Greco, Bellini, Goya, Corot, los flamencos, lo que sea. Sus temas son los reyes, los papas, los bufones, las crucifixiones, las princesas, las resurrecciones, los almuerzos campestres, lo que sea. El tipo se pasa encerrado en un laboratorio con sus óleos, pinceles, luces que dan de aquí y de allá, libros que explican técnicas y períodos, preparados de todo clase. Posee todo para reproducir el mundo de la pintura, un mundo que luego será enviado a América del Sur o Australia en valijas de doble fondo, un mundo que le dará dinero pero también lo dejará seco, inutilizado, vacío como un pomo de óleo aplastado y olvidado durante siglos.

    Gaspard desea alcanzar el éxtasis a través de la falsificación. Pone delante de sus ojos durante días y días “El Condotiero” de Messina. Lo estudia, busca sus secretos de luz, trazo y materia en todos los rincones. Y reproduce condotieros, uno y otro y otro. Es Perec exorcizando su propia pesadilla.

    La novela se presenta como si fuese un monólogo loco, a veces un diálogo esclarecedor y otra vez de nuevo un monólogo loco, el de un falsario que tomó conciencia de la ausencia de conciencia, que creyó plasmar desde la copia una auténtica obra maestra del pasado.

    Un thriller interior. Un juego de espejos. Un acto de prestidigitación sobre lo verdadero y lo falso diseñado por un Perec joven, con toda la polenta.

    “El Condotiero”, de Georges Perec. Anagrama, 2013, 190 páginas, $ 560.

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