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    Ave Keaton

    Birdman, de Alejandro González Iñárritu

    Colaborador en la sección de Cultura

    Aquí está Riggan Thomson, actor. En los 90 conoció el éxito cinematográfico como Birdman, justiciero enmascarado y emplumado de los cómics, un héroe con alas y garras que combate el crimen y mueve objetos con el pensamiento ataviado con un disfraz símil Garudá, el semidiós de la mitología hindú a veces comparado con el Ave Fénix. Birdman habla con una entonación grave y amenazante, como la exagerada carraspera de Christian Bale en la trilogía Batman de Christopher Nolan.

    Thomson, como lo sabe todo el mundo, es Michael Keaton. Y Michael Keaton, como lo sabe todo el mundo, es Batman. Lo fue en dos películas, en 1989 y en 1992, dirigidas por Tim Burton, y lo seguirá siendo. Del mismo modo que Johnny Weissmuller es Tarzán, Christopher Reeve es Superman y Gene Hackman es Lex Luthor, Keaton es, para muchos, el hombre murciélago. Este es el principal juego metatextual de los varios que plantea Birdman, de Alejandro González Iñárritu, con nueve nominaciones al Oscar, entre ellas: mejor película, director, actor (Keaton), actor de reparto (Edward Norton), actriz de reparto (Emma Stone), guión (Iñárritu, Nicolás Giacobone, Alexander Dinelaris Jr. y Armando Bo) y fotografía (Emmanuel Lubezki).

    Después de Batman, el Sr. K apiló un montón de papeles olvidables. Hasta Birdman. Que, para qué dar vueltas, es el mejor trabajo de su carrera. El mérito es completamente suyo. Está por encima de los espejos de colores y los guiños metatextuales de la película, que llena el ojo, endulza el oído, y que, como su protagonista, busca algo desesperadamente.

    Riggan está confundido. Es una celebridad en el ocaso, necesita con urgencia el reconocimiento de sus colegas, del público, de la crítica, de sí mismo, y considera que lo logrará a través de un medio que realmente lo legitime. Pone en escena, en Broadway, una adaptación propia del relato De qué hablamos cuando hablamos de amor, de Raymond Carver, una historia de dos parejas regada de ginebra, conversaciones sobre la vejez y la muerte, cargadas de tensión por sucesos pasados y por la necesidad desesperante de recibir afecto. También hay una historia personal, que remite a la infancia, el paraíso del hombre, motivando la elección de esta pieza que él mismo produce, dirige y actúa. Riggan se juega todos los cartuchos. Cuenta con un equipo al pie del cañón, también hambrientos de legitimidad: Lesley (Naomi Watts), dice cumplir un sueño de la niñez, hará lo imposible para que todo salga bien, Laura (Andrea Riseborough), novia de Riggan, y Mike Shiner (Edward Norton), que llega sobre la hora, reemplazando a otro actor. Shiner, para el que “nada es un problema en el escenario”, es novio de Lesley, lo que establece un juego de espejos entre la ficción de Birdman y la ficción de la obra teatral.

    Están a poco del estreno. Lo que se ve en la película son los días y sus noches presentados en un falso plano secuencia. Lubezki (director de fotografía de Gravedad y Niños del hombre, de Alfonso Cuarón, y de El árbol de la vida, de Terrence Malick) genera la ilusión de que todo se despliega en una sola toma. Hay travellings sinuosos que se extienden por kilómetros, atravesando habitaciones, pasando por azoteas y balcones, complicadas coreografías por escenarios amplios, pasajes por reducidos pasillos y una salida accidental y delirante por Times Square en la noche, en medio de un desfile delirante. Seguramente Lubezki se lleve otra vez el Oscar (lo ganó por Gravedad). Lo que hace aquí no solo confiere un efecto similar a la continuidad con la que se percibe la realidad, también, en algunos recorridos, provoca la sensación de estar flotando. No es solo un truquito habilidoso y cool (que también lo es: estamos ante un director que filma mostrando los músculos), es algo que tiene que ver con la historia y su protagonista.

    Y como Riggan es un personaje que vive dentro de una película de Iñárritu, esto quiere decir que será torturado en cámara. Aunque esta vez el mexicano incluye unas cucharadas de comedia y ensaya un poco de humor físico, tal vez sin mucha suerte, se lo ve pasar mal. Afortunadamente el director no navega por el miserabilismo de Biutiful ni abraza la grandilocuencia atroz de Babel (su película “importante”). Se agradece.

    “Esta obra parece una versión deformada de mí mismo”, dice Riggan. A esa altura nos hemos enterado de que Riggan se ha divorciado, que no ha sido buen padre, que experimenta un doloroso vacío existencial, que parece no querer a nadie pero sí necesitar sentirse querido y admirado, y que trata de realizar una de las operaciones cerebrales más difíciles: no mentirse a sí mismo. Una hora antes: de espaldas a la cámara, el actor está en posición de loto, levitando, bañado por la luz matinal. Parece en paz. Un buda. Sin embargo, su cuello cruje, una voz grave interrumpe la meditación, rompe la armonía, putea, se queja de todo. Es la voz de Birdman. A pesar de que Riggan abandonó el personaje en 1992 (otro juego metanarrativo: la última aparición de Keaton como Batman fue en ese año), Birdman continúa en su cráneo. Presente no solo en un póster que le regaló la producción del teatro, el pájaro, con ese gruñido etílico, de psicópata, le come la cabeza. Repite constantemente ideas tóxicas, le inyecta mantras venenosos, máximas como “Esta gente no sabe de lo que eres capaz”. Le recuerda que en todas partes todos los demás actores de prestigio hacen películas de superhéroes. Robert Downey Jr. sigue currando con Iron Man (“Ese payaso no tiene la mitad de tu talento”, sentencia Birdman), Michael Fassbender con los X Men. Y él ahí, en ese pozo, gruñe el pájaro loco, perdiendo un tiempo valioso. Riggan lucha e intenta repetirse que él no es Birdman. Que él no es su mente.

    El reguero de enlaces y referencias, que viene desde los créditos de apertura como “homenaje” a Pierrot, el loco, de Jean Luc Godard, está presente en la elección del elenco, como en un juego del número de Bacon de los seis grados de separación (a saber: Keaton no es el único que estuvo en una película sobre un héroe salido de un cómic). Y sigue, en los diálogos, con un discreto name-dropping de estrellas del momento. Es una forma de decirle, a diferentes espectadores, desde distintos frentes: vos y yo somos parte de la misma tribu. Es como que Iñárritu quiere quedar bien con todos. Actitud Riggan, lo que lleva —no es spoiler— a ensayar un final que es más de un final, algo bajo después de haber volado alto.

    Quitándole el exoesqueleto metatextual (el propio Birdman remite al personaje animado de Hanna-Barbera de mediados de la década de 1960), sobrevive, además de la gran actuación de Keaton, un cliché insípido que aparece en segundo plano. Una frase de una tarjeta colocada en uno de los espejos del camarín, la habitación-baticueva en la que Riggan y el espectador pasan la mayor parte del tiempo. “A thing is a thing, not what is said of that thing” (“Una cosa es una cosa, no lo que se dice de esa cosa”). Que básicamente es una reinterpretación traducida con las pezuñas del antiguo concepto, convertido en lugar común, de que las personas no se perturban por los hechos y las cosas, sino por la opinión o los pensamientos que tienen de esos hechos y esas cosas.

    Obtener prestigio por medio del arte es la obsesión del protagonista y es motivo de conversaciones entre los personajes. “No te olvides de qué se trata esto”, le recuerda su productor (Zach Galifianakis). “Se trata de obtener respeto y reconocimiento”. El director y los libretistas volverán a insistir por medio de las figuras de Norton, la ex esposa de Riggan (Amy Ryan) y de una crítica de teatro despreciable interpretada por Lindsay Duncan. Y, por si quedaba alguna duda de que el tipo confunde admiración con amor, de que es vanidoso, un ser desesperado por saber si es algo más que una estrella fugaz, si es un artista más que una celebridad, está su hija, personaje salido de la Granja Iñárritu de Seres Sufridos, que le dice: “Esto no lo hacés por amor al arte”. Sam es el arquetipo de reventado-que-tiene-la-posta. “Esto lo hacés por prestigio”, le dice a su padre, alguien popular que quiere ser tratado como artista, un tipo que solo quiere que lo amen pero que no puede concebir el arte como un acto de amor hacia algo que no sea uno mismo.

    Birdman o (La inesperada virtud de la ignorancia). Birdman or (The unexpected virtue of ignorance). EEUU-Canadá, 2014. Dirección: Alejandro González Iñárritu. Guión: González Iñárritu, Nicolás Giacobone, Alexander Dinelaris Jr. y Armando Bo. Con Michael Keaton, Edward Norton, Zach Galifianakis, Naomi Watts, Andrea Riseborough, Amy Ryan, Emma Stone. Duración: 119 minutos.

    Vida Cultural
    2015-02-05T00:00:00

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