En las últimas cumbres climáticas internacionales, casi 200 países del mundo acordaron como objetivo reducir para 2030 entre el 20% y el 40% de las emisiones de dióxido de carbono (CO2), gas de efecto invernadero señalado como uno de los mayores responsables del cambio climático. La situación provocada por la emergencia sanitaria global a partir del surgimiento del Covid-19, que derivó en una baja de la actividad económica y, como consecuencia, un descenso en las emisiones, despertó un debate sobre cuán alcanzables son esas metas.
Mario Caffera, climatólogo y docente del Departamento de Sistemas Ambientales de la Facultad de Agronomía de la Universidad de la República, sostuvo que es esperable que el CO2 solo haya bajado 8% en 2020, ya que, si bien determinadas actividades se paralizaron un tiempo, otras como la generación de energía eléctrica a través de combustibles fósiles, la deforestación en Brasil y Perú y la minería en Venezuela continuaron funcionando “bussines as usual”. “Lo que se paralizó fue el flujo de capitales y de mercadería, el comercio marítimo y aéreo. Pero otras continuaron”, declaró Caffera a Búsqueda.
No todos están de acuerdo. “Paralizando la economía mundial con la cuarentena y provocando las mayores tasas de desempleo en muchas décadas, las emisiones de CO2 bajaron un 8%”, sostuvo el oceanógrafo, magíster en Ciencias Ambientales y exdirector nacional de Medioambiente Aramis Latchinian en una columna publicada en el portal 25siete Noticias. Autor de dos libros sobre la temática, Latchinian dijo a Búsqueda que este dato refleja “lo poco serio” que fue el objetivo de reducir el 20% de las emisiones, a menos que entre sus efectos secundarios “contemplaran empujar al hambre a cientos de millones de personas”.
La posición más aceptada en el ámbito científico y que hasta el día de hoy impulsa las definiciones y acuerdos políticos de los países sostiene que el cambio climático es una consecuencia de diversas actividades realizadas por el hombre que emiten gases de efecto invernadero, tales como el dióxido de carbono, el gas metano o el óxido nitroso, derivados por ejemplo de la utilización de combustibles fósiles. El Acuerdo de París sobre Cambio Climático, firmado por casi 200 países, se fundamenta precisamente en que es necesario mitigar esas emisiones para contener la crisis.
Latchinian, sin embrago, sostuvo que desde hace ya varios años algunos economistas agrupados en el Consenso de Copenhague advierten que las inversiones para frenar el cambio climático son “un malgasto de dinero público”. Y los efectos de la pandemia mundial provocada por el coronavirus corrobora esas hipótesis, indicó, ya que si bien “se detuvo la economía y el transporte en el mundo por un mes” (con importantes costos socioeconómicos) las emisiones bajaron poco. El grupo de economistas daneses insiste en que en lugar de gastar millones de dólares para reducir de manera insignificante las emisiones, sería más eficaz invertir cantidades más pequeñas para sacar de la pobreza de forma definitiva a esas mismas personas, explicó el especialista.
“Con una pequeña fracción de lo que se gasta en enfrentar el cambio climático (asumiendo de forma temeraria que la mayor parte se debe a causas antrópicas) se resolvería de forma definitiva el suministro de agua, el saneamiento y la seguridad alimentaria, de forma permanente, para cientos de millones de personas, lo que reduciría su vulnerabilidad a los impactos del cambio climático”, afirmó Latchinian.
Este pensamiento se alínea con las ideas del danés Bjørn Lomborg, líder de un movimiento que cuestiona el papel que se le asigna a la humanidad en el cambio climático y que pretende hacer un uso racional de los recursos para combatir problemas ambientales a su entender más graves, como el hambre, la contaminación del agua y el aire.
Fernando González Guyer, integrante del Consejo Uruguayo para las Relaciones Internacionales, expresidente de la Comisión de Medioambiente de la Organización de Estados Americanos y exdirector de Medioambiente y Asuntos Especiales de Cancillería, comparte esa postura. Según dijo a Búsqueda, es necesario invertir parte de esa cantidad de dinero destinada a mitigar los efectos del cambio climático para resolver otro tipo de problemas vinculados al bienestar básico de las personas.
“Primero habría que usar ese dinero para sacar a la gente de la pobreza. Que tenga agua, saneamiento y mejores condiciones de vida. Y en segundo lugar, se debería invertir en crear nuevas tecnologías, más eficientes, más rentables y más baratas que los combustibles fósiles”, sostuvo. Es que a para González, renunciar a las ventajas de este tipo de combustibles es un lujo que solo los países ricos pueden darse desde el punto de vista económico.
“Los países pobres están siendo sometidos a presiones terribles, ya que el carbón sigue siendo la energía más barata”, sostuvo. Incluso, mencionó que Uruguay todavía tiene un debate al respecto, porque los países que tienen mayor cantidad de energía eólica son los que pagan tarifas más caras. “Hoy nosotros tenemos las tarifas más caras del hemisferio occidental”, comentó.
Además, el experto considera “un acto de soberbia inaudito de la humanidad, una pretensión ridícula e insensata”, el pensar que los humanos son capaces de afectar el clima.
Según diversos estudios citados por el propio González en sus publicaciones, el CO2 constituye apenas el 0,03% de la atmósfera. Y de ese total, 97% es de origen natural, mientras que solo el 3% restante es generado a partir de la actividad humana. “Es un sistema complejísimo sobre el cual actúan miles de factores, muchos aún desconocidos. Hablamos como si pudiéramos manejarlo apretando un botón de CO2”, explicó. “Si el clima fuera muy sensible a los cambios de CO2 en la atmósfera, aun siendo tan pequeños, ¿cómo podríamos cambiar el clima con un aporte tan deficitario?”, cuestionó.
Para González, la teoría del calentamiento global de origen antropogénico es un discurso que se ha logrado imponer debido a intereses geopolíticos y energéticos de los países más ricos.
En línea con la opinión mayoritaria de los científicos respecto a las cantidades de CO2 producidas por la actividad humana, Caffera dijo que son juntamente los gases trazas (presentes en baja cantidad en una mezcla) “los que hacen la diferencia”, ya que los otros gases principales constituyentes no tienen un efecto invernadero.
“Hay cada vez más. No queda solo ese 3%, el aumento es anual y, si bien algo hace la biota para absorberlo, no alcanza. Se trata del aumento, de la acumulación”, explicó.
Uruguay
En relación con el cambio climático, Uruguay ya adelantó algunas de las metas inicialmente prevista para 2030. Además, desarrolló un set de medidas específicas para diversos sectores, y el año pasado, en la cumbre presidencial en la que participó la joven activista Greta Thunberg, Uruguay anunció que implementaría una estrategia de desarrollo bajo en carbono y resiliente al clima, incorporando la meta de neutralidad de CO2 al 2050.
Por eso, para Caffera el objetivo de llegar a un 2030 habiendo disminuido 20% las emisiones de CO2 es algo “bastante factible para Uruguay”, ya que en los últimos años el país logró aumentar su eficiencia energética.
De todas formas, dijo a Búsqueda que es necesario “que se otorguen más recursos para ver cómo se puede reducir la emisión de gases de efecto invernadero (como el dióxido nitroso y el metano) por parte de la ganadería y la agricultura”. “También tenemos un problema en los tambos, principales culpables de la degradación del agua potable en aguas corrientes”, explicó.
En esa línea, Caffera discrepó con lo señalado por González y Latchinian respecto a los efectos sociales de disminuir las emisiones. Opinó que si los países “estuvieran ampliando la red eólica y solar tendrían un montón de puestos de trabajo de calidad”.
“Son opciones que toman y que están teñidas de politiquería de corto plazo”, sostuvo. Además, afirmó que aspectos como la seguridad alimentaria, por ejemplo, se logran con muy poca inversión, ya que no responde a una cuestión económica, sino a un problema de paradigma cultural.
González, por otro lado, dijo que Uruguay es un país tan chico e insignificante” en términos de emisiones (si bien se acusa a la industria agrícola de producir gas metano) que solo “tiene que hacer buena letra y decir que sí”. Sostuvo también que no cree que las emisiones hayan bajado significativamente durante la pandemia en el país.
Desde la Dirección Nacional de Cambio Climático dijeron a Búsqueda que no contarán con esos datos hasta finales del próximo año.
Ciencia, Salud y Ambiente
2020-12-29T21:57:00
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