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    Balas mágicas calibre 66

    Obras maestras: medio siglo de Revolver

    Tenían mucho tiempo libre. Cuatro meses sin compromisos, luego de recorrer Inglaterra presentando el flamante Rubber Soul, editado en diciembre de 1965. Ringo Starr acababa de cumplir 26 años, John Lennon tenía 25, Paul McCartney 24 y George Harrison  apenas 23. Cien días libres para leer, ir al cine, vagar, bolichear o viajar, para actualizarse con las novedades del arte y la música de vanguardia (Paul), para casarse y aprender a tocar el sitar en serio (George) o para quedarse en casa y tomar un ácido y descubrir el sinuoso mundo de la psicodelia (John). El resultado de todo esto tenía que ser, una vez más, la novedad. En vez de volver a la carretera, algo que hoy sería la norma, la voracidad creativa era tal que se metieron nuevamente en la sala de grabación, un espacio que desde Rubber Soul ya era sinónimo de búsqueda experimental y creatividad desbocada. Entraron a los Estudios EMI de Londres en la primavera boreal de 1966, y lo primero que grabaron fue nada menos que Tomorrow Never Knows, la primera canción dedicada al LSD, distinta a todo lo que habían hecho antes, y sin dudas el tema que define el disco; una pieza de un solo acorde, armada en torno al sitar de George, el mantra de Ringo en los parches, los loops que desplegó Paul con todas las cintas viejas que encontró, puestas al derecho y al revés, y la voz hipnótica de Lennon que quiso parecerse a la del Dalai Lama y que lo logró gracias a un artilugio inaudito como hacer girar un parlante: “Desconecta tu mente, relájate y déjate llevar, esto no es morir, abandona todo pensamiento, entrégate al vacío, esto es brillar”. De hecho, The Void (El vacío) era el nombre que John tenía en mente, pero debió transar para evitar tanto vértigo. Es el tema que cierra el disco. El tiro del remate. La última bala de Revolver.

    El próximo viernes 5 de agosto se cumplirán 50 años del séptimo disco de Los Beatles, y una de sus obras cumbre, que transformó el estudio de grabación en un instrumento formidable y corrió las fronteras de la música pop, incorporando a la imaginación como un actor con un poder nunca antes visto —ni oído— en la música popular. Un banquete para los audiófilos más exigentes, repleto de sorpresas y arreglos instrumentales de amplia gama, ideal para escuchar con buenos auriculares en las versiones remasterizadas recientemente (la obra íntegra de Los Beatles en estéreo está en Spotify).

    Para empezar, por primera vez un disco beatle abrió con un tema de Harrison, Taxman, la rockera y visceral queja al fisco inglés. Y por primera vez un disco beatle tuvo tres de George. En Love You To demuestra su dominio del sitar y plasma su fascinación por la música hindú, con tablas y tamboura incluidas. Ya en la gestación de Rubber Soul, Harrison comenzó a internarse en esos frondosos paisajes sonoros y a llevar el sitar a los ensayos. Su sonido tan estridente cautivó a sus compañeros, a tal punto que Lennon le pidió que tocara la frase principal de Norwegian Wood (This Bird Has Flown).

    Lennon sumó páginas brillantes como And Your Bird Can Sing con su enorme intro/riff/solo de guitarra en el que Harrison recorre todo el brazo de su guitarra; la deliciosa She Said, She Said, inspirada en un viaje de tripa con Peter Fonda en el que el actor le decía que sabía lo que era estar muerto, debido a un accidente balístico de su adolescencia; y la balada folk I’m Only Sleeping y sus característicos solos de guitarra con la grabación invertida que generan una extrañeza singular.

    Paul se despachó con otra estupenda colección de melodías, con Eleanor Rigby a la cabeza con su arreglo de cuerdas inspirado en la banda sonora de Bernard Herrmann para el filme Farenheit 451, de Francois Truffaut. Llevan su firma Here, There and Everywhere, Good Day Sunshine, la dramáticamente bella For No One, la onírica y lúdica Yellow Submarine, cantada por Ringo y transformada en su momento estelar en toda la obra beatle, y Got to Get You into My Life, dedicada expresamente a la marihuana. Demasiado para un solo disco.

    La discografía de The Beatles es una evolución perfecta: va descartando etiquetas con el paso de los años y de los discos, desde el beat del rock and roll hacia una fusión universalista en la que conviven diversas variantes, texturas y colores sonoros. Cada disco sigue el sendero trazado por el anterior y desmaleza el bosque para abrir un trillo hacia el siguiente. En la mitad de ese camino está Revolver, precedido por seis álbumes y antecesor de otra media docena. Es increíble que en solo tres años y cinco meses ( Please Please Me salió en marzo del 63) se haya producido semejante progresión: el disco clausuró definitivamente la etapa beat, definida por el ritmo y la música bailable e inauguró el alucinante rock psicodélico, pergeñado con arrojo y desparpajo por estos músicos que, como todos sabemos, provienen de los helados anillos de Saturno.

    Si bien en Beatles For Sale (1964) y Help! (1965) ya era evidente la expansión de sus inquietudes creativas, la voladura generalizada de cabezas que provocó Revolver tomó a la audiencia aún encandilada por Rubber Soul, editado ocho meses antes, en diciembre de 1965. Existe un amplio consenso en la comunidad beatle en que es muy difícil hablar de Revolver  sin tener en cuenta al Alma de goma que le precedió. Juntos forman un tándem bisagra en la obra de la banda. Continuaron apareciendo grandes canciones de cuatro acordes, pero esta dupla consagró la experimentación en la etapa compositiva, con la pequeña ayuda de amigos como el humo dulce y esos papelitos ácidos que bajo la lengua lograban proezas increíbles en territorios nunca antes visitados. Aunque según declaró Ringo, en el estudio casi no había drogas. “Había que trabajar demasiado”, dijo.

    Además de expandir el universo tímbrico, melódico y armónico del grupo, Revolver consolida la búsqueda lírica de trascender a las obviedades y zambullirse en asuntos complejamente simples como la búsqueda de la libertad, la alienación y la desilusión amorosa y hasta la depresión. Afloran también las primeras muestras del ideario humanista y pacifista lennoniano, influido por su relación con Yoko Ono y embanderado con el amor universal como centro de gravedad, concepto que estallaría en buena parte de Occidente en el “verano del amor” (1967) y la “primavera hippie”.

    El disco fue grabado entre el 5 de abril y el 21 de junio, mientras Inglaterra se preparaba para recibir el Mundial de fútbol (en julio) y ganarlo por primera vez. Pero ellos estaban por fuera de la pelota. Luego de la publicación, el cuarteto emprendió una gira bastante complicada por Japón, Filipinas y Estados Unidos, donde fueron hostigados por los sectores religiosos más conservadores por la famosa frase de Lennon “Somos más populares que Jesucristo”, declarada a un diario londinense. Incluso en algunos estados sureños se produjeron quemas de discos. En eso estaban cuando aparece Revolver, un disco repleto de detalles sonoros insospechados, imposibles de reproducir en vivo con la tecnología de ese tiempo. El 29 de ese mismo mes de agosto el cuarteto cierra su gira americana en el Candlestick Park de San Francisco. Los 25.000 asistentes no se enteraron de que estaban presenciando el último concierto en vivo de Los Beatles. Lennon y Harrison lograron imponer su visión de que la música del cuarteto era demasiado compleja y rica como para ser aplastada por decenas de miles de alaridos, y que más valía concentrarse en el estudio de grabación. Una decisión impensable en estos días, pero que posibilitó que los músicos concentraran sus energías creativas entre las cuatro paredes del estudio y plasmaran media decena de obras maestras. Fue clave para que Los Beatles adquirieran la dimensión legendaria que poseen.

    Revolver  contó con la producción artística de Geroge Martin y es también el primer trabajo con la banda del sonidista Geoff Emerick, un tipo especialmente curioso e innovador, responsable técnico de la gloriosa segunda mitad de la obra beatle. Fue editado por la legendaria discográfica Parlophone con una duración que arañó los 35 minutos, y se convirtió de inmediato en el 12º número uno consecutivo en el Reino Unido, secuencia iniciada con Please Please Me. El mismo día del lanzamiento se editó el simple con Eleanor Rigby y Yellow Submarine “en doble Lado A”, formato elegido por el seguro destino de hit de ambos temas. En Estados Unidos salió tres días después y omitió tres temas que ya habían sido lanzados como simples.     

    La portada fue diseñada por el músico y plástico alemán Klaus Voorman —amigote de los muchachos desde sus tiempos de Hamburgo— en base a recortes de fotos de los fab four publicadas entre 1964 y 1966, muestra de la gran dimensión mediática que ostentaban. El álbum, considerado el mejor de la historia de la música popular por las revistas The VirginStereo Review, PopMatters Ink Blot, encabezó en 2001 un Top 100 armado por la cadena VH1, se ubicó segundo entre los 100 elegidos por Q Magazine y tercero en la polémica lista de 500 de la Rolling Stone, en 2003. Pero en los Grammy de 1967 no pudo con The Voice: A Man and His Music, de Frank Sinatra, ganó como Álbum del año anterior.

    En su libro Memorias en mí (Linardi y Risso, 2001), el beatlófilo uruguayo Eduardo Rivero explica con elocuencia los sentimientos de la juventud ante cada nuevo disco de Los Beatles desde Rubber Soul en adelante: “La maravilla de los nuevos caminos. (…) Nueva forma de armonizar voces. Nueva forma de regalar sorpresas de percusión, guitarras eléctricas picantes como relámpagos, y hasta un sitar indio jamás escuchado y jamás esperado”. En un libro anterior de Rivero, Los Beatles en Uruguay (Ediciones de la Plaza, 1998), el crítico e investigador Guilherme de Alencar Pinto, entrevistado por los autores, afirma: “Debe ser con el Álbum blanco y A Hard Day’s Night mi favorito. Tiene un grado de experimentalismo igual al de Sgt. Peppers’s pero sin ese “alguito” de artificiosidad. Como que logra conservar permanentemente  el rock and roll y la ‘polenta’ siendo a la vez terriblemente progresivo. Es un álbum integral”.

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