En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
¡Hola !
En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
¡Hola !
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
La segunda semana del Festival Internacional de Artes Escénicas (Fidae) mostró, al igual que la primera, una variada paleta de formatos escénicos contemporáneos, alternativos al tradicional teatro de texto, con un componente decisivo de danza asociada al teatro y a la música. La selección de Iván Solarich, director del festival, está puesta, además de en la lejanía geográfica, en la fusión de todas las manifestaciones posibles. Los actores cantan y bailan, los músicos actúan, los bailarines recitan. Ahora son todos intérpretes, es la conclusión más rotunda de este tercer Fidae.
¡Registrate gratis o inicia sesión!
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
Como una semana antes con “Ukchuk-Ga” —versión coreana de “Madre coraje” de Brecht—, lo mejor de la semana vino otra vez de Corea del Sur: el domingo 13 la Zavala Muniz albergó otro notable espectáculo, a cargo de la Bereishit Dance Company deslumbró en un doble programa con Balance and Imbalance + Pattern and Pattern Variation. Con una fuerte inspiración en las artes marciales, media docena de cuerpos ultralivianos se deslizaron como felinos ingrávidos para representar las coreografías de Park Soon-ho, que subliman el impulso violento a través de la expresión deportiva. Otra vez, tres percusionistas acompañaron a los bailarines con un despliegue avasallante que incluyó el pansori, estilo tradicional coreano de narración cantada, tan operística como literaria. La ejecución colectiva de gestos y movimientos enérgicos, veloces y a la vez sumamente precisos, provocó asombro y ovación generalizada.
El jueves 10 la sala Balzo recibió a la bailarina israelí Anat Grigorio, quien representó Mr. Nice Guy, una parodia al mundo de la moda, la imagen y la publicidad asociada a la figura de la mujer. No es frecuente en la danza contemporánea local el buen uso del humor para expresar una idea, y esta mujer lo consigue con claridad a partir de una técnica corporal muy depurada, sobre la cual ofreció un taller en el Instituto Nacional de Artes Escénicas. Pero esa nitidez inicial del solo se desdibujó en una espiral redundante que dejó un sabor contradictorio.
La otra promesa de calidad era la española Sol Picó con Spanish Omelette, una performance que combina danza y cocina de raíces ibéricas, diseñada para espacios públicos, presentada en Colonia del Sacramento, Carmelo, el Mercado Agrícola y el anfiteatro de la Plaza Seregni. Como una profesora de aerobics, esta catalana que a sus casi 50 años luce como una veinteañera arenga al público como una estrella de rock, bailando, corriendo y recitando parlamentos. En un establo improvisado, sobre fardos de alfalfa, va y viene acompañada por una violinista y una baterista-cantante. Con la ayuda de varios espectadores, prepara una clásica tortilla española, metáfora, entre otras cosas, de su fusión con el flamenco como ingrediente principal.
Una de las sorpresas del festival vino del interior: Llanto de perro, del grupo Círculo de Teatro de Dolores, Soriano. Escrita por Andrés Binetti y dirigida por el fraybentino Roberto Buschiazzo, de Teatro Sin Fogón, esta comedia se interna en un rancho piojoso de campo donde tres hermanos (dos hombres y una mujer) conviven y se las arreglan para cazar, comer y satisfacer sus necesidades humanas casi como salvajes, desafectados de preceptos morales y sociales. Entre el grotesco y el absurdo, cuatro buenos comediantes instalan el drama sin decir nada en serio. Por más que a esta altura sean fenómenos casi desterrados de la sociedad rural, no es fácil hablar de endogamia y zoofilia, y esta gente lo hace con un bienvenido desparpajo.
La oferta teatral extranjera arrojó una de cal y otra de arena. El ruido de los huesos que crujen, de la compañía Le Carrousel, de Montreal, Canadá, resultó de lo más pobre del festival. Una niña que crece en medio de una guerra civil, cruel e infame como todas las guerras, es transformada en soldado y su vida se sumerge en un calvario sin remedio. La guerra es mala, fea e injusta. ¿Hacía falta repetir el mensaje cuando la semana anterior la coreana Sorikkun había dictado cátedra en “Madre coraje”? Esta puesta se sostuvo en dos únicos planos visuales, estáticos, repetidos durante una hora y veinte. Uno muy bien resuelto, con luces sutiles que solo hacían visible los torsos de los actores, como cuadros de cómic; el otro puramente testimonial: una actriz que habla sentada en un escritorio. Quizá funcione en la cercanía de una sala pequeña. Pero en la inmensidad de la Campodónico, el problema no fue el texto ni la interpretación, sino la anodina manera que el director Gervais Gaudreault eligió para contar esta triste historia.
En las antípodas, el Odin Teatret de Dinamarca volvió a demostrar, después de casi una década sin visitar Montevideo, por qué es uno de los más originales y reconocidos elencos de Europa. Una virgen negra, la viuda de un combatiente vasco, una refugiada chechena, un ama de casa rumana, un abogado danés, un rockero de Islas Faroe que evoca todo el tiempo a Leonard Cohen, un muchacho colombiano que busca a su padre desaparecido, una violinista callejera italiana y dos mercenarios de guerra pueblan La vida crónica, semblanza de la Europa en crisis de estos tiempos, escrita y dirigida por Eugenio Barba, un viejo conocido del público uruguayo. Desde el domingo 13 al miércoles 16, 120 espectadores se congregaron cada noche en un pequeño teatro montado dentro del escenario de la Sala Balzo. Esa proximidad es la clave del éxito de esta pequeña obra maestra. Sobre las tablas de esa calle central entre las dos tribunas enfrentadas, los actores-músicos despliegan esta narración que fluye como pinceladas impresionistas. En un extremo, una serie de ganchos sostienen la utilería como reses en una carnicería. Un muñeco enmascarado oficia de cadáver mientras un gran cubo de hielo indica el inexorable paso del tiempo con su goteo sobre un casco militar.
El teatro de imágenes de Barba funciona como un reloj suizo con estos artistas de la escena que bailan, cantan, tocan decenas de instrumentos y actúan en una ensalada de lenguas, con el cuerpo y el alma al servicio de una poética entretenida y fascinante. Un verdadero placer sensorial que junto a los coreanos quedará impreso en el mejor recuerdo.