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Un hombre solo se mantiene de pie, como puede, mientras intenta pasar letra. Habla de su padre, de su infancia, de sus demonios, de sus muertos en el ropero. Habla y bebe. Jorge Bolani entra en la piel y en los huesos de John Sydney Barrymore, famoso actor de teatro y cine estadounidense (1882-1942), al pie de una de las grandes familias de intérpretes, junto a sus hermanos Lionel y Ethel, continuada por sus hijos John Drew y Diana y luego por su nieta, Drew.
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Barrymore, este texto impecable e implacable del fallecido autor estadounidense William Luce, llevado a escena por Alfredo Goldstein (miércoles y jueves a las 21 en la Sala 2 del Circular), es el perfecto retrato de un roto, un hombre que lleva su talento a cuestas pero sin intención de hacer buena letra ni seguir regla alguna para alcanzar el éxito. Evidentemente Jorge Bolani no es un maldito como su personaje, y por eso celebra sus 50 años como actor con una obra que le permite desplegar su extensa gama de recursos, desde el histrionismo a piacere a la lacónica talking head. El Flaco se ha vuelto un maestro en el arte de narrar con su cuerpo, esa desgarbada anatomía que dice tanto como su rostro y su voz.
El éxito, el aplauso, la admiración, la gloria artística y la inexorable decadencia son los insumos de este tratado sobre el fracaso, mientras el que alguna vez fue un gran actor trata de ensayar un Ricardo III con el que retornará a las tablas. Cualquier semejanza con el decadente monarca shakesperiano no es mera coincidencia.