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Nuestra existencia pende de un hilo. Nos gobierna el azar, y lo que queda suelto a lo que no es el azar, cae en poder de los fantasmas. El poeta y escritor escocés Robert Louis Stevenson (1850-1894) lo tenía bien claro. Fue un niño débil, siempre encerrado en su habitación debido a diversas dolencias. Propenso a la lectura, más adelante estudió derecho y luego se dedicó a escribir y viajar. Se adentró en los mares del Sur en busca de nuevos aires para combatir la tuberculosis y terminó sus días en Upolu, una isla de Samoa, donde está enterrado en un monte frente al mar. Sus obras más conocidas son La isla del tesoro, El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde y La flecha negra.
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Cuentos completos (Penguin Clásicos, 1.018 págs) nos acerca lo mejor de su universo, que siempre tiene el gancho de una historia extraordinaria contada en una taberna a la madrugada para los últimos parroquianos capaces de desafiar la noche. Hay ribetes terroríficos y fantásticos. Los profanadores de tumbas y los médicos salvajes se dan cita en El ladrón de cadáveres. Hay tramas policiales como en El diamante del Rajá, que se subdivide en cuatro cuentos. Y está el imponente relato El diablo de la botella, que según Stevenson fue escrito pensando en el público polinesio, sobre una botella de cristal blanco como la leche e irrompible, cuyo interior más vale no conocer.
Era hijo de un constructor de faros. Mucho del mar embravecido y la tenue luz salvadora se cuela en estos cuentos, unánimemente considerados entre lo mejor de la literatura anglosajona.