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La muerte llega como un mazazo en la nuca. La muerte eludida, ignorada, burlada. Y la vida se tiñe de un color nuevo, desconocido y aterrador cuando la persona amada muere. De la muerte como algo imposible de digerir, entre otras cosas, trata La ridícula idea de no volver a verte, una especie de reportaje híbrido y extenso que es al mismo tiempo un exorcismo del duelo de la autora y una biografía de la científica polaca Marie Curie, a partir del diario donde registró su duelo luego de que su esposo Pierre fuera atropellado por un coche de caballos, en 1906, tres años después de recibir el Nobel de Física.
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El libro también funciona como un caleidoscopio que consigue azarosas formas, abriendo varias puertas que permiten conocer, casi como si fuera una charla de café, el pensamiento de la escritora madrileña en cuanto al amor, a las pérdidas, al feminismo, así como el mundo científico en la época de los Curie.
La periodista, ensayista y novelista Rosa Montero acompañó a su marido, el periodista y escritor Pablo Lizcano (a quien no le hubiera gustado este libro, asegura la autora) hasta sus horas finales en 2009, cuando murió víctima de una enfermedad aplastante. El pedido que su editora le hizo a Montero de que escribiera algo con los diarios de Curie fue la vía regia para que pudiera dialogar con sus propios demonios emocionales, con la furia y con la imposibilidad de entender que alguien que amamos ya no está más, para siempre, delante de nuestros ojos.
El personaje de Marie Curie (Varsovia, 1867-Francia, 1934) brinda tanto jugo que resulta imponente seguir los derroteros de esta vida quemada en la hoguera esforzada de la ciencia para descubrir el polonio y el radio a partir del mineral de uranio llamado pecblenda. En aquel tiempo, hacerlo equivalía a dejar el cuerpo: llagas en las manos, quemaduras y envenenamiento progresivo del organismo.
En el breve diario donde Marie se dirige a su esposo muerto, también se toma contacto con una madame Curie hogareña, madre de dos chicas: Irène y Ève, la primera de las cuales siguió los pasos de sus padres y se puede aventurar que murió antes de tiempo, ya que la segunda superó tranquilamente los cien años de edad.
El título de pionera le cabe por todos los costados a esta seca y profunda mujer: fue la primera persona que obtuvo el Nobel dos veces y la única que recibió este reconocimiento en diferentes especialidades: Física (1903) y Química (1911). En sus cartas aparece clara la certeza de su vocación y de sus “dones”, como ella los llamaba. La ridícula idea de no volver a verte se vale además de fotos e ilustraciones, con las que la autora muestra aquello que está narrando. Las fotos de Marie con esa mirada de fiera pétrea ayudan a trazar una idea cabal de la personalidad de esta científica que fue también la primera mujer que ocupó un cargo como profesora en la Universidad de París.
En esos apuntes que hizo después de la muerte de su amado Pierre, Marie se muestra con la vida cercenada: nada será igual, nunca más. Es que ella y Pierre sufrieron un flechazo inmediato y su relación se construyó alrededor de la sólida espina dorsal de la ambición de conocimiento y del estudio de laboratorio. Hay que ver que la estrategia de conquista de Pierre no fue escribirle un poema o invitarla a dar un relajado paseo, sino enviarle una copia de lo último que había escrito, a saber: “Sobre la simetría de los fenómenos físicos. Simetría de una zona eléctrica y de una zona magnética”. El corazón-cerebro de Marie empezó a latir con más fuerza después de leerlo.
Eran hombre y mujer de ciencia, y querían roncanrol. Sabían que se envenenaban la vida, e iban por ello. Marie relató: “Hemos sufrido sobre las manos, durante las investigaciones realizadas con los productos más activos, diversas acciones. (…) Las extremidades de los dedos que han sostenido tubos o cápsulas que encerraban productos muy activos se vuelven duras y a veces muy dolorosas; para uno de nosotros, la inflamación de las extremidades de los dedos ha durado quince días y ha terminado con la caída de la piel, mientras que una sensación dolorosa no ha desaparecido todavía completamente al cabo de dos meses”. Escalofriante.
Embriagado por la brillante luz del radio, el señor Curie dice: “En realidad estoy feliz, después de todo, con mis heridas. Mi mujer está tan satisfecha como yo”. Hay que ver los efectos devastadores que esta obsesión tuvo para Marie, que terminó sus días a los 67 años con aspecto de octogenaria. Pero, como relata Montero, el precario laboratorio donde se morían de frío era una bola incandescente de contaminación: el polvo y el aire, las ropas, los libros de anotaciones, todo era radiactivo.
Marie escribió el 30 de abril de 1906: “Todavía y siempre repito tu nombre: ‘Pierre, Pierre, Pierre, mi Pierre’, pero por desgracia eso no hará que venga, se ha ido para siempre dejándome solo la desolación y la desesperación. Pierre mío, te he esperado durante horas mortales, me han traído las cosas que llevabas encima, tu estilográfica, tu tarjetero, tu monedero, tus llaves, tu reloj, ese reloj que no se paró cuando tu pobre cabeza recibió el terrible golpe que la quebró”. Cuando el amado “descansa en paz”, la realidad sigue ocurriendo ahí afuera, pero quien permanece sobre el mundo, vivito y coleando, siente que le han robado un pedazo de existencia y de sentido vital.
“Malditas muertes”, resume Rosa Montero a propósito de estos dos esposos, tan distantes en el tiempo, tan diferentes pero que condensan una experiencia humana universal. Es desde esa bronca que se puede decir que escribe dos libros: uno con sus consideraciones sobre el amor, la muerte, la escritura y el poder de los padres sobre la vida individual, y el otro que desempolva la vida de esta aguerrida mujer de ciencia.
“La ridícula idea de no volver a verte”, de Rosa Montero. Seix Barral, 2013, 237 páginas, 450 pesos.