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Uno es la fiesta, el desenfreno y el desparpajo. Dice que no pierde más de un par de horas en una letra. Lo suyo es el ritmo que contagia y la sonrisa franca. El otro, capaz de estar seis meses cepillando una estrofa, es el arte de refinar la canción y colocar al teatro entero en la palma de su mano. Ruben Rada y Fernando Cabrera coincidieron en la misma semana en el mismo teatro. Y expusieron dos formas tan distintas como complementarias de encarnar la música popular uruguaya.
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En “Tango, Milonga y Candombe”, un espectáculo presentado la semana pasada en la Sala Zavala Muniz que bucea en las raíces negras de tres géneros originarios de esta parte del planeta, Rada desarrolló su breve presentación de 2011 en el Festival y Mundial de Tango de Buenos Aires.
Un notable trío de guitarras (Poly Rodríguez, Guzmán Mendaro y Nicolás Ibarburu) acompañadas por el cálido acordeón de Gustavo Montemurro emularon la instrumentación primigenia del tango y la milonga, esa que huele a tierra mojada cuando comienza a llover. El formato circular de la sala resultó perfecto para el íntimo despliegue de Rada, rodeado por cuatro plateas de público.
El piano y la cuerda de tambores de Lobo, Fernando y Noé Núñez, y el propio Rada en el cajón, se sumaron para los candombes clásicos como “Ayer te vi” y “Candombe para Gardel”. Y también para los nuevos, como “Aquello”, de Jaime Roos, que Rada hizo sonar como propia.
“Milonga para una niña”, de Zitarrosa, fusionada con “Los ejes de mi carreta”, de Yupanqui, estuvo entre lo mejor de un show, en el que se lució la versión de periconazo beatle llamado “Lovely John”, incluido en el disco “Montevideo”.
El miércoles 29 de agosto, el Negro demostró que el tango y su voz se conocen de toda la vida, solo que no se encontraban en los estudios de grabación. “Cuesta abajo”, “Melodía de arrabal”, “Anclao en París”, “La casita de mis viejos” y “Tomo y obligo”, así como la reciente “Patrimonio mundial de la humanidad”, un tributo deliberadamente propagandístico al dos por cuatro, sonaron fuertes y vitales en su garganta.
Hilando fino, su fraseo tanguero supera a su vibrato, que no es el mismo de antes. Si bien ya no reproduce las proezas de Opa, Totem, México y Buenos Aires, Rada conserva esa magia negra encantadora y esa inocencia que le permite reírse hasta de Gardel sin perder la elegancia.
En tanto, el sábado 1º y el domingo 2, Fernando Cabrera volvió a ofrecer en el Solís un concierto nuevo, diferente a los anteriores, dominado por el creciente sentido del humor que el músico despliega en la madurez de su carrera. Comenzó con canciones que ya cumplieron 30 años, como “Lejos”, del trío MonTRESvideo.
La nueva formación de quinteto —Federico Righi en bajo, Ricardo Gómez en batería, Juan Pablo Chapital en guitarra, Herman Klang en teclados y Cabrera en guitarra y voz— hace posible una versión más compleja de “Menores”, tema atípico en su obra, pues expone su punto de vista sobre la minoridad con una poesía directa, y floridas lecturas de clásicos como “La balada de Astor Piazzolla”, “Continuará” y “Agua”, además de filosos pasajes de rock en “Tangente” y en “Los cuerpos”.
En su habitual segmento a solas con el público —formato del DVD incluido en el flamante trabajo “Intro”—, brillaron la siempre nueva “Viveza” —sus versos siguen regalando detalles inadvertidos— y la conmovedora “Los viajantes”, tema que multiplica emociones al ser interpretado en solitario.
De su próximo disco, a editarse en 2013, el cantautor adelantó la canción “La vida recién empieza”, en la que, acompañado solo por Klang al piano, extiende consejos sentimentales que no le sirvieron a él pero, dice, pueden ayudar al oyente, y “Buena madera”, una noble canción dedicada a los carpinteros y luthiers.
El interludio en el que Cabrera, junto a Mariana Percovich y Maca (Gustavo Wojciechowski), leyó algunos de los poemas publicados en “Intro”, disminuyó considerablemente la tensión del espectáculo. Quizá la mejor lectura de poesía sea la propia, junto a la veladora, cinco segundos antes de cerrar los ojos.