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Hay que viajar desde el centro en el 121 hasta el Museo Zorrilla para entender que Cabrerita es otra cosa, por encima de cualquier ismo. Allí la muestra es de cuadros y está centrada sobre todo en el pintor, aunque lamentablemente hay obras descartables de otros “nombres” populares y anónimos y colectivos. No se entiende mucho este entrevero, como tampoco la utilización de los dos espacios, o el criterio también dual para exponer, entre lo documental incompleto y lo artístico a medias. Tampoco que haya sido elegida esta curiosa exposición para reinaugurar un lugar formidable como el Museo Zorrilla. Se merecía solo a Cabrerita y una selección más rigurosa, sin duda. Por suerte, algo se rescata de este personaje que vivió en la casa de la hermana de Parrilla e incluso viajó a Niza y estuvo un año con el poeta.
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El vuelo de Cabrerita está en su sensibilidad extrema, su naturaleza plenamente artística más allá de todo lo que le tocó vivir, en especial sus largas internaciones psiquiátricas. Están allí algunas de sus “niñas” construidas como muñecas y arropadas en un marco de geometrías o signos intrigantes, o sus personajes casi infantiles, enrulados en sus acuarelas verdes, amarillas, azules. En todas destacan los ojos, punzantes, de mirada seca y penetrante, apenas dulce, extremadamente misteriosa. Eso vale la pena. Un Cabrerita en papeles viejos, arrugados, algunos con el sello de “laborterapia” del hospital psiquiátrico. Un cabrerita en papeles rotos por el tiempo, dibujos arrugados donde queda la marca del que sabe, más allá de lo material. Es el Cabrerita que le hizo escribir a Parrilla: “Hay una línea que puede ponernos en contacto con una niña, el descubrimiento de esta línea puede darnos la clave de un arte virginal (universal)”. El camino a la abstracción, dirá en otros escritos. Ni más ni menos. El resto es puro verso y “esterismo”, en el mejor y peor de los sentidos.