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Cada día que pasa con escuelas cerradas o semiabiertas aumenta “una catástrofe generacional” y social, advierte la OEI en Uruguay
“No se entiende por qué tuvimos meses sin presencialidad”, dice nuevo director de la OEI en Uruguay, Sebastián Velesquen. Foto: Nicolás Der Agopián / Búsqueda
El lunes 25 de noviembre de 2019, horas después de su triunfo en el balotaje, el entonces presidente electo Luis Lacalle Pou celebró en un almuerzo con un grupo de amigos en el restaurante Fellini, de Pocitos, como reflejó una imagen publicada ese día en El Observador. Lacalle Pou compartió mesa con su actual secretario privado Nicolás Martínez y con el hoy canciller Francisco Bustillo, además de Juan Seré, Emiliano Cisneros, Juan Brunetti, José Reyes, Justo y Sebastián Velesquen. Este último fue asesor en relaciones exteriores del expresidenciable argentino Sergio Massa, hoy titular de la Cámara de Diputados, y se desempeñó en el área internacional del Ministerio de Producción de la Nación, durante los gobiernos de Mauricio Macri y de Alberto Fernández.
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Un año después de aquella celebración con Lacalle Pou, Velesquen asumió la dirección de la oficina de la Organización de Estados Iberoamericanos (OEI) en Uruguay, con la idea de darle “mayor relieve” a una institución dedicada desde hace 70 años a la educación, la ciencia y la cultura, y que últimamente, según dijo a Búsqueda, tuvo un vínculo “modesto” y “sin gran incidencia” en su relación con el gobierno uruguayo.
“La OEI pudo haber tenido un acercamiento más estrecho con el gobierno, pero no lo tuvo y no importa la razón. El desafío ahora, con el cambio político, es darle un vuelo mayor a la oficina”, afirmó Velesquen, e instó a “ser más ambiciosos y tener mucha más cercanía con las autoridades”, hoy encabezadas por su “amigo” Lacalle Pou.
Opinó que “Uruguay ha manejado muy bien la pandemia hasta ahora” y eso ha ayudado a posicionar al país en “un sector muy minúsculo y selecto: el de las naciones que vienen surfeando la crisis sanitaria mundial”, y también en educación. “El gran desafío ahora es ver hacia dónde vamos: si hacia un sistema presencial como el prepandémico, hacia uno mixto, virtual o remoto, o hacia otras formas de enseñar y aprender”, dijo.
Sea como sea, “la región debe reforzar la digitalización en sus centros educativos” para evitar mayores desigualdades. Esta es una de las principales conclusiones del informe anual Miradas sobre la educación en Iberoamérica 2020, elaborado por la OEI con datos de 17 Estados de la región y publicado el sábado 7 en Lisboa. Los indicadores internacionales apuntan que la región de América Latina y el Caribe sufrirá uno de los mayores descensos en la matrícula escolar, ya que el porcentaje de niños y adolescentes que no recibe ningún tipo de formación —ni remota ni presencial— se disparó del 4% al 18% en los últimos meses. Y esta cifra escala hasta el 21% en los hogares más pobres de la región. Cerca de 3,1 millones de menores no regresarán nunca a la escuela tras la crisis sanitaria, según la Unesco.
Las consecuencias económicas de la pandemia también ejercen una fuerte presión sobre los presupuestos nacionales de la educación pública en Iberoamérica. El Banco Mundial proyectó que el cierre de las escuelas podría costarle a la región hasta US$ 1,2 billones en los ingresos eventuales de por vida de los menores que ahora se ven privados del aprendizaje formal; equivale al 20% de las inversiones que hacen los gobiernos en educación básica.
Educación en pausa.
Las brechas relativas al acceso y al uso de las tecnologías hoy se amplían “peligrosamente” en la región, cuando “la herramienta digital debería servir para generar mayor inclusión social”, afirmó el flamante director local de la OIE. Esto es grave, dijo, porque “la escuela es mucho más que aprender a leer y escribir. Y dejar de ir a la escuela es mucho más que no recibir formación. Es dejar atrás la socialización entre los chicos, el contacto físico con los profesores y sus compañeros. Y es, para muchos menores, no tener un espacio seguro, y perder la comida más nutritiva del día”.
“Si hay algo que dejó la pandemia en claro, no solo en Uruguay, es que los más vulnerables a los contagios del Covid son los adultos mayores y los menos, los chicos. Entonces no se entiende por qué tuvimos meses sin presencialidad, cuando cada día que pasa con las escuelas cerradas crece una catástrofe generacional”, algo que “tendrá profundas consecuencias para la sociedad en su conjunto”, advirtió.
Y planteó: “¿Por qué estamos poniéndole una piedra más a un carro ya de por sí pesadísimo para todos, padres, docentes y niños? ¿Qué sería lo más riesgoso para los alumnos? ¿El profesor o la profesora, gente de 40 o 50 años? Bueno, pongamos a los docentes a dar clase entre tres paredes de plástico, en un cubículo de policarbonato que los deje aislados de los alumnos para minimizar el riesgo, y se terminó”.
De hecho, el Covid-19 dejó a 137 millones de alumnos de América Latina y el Caribe sin escuela durante más de 170 días, según el informe Educación en pausa, de Unicef, fechado en noviembre. Mientras que las proyecciones de la Unesco muestran que más de tres millones de menores de estas latitudes, “un Uruguay entero”, están en peligro de abandonar la escuela definitivamente.
Por ese motivo, aunque reconoció que los países se encuentran en diferentes etapas en términos de su situación epidemiológica y respuesta a la pandemia, Velesquen consideró “imperativo” que ya se preparen para la reapertura segura de las escuelas en 2021.
Uruguay fue elogiado internacionalmente por su reapertura de las escuelas y porque las clases nunca se detuvieron, destacó. Eso ocurrió “en muy buena medida” gracias al Plan Ceibal, “un proyecto modélico y muy copiado en el mundo” que permitió el acceso a dispositivos tecnológicos a los alumnos, creó plataformas de contenidos y sistemas de gestión de aprendizajes virtuales y capacitó a los docentes.
No obstante, el país también sufrió el efecto de la pandemia en educación, que afectó, sobre todo, a los escolares del sector público y a los que pertenecen a los contextos y hogares más pobres, según datos de asistencia a clase recabados entre el 1º de marzo y el 9 de setiembre, y procesados por Búsqueda con base en números de la Administración Nacional de Educación Pública (ANEP).
Sin “presencialidad plena” vigente, cada día, en promedio, más de 200.000 alumnos no asistieron a la escuela pública a partir de junio, cuando a principios de marzo, previo a la pandemia, la media no superaba las 30.000 faltas diarias.
A mediados de abril, las escuelas rurales —en las que era más fácil garantizar la distancia física y las aulas al aire libre— volvieron a funcionar con normalidad y, para finales de junio, ya se habían sumado el resto, tanto públicas como privadas, sin apenas incidencias sanitarias.
Los datos muestran, sin embargo, que el impacto de estas medidas resultó limitado. En el lapso de julio a setiembre, la asistencia promedio diaria fue de 41,7%, siendo el 100% la totalidad de clases que se brinda en un año lectivo normal (Búsqueda Nº 2.097).