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    Cahiers du Cinéma: cómo consagrar al cine

    La revista francesa cumple 70 años

    El primer número de la revista Cahiers du Cinéma, la publicación cinéfila por excelencia y una de las más longevas de Francia, tuvo en su portada una captura de El ocaso de la vida (1950), de Billy Wilder. En ella, Gloria Swanson personifica a la eterna Norma Desmond, una exestrella de cine mudo que vive sus días bajo los delirios de grandeza que la oprimen en su desolada mansión de la avenida Sunset Boulevard. Un haz polvoriento de luz, a espaldas de Norma, la alumbra mientras ella levanta su brazo hacia una pantalla fuera de cuadro. Norma está bañada por la gloria de su pasado, reflejado a través de la luz de un proyector. Bañada en la luz del cine.

    A partir de su primer número publicado en abril de 1951 desde una redacción instalada sobre la avenida Champs-Élysées de París, Cahiers du Cinéma se encargó de iluminar la consagración del cine como arte, estableciendo eventualmente un quiebre ante el gusto prevalente de la cultura artística posguerra. La revista, y sus integrantes, pregonaban que una película del director Alfred Hitchcock debía ser considerada tan importante como un libro del novelista francés Louis Aragon. El cine ya no era un oficio de los trabajadores al servicio de un estudio. Era un arte de autores.

    “El último proyecto modernista”, así definió el cineasta Jean-Luc Godard, en 1959, a Cahiers du Cinéma, los “cuadernos del cine”. Pero antes de Godard, el director de Sin aliento, existió el crítico de cine Godard.

    Al igual que Claude Chabrol, Jacques Rivette y Fançois Truffaut, Godard sería reclutado por uno de los editores fundadores de Cahiers du Cinéma: el intelectual y crítico apasionado por el realismo en el cine, André Bazin. En 1949, durante un festival de cine en la ciudad costera de Biarritz, Bazin reuniría al grupo de jóvenes cinéfilos veinteañeros y los guiaría en su camino para convertirlos en críticos, escritores encargados de remover a las películas de la industria del entretenimiento.

    Bazin y el resto de los editores fundadores de Cahiers también decidieron invitar a Maurice Schérer, más conocido como Éric Rohmer, un profesor, crítico y cineasta independiente que dirigía un club de cine y ya había publicado una revista, La Gazette du Cinéma. La llegada de Rohmer a Cahiers fue fundamental para atraer a la pandilla de Godard, Truffaut y Rivette.

    Dentro de esta troupe, algunos ya lo intuían y otros estarían por descubrirlo: la crítica de cine sería solo el primer paso. Como integrantes de Cahiers, Chabrol, Godard, Truffaut, Rivette y Rohmer encontraron allí el primero de sus escenarios antes de convertirse, una década después, en los cineastas asociados a la nouvelle vague, un movimiento cinematográfico que se rebeló ante el cine que le precedía.

    La nueva ola del cine francés se gestó durante años entre cigarros en aquella oficina de Champs-Élysées, donde los muchachos respiraban películas. Discutían y debatían sobre lo que habían visto y buscaban, en palabras, justificar sus pasiones. Escribir, en tanto, los forzaba a cuestionarse sobre la convergencia entre la narrativa y las herramientas visuales y el desarrollo de una temática a lo largo de la obra completa de un director. Algunos nombres comenzaron a repetirse entre las escrituras de los periodistas de Cahiers. A Hitchcock se le sumó Howard Hawks, Roberto Rossellini, Nicholas Ray, Billy Wilder, Ingmar Bergman y Akira Kurosawa, entre otros.

    Creer que películas como los westerns, los melodramas de Hollywood y el cine negro debían ser considerados con atención era absurdo para la crítica y los lectores a mediados del siglo XX. El manifiesto del primer número de la revista anunció, a viva voz, su intención por cambiar esto en pos de poner fin al “neutralismo malévolo que tolera un cine mediocre, una crítica prudente y un público estupefacto”.

    Durante la primera etapa de su historia, los mojones de la revista no se relacionaron estrictamente con el éxito de sus ventas, sino con la publicación de textos que hoy son considerados canónicos para los estudios cinematográficos. Bazin introdujo en la crítica la mise-en-scène, un concepto proveniente del teatro aquí utilizado para definir lo que une al despliegue y movimiento de un actor con el tiempo y espacio en el plano. El elemento clave, generalmente misterioso, que hace que las películas se diferencien de otras artes narrativas como la literatura o el teatro.

    En cambio, uno de los mayores aportes de Truffaut a la revista fue el desarrollo de su teoría sobre “la política de los autores”. A la hora de referirse a los “directores-guionistas”, Truffaut comenzó a utilizar el término auteur, dirigido a los cineastas que lograron generar una expresión personal. Sentó una idea que hasta hoy persiste (aunque también se la refuta) a la hora de entender al director como la mayor fuerza creativa detrás de un largometraje.

    En un número de enero de 1954, Truffaut publicó el ensayo Una cierta tendencia sobre el cine francés. En él, el autor, quien entonces tenía 21 años, arremetió contra la industria cinematográfica de su país, tildándola de perversa e injusta. Con el correr de los años, Truffaut se establecería no solo como un escritor prolífico, sino también como uno de los críticos más severos a la hora de analizar el presente de la cinematografía francesa. Sus opiniones sobre la programación del Festival de Cannes de 1957 hicieron que, un año después, el festival le negara la acreditación. En lo que sería una de las mayores victorias para la pandilla de Cahiers, Truffaut volvería en 1959 para estrenar su ópera prima, Los 400 golpes. Se llevaría la Palma a Mejor director y le abriría el camino a la nouvelle vague.

    Con el posterior éxito de los críticos originales luego convertidos en directores innovadores, la historia de Cahiers du Cinéma solo creó un misticismo exponencial alrededor de ella. Incluso, décadas después, la revista volvería a convertirse en un semillero de artistas gracias a la contratación de André Téchiné, Leos Carax y Olivier Assayas, quienes antes de convertirse en otra camada de directores franceses laureados comenzaron también como críticos de cine de la publicación.

    En mayo de 2020, Cahiers du Cinéma atravesó el sacudón más relevante de su historia reciente. Los 15 periodistas que conformaban el staff de la revista renunciaron al estar en desacuerdo con el perfil que la publicación cobraría tras la venta a un nuevo grupo de propietarios, compuesto por dueños de proveedoras de televisión por cable, cadenas televisivas de noticias y productores de cine. “Los nuevos accionistas plantean un conflicto de intereses inmediato en una revista de crítica”, sentenció el ex consejo editorial en una carta pública.

    Casi un año después, Cahiers du Cinéma continúa, con un personal renovado, y bajo la supervisión del editor y crítico Marcos Uzal. El director aseguró al diario español El País que la revista, que ahora busca construir una mayor presencia digital, también es consciente del lugar que la crítica de cine ocupa actualmente: uno de perfil más bajo, menos asertivo y menos popular ante los consensos generales que predominan, por ejemplo, en las redes sociales.

    De todas formas, para los románticos, como Norma Desmond, el legado de Cahiers du Cinéma sigue acompañado de ese brillo de los años dorados. Será así, al menos, siempre que haya cine sobre el que pensar.

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