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El cuarto largometraje de Damien Chazelle, el director ganador del Oscar por la atrozmente sobrevalorada La La Land, recrea la historia del astronauta Neil Armstrong (1930-2012), héroe insignia de la NASA, ingeniero aeroespacial, piloto, profesor universitario y, además, el primer ser humano que pisó la superficie lunar, autor de la célebre (y nada improvisada) frase: “Es un pequeño paso para un hombre, pero un gran salto para la humanidad”.
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Basado parcialmente en la biografía First Man: The Life of Neil A. Arms-trong, de James R. Hansen, el proyecto tentó a Clint Eastwood, cowboy del espacio, pero finalmente fue para Chazelle, quien para el protagónico convocó a Ryan Gosling, uno de los mejores actores de su generación, con quien ya había trabajado en La La Land. El guion fue escrito por Josh Singer (guionista de Spotlight. En primera plana y del mamarracho El quinto poder), que se centra mayormente en la década de 1960, y sigue el viaje de Armstrong desde sus inicios como recluta en la NASA hasta su participación en el programa espacial Apolo 11, coronado con el famoso alunizaje.
El empaque es muy bonito (impecable la fotografía, la reconstrucción de época, el vestuario) y el comienzo es auspicioso. Arranca con una vertiginosa y realista secuencia de vuelo filmada en planos cerrados y montada con precisión. Chazelle presta atención a los detalles, sonoros y visuales, y la sensación que genera es la de estar ahí dentro y ahí arriba. Lo que sigue es el retrato de Armstrong como hombre de familia, como esposo (de Janet, interpretada por Claire Foy, que apenas tiene espacio para hacer algo), como padre preocupado por la salud de su hija pequeña, Karen, cuya muerte no puede evitar. Se ve a un hombre reservado, que prefiere tragar sus emociones antes que expresarlas. Armstrong es alguien muy inteligente, un trabajador aplicado, decidido, pujante, un individuo al que le gustan los desafíos y que logra salir fortalecido tras enfrentar adversidades. El guion se encarga de subrayar el peso que la muerte de su hija tendrá en la vida y las acciones del astronauta. La muerte es presentada con escenas discretas y sutiles, muy económicas, que con poco dicen mucho. Sin embargo, más adelante, toda esa sutileza va a la basura: por medio de flashbacks, recuerdos o pensamientos de Armstrong, la película insiste, de manera burda, en informar sobre lo duro y doloroso que fue ese hecho. También, cada tanto, notifica sobre las misiones Gemini y Apolo, sobre lo peligrosa, en términos de vidas humanas, que fue la carrera espacial en la que se metió la NASA. Y también, un par de veces, reporta acerca de las críticas que el programa recibió de parte de la comunidad negra.
En un par de momentos se sugiere que son muchas y muy complicadas las operaciones matemáticas que deben resolverse para hacer posible una empresa de estas dimensiones. Sin embargo, la película apenas llega a rozar la superficie de algún indicio de esa complejidad. No se trata de abrumar con números y fórmulas sino de insinuar con imágenes lo que se postula en palabras, como las del presidente Kennedy, cuando dice: “Elegimos ir a la Luna. No porque sea fácil, sino porque es difícil”.
Hay una cantidad de personajes, interpretados por buenos actores, que, como el de su esposa Janet, son puro relleno. No es fácil distinguir quién es quién y qué hace dentro del proyecto. Por ejemplo, Kyle Chandler interpreta al director de operaciones de vuelo de la NASA, aunque podría figurar como Señor que dibuja en un pizarrón la distancia entre la Tierra y la Luna. Corey Stoll, que encarna a Buzz Aldrin, podría ser simplemente El resentido que hace chistes de mal gusto. Otros miembros del elenco pueden identificarse por sus papeles como Uno que se muere en una misión 1, 2 y 3.
El programa Apolo también fue una maniobra política dentro de la competencia entre EE.UU. y URSS por ver qué nación ostentaba el avance tecnológico más grande. La cantidad de tiempo y dinero invertidos en investigación y desarrollo para transportar a seres humanos al satélite natural de la Tierra fue inmensa, pero tuvo repercusiones y alcances que van más allá del programa espacial. La tecnología desarrollada y empleada por la NASA todavía es usada y mejorada en otros ámbitos, desde la medicina y los deportes, desde la arquitectura, la industria textil y la alimenticia. Puede que sí, entonces, ese pequeño paso para el hombre haya sido un salto para la humanidad. Pero Chazelle tampoco le da mucha bolilla. Quiere mostrar el drama íntimo de Armstrong. Es su opción. Pero necesita 140 minutos para hacerlo. Y jamás llega a meterse realmente. Su única carta es ese horrible y trágico acontecimiento, pésimamente manejado, forzado, hecho a pura insistencia.
El primer hombre en la Luna (First Man). EE.UU., 2018. Dirección: Damien Chazelle. Guion: Josh Singer, a partir del libro de James R. Hansen. Con Ryan Gosling, Claire Foy, Jason Clarke, Kyle Chandler, Patrick Fugit, Ciaran Hinds, Ethan Embry, Corey Stoll, Pablo Schreiber. Duración: 141 minutos.