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    Cantar con los ovarios

    Olga Delgrossi, la Dama del Tango: siete décadas en los escenarios

    “No me creo que tengo 83 años y los tengo”, dice Olga Delgrossi, elegante, mientras muestra una artesanía de cristal azul que le regaló un admirador. Lleva un trajecito a rayas con pañuelo al cuello, aros grandes, dorados y las puntas del cabello, como siempre, peinadas hacia afuera. “Los gays me adoran”, comenta, risueña. Se la ve radiante después de la presentación en la sala Hugo Balzo del Sodre el sábado 31 de octubre en el ciclo Grandes solos.

    Olga vive bajo la piel de las señoras del barrio que la sienten cercana, propia. Si alguien comenta en el almacén que la conoce, enseguida una vecina dirá que su mamá se crio con ella en Tacuarembó, mientras otra levantará suspicacias comentando que no, que no tiene 83 años sino 88, porque una vecina iba a la escuela con ella y no pueden llevarse cinco años de diferencia. Otro dato que importa conocer enseguida es que, efectivamente, es la tía del comediante Diego Delgrossi.

    La Dama del Tango tiene grabados más de 250 temas. La música le permitió viajar por Francia, Inglaterra, Canadá, México, Australia y Estados Unidos. Nació el 12 de julio de 1932 en Tacuarembó, un semillero de artistas uruguayos. Con 83 años conserva tanto la voz impecable como su presencia escénica y capacidad para emocionar. Hace poco estuvo en un festival en Bregenz, Austria, donde 1.300 personas la aplaudieron de pie.

    “Gracias al amado Dios”, dice Olga en el escenario y enseguida agradece a su público para comenzar a cantar uno de sus hits: Hasta siempre amor. Le expresa las gracias a Donato Racciatti, con quien hizo tantas giras por América. Con la Balzo llena hasta el tope se toma una pausa para mirar los papeles en el atril: “Voy a seguir con mi ayuda memoria, porque los años no vienen solos”, dice la Dama del Tango, siempre regia, elegante. Canta Vos y yo corazón con voz profunda, remarcando las “rrr” de “sangre roja”, que sale casi en un grito. Vuelve a agradecer a sus “queridos”, que están viendo a “esta chiquilina cantando, con 68 años de carrera encima”. Canta No la quiero más hasta que su voz cimbreante pega y penetra en cada uno de los oyentes. Cuando termina tira besos con la mano. Olga está en su salsa. Es amada. Y ella ama y agradece. Nació para esto que hace, para esto que es.

    Su voz es un don de Dios, lo sabe. “Muchos quieren cantar y no pueden. Vos nacés con ese don y después tenés que irte ayudando. Dios dice: ‘Cuídate que te cuidaré’”.

    Es espontánea y no se guarda nada. Se lamenta porque esta vez no puede caminar por el escenario: se cayó en una actuación anterior al enredarse con un cable. “Me van a tener que aguantar sentadita”, dice a sabiendas de que la aguantarán como sea porque la adoran. Y canta Nada digas y Vieja Viola, acompañada por esta “viola maravillosa”, señalando al músico Luis Esquibel. “Tenemos una gran amistad familiar y es un privilegio acompañar a la Dama del Tango”, dice “Luisito”, como ella lo llama. “Mis hijos aprendieron a querer el tango gracias a Olga Delgrossi”, agrega. Después sonarán Un tango para Eladia, de Eduardo Reyes, que está en la sala. Esa noche en el público se encuentra también Vera Sienra que al final, en el hall, se acerca para saludarla como otros que la tocan, la abrazan y le piden autógrafos. Olga disfruta, se brinda, agradece.

    En el escenario bromea: “Tengo 38 años al revés, nada más”. Y cada tanto le hace un mimo a su divinidad. “Por este don que Dios me dio he podido cantar y viajar recibiendo halagos de este público y de otros lares”. Cuenta que hay gente que le dice que no cante más, pero Olguita responde que el pájaro canta hasta morir y lo hará mientras tenga vida.

    Canta María, y cuando termina se sienta, se toca el pecho y toma un poco de agua: “Qué impresionante, me quedo en un temblor. Me emociono mucho”. Su público le pide los temas de siempre. Ella responde que le dejen hacer el repertorio. Canta Chiquilín de Bachín y Adiós Nonino. “La letra me la hicieron tan grande que son muchas páginas... Porque yo soy tan coqueta que no quiero usar lentes”. Canta Desde el escenario, que es “un tema para todos los artistas”, y el teatro se estremece cuando al final exclama, teatral: “¡Esperaré la muerte desde un escenario!”. Ahí se oyen los “¡Bravo!” y la gente aplaude parada. Cuando le toca el turno a Pasional, otra vez su voz se hace intensa: “¡Temblando de ansiedad, quiero en tus brazos morir!”. No falta Malena y Se nos rompió el amor, de la española Rocío Jurado.

    Los recuerdos se desgranan como motas de polvo en una alfombra: están ahí pero casi no interesan ya. Olga está instalada en ese tiempo eterno, apacible, que puede habitar en las personas que superan los 70 u 80 años.

    Tuvo una niñez feliz en una casa enorme, llena de árboles frutales y flores. Su padre trabajaba en una confitería y su madre era un ama de casa con diez hijos. Cuando llegó a la capital a los 14 años se volvió practicante de la Iglesia Nueva Apostólica (surgida en Alemania en 1863). “Hace 68 años que canto, hace 68 años que soy apostólica”.

    En Montevideo cantaba en las confiterías del momento. De chica recitaba poesía, debutó en la música a los 12 con la orquesta de Malunga Sáenz y ganaba todos los concursos en que participaba. Fue artista de fonoplatea de radio El Espectador. “Cuando llegué de Tacuarembó iba a las radios y me probaban pero no me llamaban, hasta que un día se me dio en El Espectador con las guitarras de Piñón, con el guitarrista Roberto Barry. Empecé a cantar ahí, y me comenzaron a llover ofertas, hasta que entré a Radio Carve, donde no entraba cualquiera”.

    Cuenta que tuvo la suerte de que Nina Miranda se desvinculara de Racciatti. Después, a partir de 1966, integró la talentosa orquesta Los Siete del Tango. Su marido no quería que cantara porque era “muy celoso”, entonces la acompañaba a todos lados. “Él no pudo soportar lo de acostarse tarde y de mañana hacer entrevistas para la radio. Mi hija era chiquita también, entonces nos volvimos a Montevideo”.

    En los escenarios bonaerenses cantó con Los Siete del Tango. “Eran lo máximo para mí, ¡cómo se trabajaba! Empezábamos de tarde y terminábamos de madrugada”. Actuó con estrellas argentinas como Hugo del Carril y Libertad Lamarque. Cuando su hija Silvita era chica, Olga cantaba en un sitio que al lado tenía una confitería donde Goyeneche llevaba a la nena a comprar caramelos. “Él siempre le decía a mi marido: ‘Esta mujer canta con los ovarios”, comenta sonriendo, sin una gota de pedantería.

    Estuvo casada 47 años y pensó que el amor ya no era cosa para ella hasta que Jorge, un admirador persistente y fanático del tango, logró enamorarla. Desde hace cinco años son pareja. “Nos amamos, es un compañero que Dios me mandó: estamos siempre juntitos. Ahora tengo hasta suegra: yo 83 y ella 91 (risas)”.

    A la cantante le gusta cocinar pero últimamente es Jorge quien lo hace, mientras ella se encarga de los tucos. “Siempre fui ama de casa. Cuando vivía en la calle Mataojo, los sábados iba a la feria, con mis ruleros, por el año 62. Había escasez de papas y te daban un kilo, nomás: ¿qué hacías con eso? Nada. Me acerqué al puestero y oí que cantaba ‘Acá otra noche que estoy solo, llorando mi mala estrella’. Yo le dije: ‘¡Qué lindo tango!’ y él respondió: ‘Lo canta la Olguita Delgrossi’. Y yo le dije bien bajito: ‘Yo soy Olga Delgrossi’. Entonces me dio como cuatro kilos de papas por atrás, para que nadie viera”.

    Las tangueras actuales no le interesan demasiado. “Hay muchachas jóvenes que cantan y son autoras también, pero no es mi tango, el tango que yo quiero. Estas chicas son más bien decidoras, no cantan mal pero no se entregan. Yo soy una intérprete, me posesiono, me gusta caminar por el escenario y mirar a los ojos”.

    Olguita tuvo siempre una salud de hierro. “Cuando era jovencita tenía un soplo al corazón y el doctor me decía: ‘Usted no se tiene que entregar tanto’. Nunca me operé de nada, gracias al amado Dios, que me dio esta salud”. Tampoco se hizo nada estético en el rostro: le bastó con consultar. “Mire que no quiero quedar como las argentinas, solo quiero rellenar un poquito acá”, le dijo al médico señalando las líneas de expresión de la boca. Cuando le dijo que tendría que operarse, ella fue tajante: “De ninguna manera”.

    En un momento su popularidad se hizo sentir. Uno de sus grandes éxitos fue Fumando espero, que se escuchó al punto de generar la broma “Murió Olga Delgrossi”, “Ah, ¿de qué?”, “De angina, de tanto fumar”. Se acuerda también de cuando usaban su nombre para vender diarios. En un ómnibus subió un canillita gritando “¡Murió Olga Delgrossi!”. “Allí iba el hijo del cantante Ernesto Restano, que después me llamó, convencido de que yo había muerto. Atiendo el teléfono y me dice: ‘¿Olga? Ay, qué suerte!’”.

    En su apartamento céntrico, Delgrossi comenta que próximamente actuará en Sarandí Grande y en el Banco República. “Siempre estoy trabajando, yo no paro”, dice, como si hiciera falta.