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    Capturar el presente

    Los niños, documental de Maite Alberdi
    Colaborador en la sección de Cultura

    Está Anita. Está Andrés. Y está Ricardo. Y Rodrigo. Y Rita. Y como la película es chilena, ellos son la Anita, el Andrés, el Ricardo, el Rodrigo. Y la Rita, poh. Todos ellos comparten varias actividades y espacios. Por ejemplo, el taller de gastronomía. La Anita, pelo largo, lacio y fino, tiene la mirada cansada, enmarcada entre cejas que parecen unirse en una única línea, los hombros caídos, cuando dice: “Estoy chata del colegio”. Su rostro cambia de repente, se relaja y adopta una serie de expresiones de genuina felicidad cuando ve al Andrés, su novio. Andrés: mirada pícara, de un azul acuático, brillante, una media sonrisa dulce y canchera. La Anita y el Andrés tienen un plan, un sueño, un proyecto: se quieren casar. El Ricardo, ojos desviados detrás de unas gafas de líneas simples, tiene dos trabajos, pero necesita conseguir otro para independizarse. El Rodrigo, pelo canoso y batido, ojos claros y semblante que transmite hastío y malestar, no disimula su odio visceral y por momentos caricaturesco hacia la Rita, que no puede evitar robarse chocolates cuando está a dieta.

    Todos ellos, de entre 40 y 60 años, son algunos de los protagonistas de Los niños, la última película de la documentalista chilena Maite Alberdi, que se exhibe en Pocitos y Sala B del Sodre. A todos ellos los une, además, otra característica en común: tienen síndrome de Down. Desde hace 40 años asisten a la misma escuela, han pasado más tiempo incluso que los propios profesores, han sobrevivido a sus padres y quieren independizarse. Alberdi es autora de un documental genial titulado La once (disponible en Netflix), que acompaña a un grupo de amigas y compañeras de colegio que desde hace 60 años se reúnen una vez al mes para tomar la merienda, y de El salvavidas, otro largometraje más extraño que la ficción, que sigue a Mauricio, quien cree que el mejor en su oficio es el que, como él, nunca se mete al agua para rescatar sino que actúa desde la prevención para evitar que la gente se ahogue.

    La idea de realizar este documental surgió de la relación entre la realizadora y su tía con síndrome de Down, a quien se ve brevemente en La once. “Mi tía está en el contexto de una generación que cuando nació había una expectativa de vida de 25 años”, comenta Alberdi a Búsqueda. “Los criaron de manera muy dependiente. Nadie pensó que llegarían a ser adultos. Llegaron a ser adultos, pero igualmente siguieron siendo infantilizados. Y ni los padres, ni el gobierno, ni el colegio pensaron que iban a llegar a este estado”. De ahí el título escogido, explica. “Es irónico. No son niños, pero siguen viviendo la misma vida que tenían cuando niños a pesar de ser adultos”.

    Lo fascinante del cine de Alberdi no solo es la naturalidad que consigue captar a través de una cámara que se hace invisible, también es notable la forma como destruye estereotipos mostrando las complejidades y las diferencias entre personas que se revelan infinitamente más interesantes de lo que puede suponerse desde la comodidad del prejuicio. Y en Los niños lo logra. El gran tema es: ¿cómo lo hace? “Hay que tener mucha paciencia”, explica la chilena, autora de un muy recomendable corto documental, Yo no soy de aquí, que puede verse en YouTube. “Filmar la realidad es un ejercicio de paciencia. No se puede apurar la realidad. El 50% de mi trabajo consiste en encontrar al personaje. Gasto mucho tiempo y mucha energía en buscar al personaje perfecto. Es como hacer un casting. Y si bien no es lo único, porque después uno se tiene que preocupar del estilo y la forma, si uno encuentra a un personaje al que durante la investigación le pasan cosas, después esas cosas, por más increíbles que sean, le van a volver a pasar. Y uno necesita estar ahí”.

    Alberdi no hace entrevistas. “Yo sigo el presente. Y uno no puede filmar el presente con ansiedad. No hay cambios de un día para el otro. Los cambios son procesos. Por eso creo que lo más importante es elegir bien. Y tener mucha paciencia. Porque hay días en los que no grabo nada, estoy esperando y esperando hasta que pasa algo”.

    En el caso de Los niños, pasar tanto tiempo con los personajes le permitió capturas clave o, como ella prefiere decir, “programar el azar”. “Sabía que la Rita robaba. Era cuestión de poner bien la cámara. Cuando le dicen que está a dieta, era obvio que ella iba a robar chocolates. Entonces tengo que tener el plano listo. Y espero, espero, hasta que la situación se presenta naturalmente”. Lo mismo con Andrés y Anita. “Ellos eran más de acciones concretas y de diálogo, pero uno sabe que lo que interesa es la historia de amor. Eso es lo que estás buscando. Filmás todo lo que tiene que ver con su historia de amor y no otra cosa. No sabía cómo iba a ser el final de Los niños, pensé que iba a tener un final feliz. Para mí era una película de sueños, sobre seguir los sueños, y siempre pensé que mi rodaje iba hacia esos lugares, pero se fue transformando en algo que ni siquiera pensé. Uno sabe que hay dos finales posibles, no hay 10 opciones más”.

    Hay diálogos y situaciones que parecen especialmente recreadas. Ricardo ofreciendo jugo para que lo voten, Rodrigo fastidiado por la presencia de la absorbente Rita, Andrés y Anita en el patio, hablando de sus realidades. “Pasé un mes entero solo con la Rita, un mes entero solo con Ricardo. Y cuando estuve un mes con Andrés y Anita me tocó estar en el momento que tienen esa charla, en el patio. Y eso fue porque los estuve siguiendo y siguiendo”. La charla tiene planos y contraplanos, que es muy raro en un documental, especialmente si la escena no es recreada. Es el registro de una escena muy normal. Y se pudo hacer porque “ellos en la vida hablan muy lento, se demoran mucho. En la película salen hablando fluido porque los editamos. Y como repiten muchas veces lo mismo, es como tener diez tomas para elegir, como en una ficción. Eso permite tener un abanico de planos que no tendrías nunca en un documental tradicional”.

    La directora explica que no les podía pedir nada a ellos que no quisieran hacer. “Si yo les pedía para hablar de esto o aquello, directamente me decían que no, nunca querían. Con la Anita, por ejemplo, cuando escuchó que Andrés quería para su cumpleaños una mujer que saliera de la torta en bikini, ella decidió bailar La chica del bikini azul. Le dije que no podía pagar los derechos musicales a Luis Miguel y que, por lo tanto, no podía poner esa escena. Y ella me decía: ‘Me da lo mismo, es para mi novio, no para tu película’. Bueno, entonces yo no te grabo, le decía yo. ‘No me grabes’, me respondía”.

    En el filme, las personas que no tienen síndrome de Down aparecen fuera de cuadro o desenfocadas.

    “Había soñado con una película con un mundo Down, que uno sintiera la normalidad de ese mundo, que fue lo que sentí con ellos. Ver solo esas caras, de manera que puedas ver sus diferencias. La opción otra vez fue sacar: sacar a los otros y dejar solo el mundo Down como manera de normalizarlo. Aprendí que lo único que tenían en común era que tenían Down. Todos eran muy distintos de otros”. Ricardo es detallista, Rita quiere besos con lengua, Andrés, que es un galancete, no tiene empacho en mostrarse como un machista.

    Otro elemento común en los filmes de Alberdi: el humor. “Es importante identificarse con los personajes desde la risa. A veces el problema del documental es que uno lo entiende desde la seriedad. Los niños es un documental de denuncia, pero no porque sea de denuncia significa que no puedas reírte. Para empatizar con el drama, uno tiene que construir mucho. En la película se muere el padre de un personaje, es una escena importante, pero si yo arranco la película desde ahí, sin conocerla antes, no tengo la cercanía necesaria para identificarme, para que me importe lo que le sucede al personaje. Si parto desde la risa, si lo rodeo de juego, quiero al personaje, y lo que le sucede, me afecta”.

    Hay una escena donde Rita quiere besar más a su novio, incluso empieza a tocarlo de una manera que él se siente incómodo. “Esa escena está en la copia internacional, pero no en la que se vio en Chile. La saqué. Pensé que si la veía su mamá iba a querer sacarla del colegio. Y eso iba a hacerle un daño gigante. Alcancé a sacarla de la copia chilena, aunque no llegué a quitarla de la versión internacional”. Alberdi sacaría esa escena ahora, aunque es importante. “Muestra la evolución del personaje. Y dice más de lo que se ve: que la Rita es absorbente. Y también pone en evidencia un conflicto que se da entre el taller de Adultez Consciente y la realidad que viven en sus casas. El taller busca empoderarlos, pero a veces ellos no logran entender o ni siquiera llegan a querer algunas cosas que el taller pretende brindarles. La escena ilustra esa fricción, muestra que el programa no es para todos, y por lo tanto también muestra que no son todos iguales”.

    Ver Los niños abre los ojos. Lo mismo ocurre con La once. Y con El salvavidas. “Viendo y haciendo documentales aprendí a ejercitar mi tolerancia y mi respeto extremo por la diversidad ideológica y de pensamiento. Creo que he aprendido a querer profundamente a personajes que piensan muy distinto a mí. En mis películas he tratado de transmitir ese cariño por gente con la que uno quizás no hablaría. Es lo que me pasaba, por ejemplo, con las señoras de La once, que son muy fachas, ultraconservadoras. El documental tiene esa gracia: te enfrenta a personas a las que tu realidad no te llevaría a compartir algo con ellas, porque naturalmente uno evita compartir espacios y momentos con gente que piensa distinto. Me ayuda a vencer mis antipatías, a entender por qué piensan como piensan. He podido conocer y entender a ese tipo de personajes a los que no les abrirías la puerta”.

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