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    Carroña de frontera

    Santa Clara es un lugar ficticio, pero tan real como muchos pueblos de frontera. El río marca el límite con Brasil, y su puente es un ida y vuelta de taxis, camiones, peatones. Lo primero que ve un visitante al pisar Jataí es un cartel luminoso que anuncia “o melhor frango do mundo”; lo primero que ve al cruzar a Santa Clara son los carteles de free shops. El problema es lo que no se ve, o lo que no se quiere ver. Eso trata de descubrir Gustavo Larrobla, un periodista de 42 años cascoteado por la mediana edad y los cambios en el periodismo. Trabaja en Posmo, una revista “de tendencias”, que poco tiene que ver con el periodismo que ejercía en los años 90. Pero un día le llega la oportunidad de volver a las crónicas y a la carretera. Así llega a Santa Clara, tras una denuncia de abuso de menores. Todo apunta hacia un ser despreciable llamado Pocho Peralta, pero con los días Larrobla entenderá que ese hombre poderoso es solo un “síntoma” de una realidad colectivamente silenciada. De eso se trata Las niñas de Santa Clara (Aquilina, 2016), del escritor Gabriel Sosa (Montevideo, 1966). Dueño de la editorial Irrupciones, Sosa fue periodista en varios medios de prensa y su última novela recoge algo de su propia experiencia, como lo cuenta en la siguiente entrevista.

    —¿Por qué publicaste esta novela en una editorial argentina?

    —Cuando terminé de escribir esta historia, creo que en 2011, se la envié a editoriales uruguayas y me dijeron que no estaban publicando ficción o, después de un largo silencio, me dijeron que ya habían sacado novelas policiales. Así estuve dos años. Había publicado en Negro Absoluto, una colección de la editorial argentina Aquilina. Entonces le envié la novela al editor y le gustó mucho. Antes había ganado un concurso en España, pero quien lo organizaba quería que se publicara en Buenos Aires y que cediera los derechos por 12 años. Al final terminé renunciando al premio porque era todo muy raro.

    —¿La historia la habías investigado como periodista?

    —La base del libro es una nota que había hecho para el suplemento Qué pasa de El País, sobre una ciudad de frontera. La mayoría de las anécdotas surgen de ahí, pero se mezclan con la ficción y también con personajes que surgen de gente que conocí en otros lugares. La historia podría pasar perfectamente en cualquier lugar de Uruguay. En Qué pasa trabajé cuatro años y me especialicé en hacer notas en el interior, hice bastantes kilómetros. Una de las primeras salidas fue a Cardona a cubrir un caso de una nena de 13 años que se había casado con un muchacho de 21, y la familia le había dado el visto bueno. Pero el tema de la nota no era ese, sino que desde que se había casado, la habían echado de la escuela pública porque distorsionaba a los otros niños. A raíz de esa nota, terminé en el pueblo José Enrique Rodó. Me entrevisté con una suplente de un diputado que me puso al tanto de situaciones escalofriantes que suceden en la zona con menores, y me contactó para hablar con otra gente. A partir de ahí estuve cuatro años tratando de encontrar cómo hacer una nota sobre lo que estaba pasando. Llegué a la conclusión de que no se puede. Te encontrás con gente preocupada por el tema, pero los datos concretos no aparecen y para muchos no pasa nada, lo naturalizan.

    —¿Nunca propusiste hacer esa nota?

    —Sí, a varios medios y nadie la quería hacer. Hace unos años, una ONG brasileña hizo un llamado para financiar investigaciones periodísticas sobre temas relacionados con abuso infantil. Me presenté, pero el premio se lo dieron a una investigación sobre las condiciones de vida de dos abusadores en prisión.

    —En la novela el periodista se enfrenta a una ONG que le impide investigar. ¿Surgió de una experiencia real?

    Es una de las partes literales del libro. Me encontré con un personaje así en una ONG, me bloqueó la puerta y no hubo manera de explicarle que necesitaba hablar con la víctima. Hay dos maneras de enfocar este tema: escrachar a la menor frente a cámaras y arruinarle la vida, como está de moda, o hablar con la víctima y después contar lo que viste y escuchaste. Pero no podés escribir sobre esto por interpósitas personas o por lo que te dice la ONG. En el caso de la nena que se casó con 13 años, hablé con la familia, pero después quise hablar con ella. Fuimos a un bar en Cardona con el marido y la madre. Pedí para sentarme con la nena en una mesa aparte y le pregunté cómo había estado el casamiento. Me dijo que habían venido a Montevideo de luna de miel y que ella no conocía la ciudad. “Lo que más me gustó fue el zoológico”, me dijo. En estas cosas te das cuenta de que no podés contar toda la historia sin escuchar a la protagonista. En esa respuesta apareció la nena de 13 años. No hay que exponerla, ni sacarla con voz distorsionada, pero sí hablar con ella. Las ONG colaboran con tapar todo con la excusa de cuidar la intimidad. No están cuidando nada, en los pueblos lo sabe todo el mundo.

    —¿Por qué le pusiste Santa Clara al pueblo? ¿Quisiste ocultarlo?

    —El que conoce la planta geográfica va a saber qué pueblo es, pero no es una denuncia que apunte a ese lugar en concreto. Puede ser cualquier pueblo de frontera.

    —La conciencia moral de Santa Clara es una periodista radial, ¿te encontraste con esos periodistas?

    —Sí los hay. El interior es un lugar muy raro. En otro pueblo fui a hablar con un edil por la cantidad de prostíbulos. Era una especie de Las Vegas en el centro del país. En un bar, el edil me hablaba de la vida del pueblo, de lo bueno que era para criar a los hijos, de la importancia de la familia, la fiesta de la primavera, la comisión de fomento, todo eso. Mientras tanto, había parado un auto en la puerta y bajaron dos tipos con camisetas apretadas y lentes oscuros. Solo les faltaba la palabra “fiolo” pintada en la frente. Entraron al bar y se sentaron en una mesa detrás del edil. Al rato uno de ellos se fue y volvió con una muchacha y hablaron un rato, después con otra. Mientras pasaba eso a sus espaldas, una evidente selección de mujeres, el edil me seguía hablando de las bondades del pueblo. Tienen una capacidad inmensa para negar la realidad. Sin embargo, encontrás la conciencia moral en personas que tratan de hacer algo y que sufren mucho: alguna asistente social, la suplente de diputado, algún periodista.

    —El protagonista trabaja en una revista “de tendencias”, sin comprender del todo lo que significa el término. ¿Es tu alter ego?

    —He hecho de esas notas sin saber lo que es. Hacía lo que me pedían, podía ser una nota de azulejos y después me enteraba de que era de tendencia.

    —A Larrobla se le ocurre que los sandwiches de galleta de frontera serían motivo de una de esas notas…

    —Para la segunda parte de esta historia planeo que se haya convertido en tendencia. Perfectamente puede serlo.

    —Para el personaje el mejor periodismo se hizo en los 90. ¿Estás de acuerdo con él?

    —Fue una coyuntura interesante de la prensa posdictadura. Surgieron cantidad de semanarios y revistas. Además había plata a rolete, los que trabajamos en aquel momento lo sabemos. Una vez dije que a los que empezamos a trabajar en los 90 nos mintieron. Todos vivíamos en Pocitos, comíamos pasta italiana, nos íbamos a pasear a Europa y pensábamos que íbamos a vivir bárbaro del periodismo. Después llegó el 2000 y todo se empezó a venir abajo. Dudo mucho de que ahora nadie arme una redacción como la de los 90. Posdata tenía 120 páginas semanalmente, una locura. El País mantenía suplementos como El Cultural sin publicidad, por prestigio. Ahora puede llegar a haber más personas formadas, pero no hay dónde puedan expresarlo. En aquella época era más amateur, pero en una cancha más grande.

    —¿Cuál es tu visión del periodismo hoy?

    —En Uruguay hay una crisis de contenido grande. Estamos en uno de los dos semanarios que quedan, y los diarios están decayendo a toda velocidad. Hay poco periodismo puro y duro, y una especie de no dar pie con bola, de creer que lo digital nos va a salvar. Todos los portales que se van abriendo no tienen redacciones, y sin una redacción no se generan contenidos. Las noticias son de un párrafo y medio, el trabajo periodístico está desapareciendo. Les pagan una miseria a estudiantes que levantan noticias, y así es como cada tanto algún medio da por buena una de El Mundo Today (publicación de humor).

    —¿Volverías a trabajar en periodismo?

    —Sí, pero lo que yo hago bien, entre lo mucho que hago mal, son las crónicas, ir al interior y hacer una nota de lo que sea. Pero por lo menos me tienen que pagar los viáticos. No se puede pagar para trabajar. En una revista de tendencias en la que trabajaba, hacía una crónica por mes, pero no tenían plata para viáticos. En un momento hice una nota en Sarandí Grande sobre una chica que era la única gótica del pueblo. Se vestía de negro, se maquillaba y se sentaba en la puerta a ver el campo. Se aburría como una ostra. Tenía un amigo, que era el gay del pueblo, que le sacaba fotos. Hice la nota, pero como no había plata fue por Skype. Después no hubo plata para ir a sacarle fotos, menos mal que el amigo se las sacaba y usamos una de esas. Así no se puede trabajar.

    —¿Cómo es tener una editorial pequeña en Uruguay?

    —Abrí la editorial en 2009 con una perspectiva, pero la situación cambió. Sería razonable sacar 10 o 12 títulos al año, pero ahora saco la mitad, con suerte. Una editorial chica es una especie de hobby del dueño. Me permite vivir y pago mis cuentas, pero es como vivir de la feria.

    —Sin embargo, da la sensación de que cada vez hay más libros uruguayos en el mercado…

    —Es la época dorada de la edición de autor. Pero hoy las ventas de un libro, incluso de autor conocido, no cubren los costos de imprenta. Se publican, pero se venden poco, y tampoco se difunden porque la prensa no da abasto. Las páginas y programas culturales ampliaron su oferta, lo que es comprensible, pero les sacaron espacio a los libros.

    —¿Es cada vez más difícil jugarse por un autor nuevo?

    —En general se publican autores conocidos que permitan subvencionar a los menos conocidos. En mi caso, dejé de publicar por mi cuenta autores nuevos porque siempre daban pérdida. Sin embargo, si pudiera publicaría 50 reediciones por año porque hay material de sobra de gente olvidada para rescatar. Por ejemplo, Antagonistas y protagonistas de Ramón Mérica, un libro de los 70 que tendría que estar no solo en las librerías, sino en las facultades de periodismo.

    —¿Qué autores te sacaste las ganas de publicar?

    —A Suleika Ibáñez. Un libro hermoso del que creo vendí 10 ejemplares. También publiqué Mónica por Mónica, las columnas de Elina Berro. Ese libro se agotó y me permitió financiar el de Suleika.

    —Uno de tus libros se titula Qué difícil es ser de izquierda en estos días. Es de 2004, ¿qué diría hoy esa historia?

    —Fue un título profético, porque en aquel momento no era difícil ser de izquierda. Ahora, entre la falta de autocrítica y la falta de una línea clara, se ha vuelto muy difícil. El personaje que dice esa frase no es muy consciente de lo que está diciendo. Ahora sería tan real que no tendría gracia, casi una historia naturalista.

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