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La historia es más amplia e implica subtramas y flashbacks y digresiones a lo largo de los 10 capítulos que componen la primera temporada de Hunters, pero, básicamente, la nueva serie de Amazon Prime Video transcurre en Nueva York en 1977 y trata sobre un comando de cazadores de los criminales nazis que viven muy plácidamente con sus nombres cambiados en Estados Unidos. El relato comienza con Jonah Heidelbaum (Logan Lerman), quien en la desesperada búsqueda del asesino de su abuela, acaba incorporándose a esta brigada de vengadores (cada uno con una determinada especialidad) comandada por el millonario Meyer Offerman (Al Pacino en plan abuelo amable e implacable). En paralelo, un grupo de fanáticos liderados por la Coronel (Lena Olin) opera con miras a la fundación del IV Reich, y Millie Morris (Jerrika Hinton), agente del FBI que por su condición de mujer y negra no la tiene nada fácil dentro de la agencia, investiga las misteriosas muertes de ancianos inmigrantes alemanes.
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Creada por David Weil y producida por Jordan Peele, director de Nosotros, la serie toma la posta de ficciones como The Hebrew Hammer y Bastardos sin gloria, y pica y tritura y licúa comedia, drama y acción, estética y temática de cine y series clase B y películas grindhouse y exploitation (más precisamente: jewsploitation) y da vida a una narración excitante y atrapante aunque un poco estirada y un tanto desbalanceada. Hunters pasa de lo relativamente sutil a lo más burdo, del desparpajo y el disparate más entusiasta al “vamos a ponernos serios, que tratamos un tema serio”, de la ultraviolencia desmedida (hay un joven nazi exterminador que está pasado) y el humor negrísimo a la corrección política más elemental (el carácter multiétnico de la sociedad secreta cazanazis es un poco mucho). La reconstrucción de época es muy buena, aunque en escena se amontonan tantos guiños pop, tantas alegorías y chistes y referencias a la cultura judía, a la Biblia, el Talmud y la Torá, a los cómics, series y películas, que la mezcla se desborda y acaba siendo cool, naíf y kitsch al mismo tiempo.
Hay algo más. Como si las atrocidades perpetradas por el nazismo no hayan sido lo suficientemente monstruosas, Weil (nieto de una sobreviviente del Holocausto) siente la curiosa e inquietante necesidad de inventarse algunas más que alcanzan un nivel de brutalidad y sadismo insólito, como el angustiante y letal concurso de canto en Buchenwald o la sangrienta partida de ajedrez con piezas humanas degollándose entre sí para el enfermizo divertimiento de un oficial de Auschwitz. De hecho, esta última escena, que se desarrolla en el primer episodio de la serie, le valió a Weil duras críticas de parte del Museo estatal de Auschwitz-Birkenau. Para la institución, “inventar un juego de ajedrez humano falso no solo es peligrosamente tonto y caricaturesco, también abre la puerta a futuros negadores”. Y es que, disparando con granadas y metralletas, Hunters queda inevitablemente expuesta a los efectos del fuego aliado.