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    Cemento y gloria

    El Estadio Centenario, de Alberto Magnone y Mario Romano

    Más allá de ser declarado por la FIFA Monumento Histórico del Fútbol Mundial, de ser el escenario de la primera Copa del Mundo y de la incontable cantidad de gloria allí generada, el Estadio Centenario es, desde hace casi 90 años, uno de los epicentros de la identidad uruguaya. Un sitio que trasciende todas las diferencias sociales y que muchos lo ven como un templo de igualdad republicana y laicidad batllista, según destaca en el prólogo de este libro el historiador Gerardo Caetano.

    El Estadio Centenario. Templo del fútbol, volumen de 255 páginas ($ 990) que acaba de publicar Planeta, es fruto de un encuentro inesperado entre un abogado y un artista. Mario Romano tiene una amplia trayectoria en ámbitos jurídicos, tanto empresariales como deportivos. Desde 2006 se desempeña como presidente de la Comisión Administradora del Field Oficial (CAFO), que administra el Centenario, y como director del Museo del Fútbol allí instalado. Alberto Magnone es un destacado pianista y compositor con más de 40 años de trayectoria, y tiene un reciente antecedente bibliográfico, La cumparsita. El tango universal (Palabra Santa, 2017). La génesis del proyecto es muy sencilla: como buen aficionado al tango, Romano fue a la presentación del libro de Magnone sobre La cumparsita, ya con la idea del libro sobre el estadio en mente. Allí mismo le propuso a Magnone combinar esfuerzos para investigar en la vasta documentación existente en CAFO, en el museo y en otros archivos y bibliotecas. Comenzaron a mediados de 2017 y menos de dos años después el texto entraba a imprenta.

    En ocho capítulos bien diferenciados, el libro va desde la génesis de la construcción, decidida en el célebre Congreso de Barcelona, en 1929, hasta los planes hacia el proyecto del Mundial de 2030. En el capítulo dedicado a la construcción del Stadium Centenario (su denominación original), dirigida por el arquitecto Juan Antonio Scasso, se narra la proeza de levantar las cuatro moles de cemento en menos de un año de trabajo, para erigir “el primer gran estadio de Sudamérica construido de hormigón armado”. Desde la gigantesca remoción de tierras (120.000 metros cúbicos), iniciada el 13 de julio de 1929 —exactamente un año antes del inicio del Mundial—, hasta llegar, a contrarreloj, a la inauguración, el 18 de julio de 1930, con el cemento aún fraguando en algunos sectores.

    “15 de mayo: Scasso dice que en 15 días, trabajando con la mayor intensidad, se podría terminar el terreno de juego para la fecha prevista”, reza una de las decenas de entradas de la cronología de la frenética edificación, que abarca unas 20 páginas, y donde el lector siente cómo la adrenalina fluye por sus venas, de solo imaginar el estrés general al que estuvieron sometidos todos los involucrados, desde los peones de albañilería al mismísimo Jules Rimet. Así se da cuenta de que el 14 de junio “se licitó la venta de almohadillas, caramelos, chocolatines, bebidas, fainá, cigarrillos, productos lácteos y frutas”; que el 27 de junio se produjo un entredicho entre Scasso y la empresa Shaw, que lo acusó de ser “errático en la conducción”; que el 30 de junio los empleados de la dirección técnica de la obra “piden libre acceso al estadio durante el Mundial”; que el 11 de julio, a 48 horas del pitazo inicial, “se generan serias dudas sobre el comienzo del torneo porque el campo aún está húmedo”, por lo que el Comité Organizador trasladó los dos primeros juegos (Francia-México y Estados Unidos-Bélgica) para los estadios de Peñarol y Nacional (Pocitos y Parque Central); y que el 20 de julio, ya con el Mundial en marcha, “Argentina pide que se alambre totalmente la cancha para evitar que el público pueda ingresar en ella”.

    La edición se enriquece con decenas de fotos de la construcción, en su mayoría del archivo de CAFO y del Centro de Fotografía, que años atrás editó el fotolibro El primer Mundial. Fotos de políticos, de dirigentes, de futbolistas, de los anónimos obreros que hicieron posible esta proeza.

    Otro medio centenar de páginas concentran buena parte de la gloria gestada en esa cancha: los cuatro sudamericanos ganados por la selección, los 69 años de invicto celeste por sudamericanos de todas las categorías, las finales de Libertadores e Intercontinental ganadas por Nacional y Peñarol, el Mundialito del 80, los cientos de clásicos allí jugados y la célebre “batalla de Montevideo” que libraron en 1967 Racing de Avellaneda y Celtic de Escocia, con cinco expulsados y dos echados más que rehusaron abandonar la cancha y que les deparó a los argentinos su primer título mundial gracias al legendario zapatazo del Chango Cárdenas.

    También se repasan grandes episodios como los regresos de Zitarrosa y Los Olimareños, en 1984, la visita del papa Juan Pablo II (1988) y los conciertos de Paul McCartney (2012 y 2014) y Los Rolling Stones (2016).

    Al final del libro, los autores aclaran: “Esta no pretende ser una historia exhaustiva del Estadio Centenario”. Queda claro que su intención fue enfocarse en el proceso de su construcción, hermanado con la historia del primer Mundial de la FIFA, y seleccionar los hechos más trascendentes de su historia. Y lo logran a través de una escritura simple, llana y directa, sin pretensiones académicas o historicistas. “No es un libro para eruditos”, agregan. Eso está muy claro. Pero es un buen libro, tan atractivo para futboleros como para quienes no lo son pero sí desean conocer la historia de uno de los sitios neurálgicos del Uruguay moderno.

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