Martín, de 21 años, imaginó cómo sería su salida desde el día en que entró al centro de rehabilitación. “La chacra”, como le dicen los internos, está ubicada a unos kilómetros de Montevideo y fue su hogar por meses. Era la segunda vez que estaba internado por consumo de pasta base. Todos los meses veía cómo sus compañeros se iban en una emotiva ceremonia en la que participan adictos “curados”, familias y los especialistas que los acompañaron en el tratamiento. Les dan una medalla y salen por la calle de pedregullo que rodea la chacra. Sin embargo, su partida tuvo un sabor amargo.
Si bien estaba “desesperado” por ver a su hija y de volver con su pareja, la ceremonia derivó en un encuentro virtual. Era abril y el Covid obligó a cambiar la despedida. Se fue con su hermano en una moto. No podía creerlo, pero los dos estaban de tapabocas. Al llegar, corrió a ver a su hija y pensó que esta vez sí le iba a ganar a esa “mierda”. “No aguanté ni un mes”, dice. No consiguió trabajo ni mejoró el vínculo con su mujer. Y probó un poco, solo un poco, del polvo que lo llevó a volver a internarse. “Me sentí asqueroso, ¿viste? Pero salí y no sabía qué hacer. Y… volví”.
La vuelta fue —y sigue siendo— más dura de lo que esperaba. Es que en los últimos meses los centros de rehabilitación han tenido que adaptar su metodología, sus rutinas y hasta el contacto con el personal para evitar contagios. En algunos casos, las ceremonias de partida, como la de Martín, se continuaron haciendo en la virtualidad. En otros, se suplantaron por los aplausos de los compañeros en el patio y una medalla de reconocimiento a la salida del centro.
El alta de la internación de Jorge, la semana pasada, se postergó por un contacto positivo de Covid que ingresó a un centro (que prefirió no dar su nombre) a través de un funcionario. “Me quedo con los compañeros, son como mis hermanos ya. Tengo mis cigarros, tomamos unos mates… de lejos, eh… y estoy”. Al final, dice, no fue lo más duro. “El adicto tiene un manejo de la frustración diferente; lo hace para aliviar el dolor. De repente tú llamás a pedir ayuda y él busca una mala salida en el consumo”, señala la psicóloga Nancy Alonso, de la Fundación Manantiales, a Búsqueda. “Hay que generar conciencia de que es una enfermedad”, agrega Marianella Correa, psicóloga del centro Aconcagua. Por eso, la incertidumbre y el aislamiento físico se convirtieron en un “enemigo” para la rehabilitación.
“La salud mental es un tema: no podés ser extremista porque las consecuencias son peores. El contexto es complejo y se agudizó con la pandemia”, asegura Correa. “En la rehabilitación, y con el coronavirus, el trabajo fue el doble. Incide tanto el componente de la incertidumbre como de las medidas; el uso del tapabocas, el que no compartieran el mate”, agrega a Búsqueda.
Para adaptarse a las restricciones de la pandemia, los centros de rehabilitación aumentaron la compra de yerba, cigarrillos y tuvieron que actualizar sus propios protocolos. Entre los adictos, por ejemplo, no se puede utilizar alcohol en gel, una de las medidas de cuidado higiénico básicas. “Es una recomendación para centros de salud, pero no pueden tenerlo a su alcance. Hay que insistir en que se laven las manos y usen tapabocas”, indicó el director del centro Izcali, Miguel Hernández, a Búsqueda. “Hay compañeros que se deprimen, no quieren seguir esas reglas. La verdad que hay que estar acá: para nosotros y los funcionarios. Tomamos mucho mate, buscamos cómo calmar la ansiedad”, dice Martín. “No es fácil”.
Cambios
Según datos del Ministerio de Salud Pública (MSP), actualizados en octubre, hay cerca de 40 centros de rehabilitación en trámites para estar abiertos. Cerca de la mitad están ubicados en Montevideo y solo hay nueve que cuentan con la habilitación. Los usuarios del sector público pueden atenderse en el Portal Amarillo, pero también acceden a convenios con centros privados para recuperarse. Si bien no hay un número de camas fijo, el Estado tiene unas 240, mientras que una organización como Remar cuenta con unas 2.300 camas de rehabilitación. La cifra varía y los servicios son diferentes, explican desde el MSP. Y lo mismo repiten en los centros de rehabilitación privados, que no tienen una tendencia ideológica.
En lugares de rehabilitación, como Aconcagua, Manantiales e Izcali, hay modalidades diversas. Los adictos tienen distintos perfiles y pueden continuar terapias internados, en centros diurnos o de forma ambulatoria. Aun cuando están encerrados, tienen la posibilidad de salir, recibir visitas y ver a sus familias. O así podían hacerlo hasta los primeros —y últimos— meses de pandemia. “A mí me mata que no pueda venir acá mi hijo y mi hermano. Me mata. Me mata”, repite un interno, que está en un centro de rehabilitación por consumo de cocaína. “La pandemia nos llevó a un terreno que no conocíamos, pero es una situación difícil y tenemos protocolos exigentes”, dice Hernández, psicólogo y director de Izcali. Hay centros, como Manantiales, que optaron por limitar las visitas quincenales.
En los últimos 10 meses, las reuniones presenciales cambiaron por videollamadas o tardes de Zoom. De esta forma se comunicaron con familiares —con quienes se les permitió tener un contacto más fluido que antes—, en talleres y grupos de apoyo. “La verdad es que la tecnología nos ayudó; fue una herramienta que nos permitió seguir”, afirma Hernández. “Y nos dejó adaptarnos, sin perder el contacto y mantenernos cerca, en tiempos difíciles”, agrega Martín Gedanke,director de Aconcagua. El control de los pacientes ambulatorios, que van a los centros diurnos o que solían ir una vez por semana a las oficinas centrales para seguir el control, hablar con la terapeuta o reencontrarse con sus compañeros fue posible a través de Internet. “Los tratamientos buscan que aprendan a vivir con circunstancias que no pueden cambiar y aliviarse en vez de negarlo. Por eso es importante la tecnología y seguir conectados. Que la frustración no caiga en una droga o en alcohol, que expresen sus sentimientos”, añade Alonso. Pero los pacientes, los expertos en adicción y los terapeutas consideran que no es —ni será— lo mismo. Nada reemplaza el contacto humano ni la motivación de ver a tu familia para seguir, concuerdan.
Último mes
En diciembre, la mayoría de los centros coordinó visitas con un listado mínimo y dos personas por cada interno. Al igual que en otros años, las fiestas se pasaron en los centros, las chacras o las casas. Pero con un componente agridulce: las visitas son pocas y las risas casi ni se escuchan. “Nosotros intentamos volver a lo presencial, con protocolos, y con la suerte de que no hubo contagios en el personal”, cuenta Alonso. “Depende de cada uno, pero se los preparó para que entendieran los riesgos y hubo pocas salidas no autorizadas, que requirieron la cuarentena y los hisopados”, agrega.
Sin embargo, el mes no transcurrió de la misma manera en otros centros. A principios de diciembre, una funcionaria de Aconcagua resultó positiva de Covid-19 y siguió un estricto protocolo para evitar que el virus se contagie por el local. “El protocolo se cumplió y se mandó a hacer los hisopados cuanto antes. Hubo que hacer una reestructura y prender las luces para estar alerta. Nos cambió”, explica Gedanke a Búsqueda. El mismo resultado se repitió con un caso positivo en Izcali. “Fue duro”, dice su director, Miguel Hernández.
En las últimas semanas, y tras constatar casos de Covid, hubo centros que corrieron —y así lo dicen— en búsqueda de más cigarrillos y yerba para contener la ansiedad de los pacientes que no podían salir del aislamiento. “Se llama todo el tiempo a una confrontación sana, más que confrontativa. Hay que mostrarles que es real para que lo entiendan. Hay personas que tienen patologías duales y no es solo la adicción, que nosotros definimos como una enfermedad”, indica Correa.
Además de tener un caso positivo, en Izcali hubo usuarios con síntomas que no tenían a dónde ir. “Hay pacientes de ASSE o del interior que no se pueden ir. Puede que vivan en una casa chica con cuatro niños y cuatro adultos y no tengan las condiciones. Tampoco se pueden subir a un ómnibus e ir al interior. Si tenía que hacer la cuarentena por el caso positivo, que sí hubo, se quedaba en un cuarto aislado”, dice.
“Es una población impulsiva. Hay quienes se iban de los centros y después no podían volver (por los protocolos). Hubo de esas situaciones. Pero te permite trabajar con características del consumo para trabajar esa ansiedad y te da más rigidez para tratarlos”, señala Hernández, que también recibe pacientes privados y de la Administración de los Servicios de Salud del Estado (ASSE).
Hay pacientes, como Martina, de 23 años, que tienen una adicción a los psicofármacos pero también convive con una personalidad borderline. Por eso, tiene una gran dificultad para manejar sus emociones, respetar los límites y cuestionar sus impulsos. Ella está siguiendo su tratamiento de forma ambulatoria, pero no es fácil. “Hay días en que no sabemos cómo hacer y por suerte tenemos la compañía del equipo de rehabilitación”, relata su madre Julia. “Es que las personas necesitan salir. Hay que tender un puente: un paciente de 70 años, por ejemplo, que es alcohólico y depresivo, tiene que poder salir aunque sea 30 minutos a caminar. No podemos ser extremistas”, repite Correa.