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Moribunda, Manón intenta bailar pero apenas se mueve. Escapa de sus captores junto a Des Grieux a través de los pantanos de Louisiana. Sus piernas están a punto de claudicar. Bajo ese bosque sombrío la muchacha libera sus últimas fuerzas. Cae y muere en brazos de su gran amor. Es una escena perfecta para el retiro soñado de cualquier bailarina de ballet. “Es tan tremendo ese último acto que te permite comenzar a liberar tu emoción antes del final”, había dicho María Noel Riccetto unos días antes. Tal como anunció en abril, el sábado 28 la mayor figura de la danza uruguaya de la historia, la solista del American Ballet Theatre de Nueva York, la ganadora del Benois de la Danse en el Bolshoi de Moscú, la primera bailarina del Ballet Nacional del Sodre(BNS) durante las últimas siete temporadas, colgó las zapatillas.
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Bajó el telón y comenzó la fiesta. Durante 13 minutos, las 1.900 personas que colmaron la sala (la del 28 fue la primera función de Manón, agotada un mes antes) se rompieron las manos en aplausos a Riccetto. Con su rostro cubierto de lágrimas, la bailarina primero saludó formalmente, como es de rigor. Se abrazó con todos sus compañeros, con su hermana que subió a entregarle un ramo de flores, con el director del BNS, Igor Yebra, con el actual presidente Sodre, Doreen Ibarra, con el próximo, Martín Inthamoussú, y bebió una copa de champán con su gran amigo Julio Bocca, quien la repatrió en 2013 y le aseguró, acertadamente, que volver a Uruguay sería “un gran salto en su carrera”.
Mientras el público seguía aplaudiendo, se sentó, se sacó las zapatillas, destapó una cerveza y tomó un buen trago. Bajo una lluvia de cotillón, reía como una niña. Detrás suyo, la aplaudía todo el personal del BNS y del teatro. Más de 200 personas. Desde un costado, ella dedicaba las palmas a todos ellos.
Lejos del sentimentalismo dramático que abunda en los argumentos de los grandes ballets clásicos, la despedida de Riccetto fue una gran celebración colectiva de un grupo humano que ha llevado la danza a un nivel de popularidad y trascendencia social que hace rato que superó el de la llamada “época de oro del Sodre”.
Hasta hace dos años el gran temor era qué pasaría cuando se marchara Julio Bocca. Y, al mando de Yebra, el ballet siguió a tope, incluso con innovaciones muy saludables como El Quijote del Plata. Así como el argentino se mantuvo siempre cerca, dispuesto a dar una mano, Riccetto estará más cerca aún, al frente de la división Ballet de las Escuelas del Sodre. El desafío ahora estará en el escenario. Talento sobra. Y el público demuestra en cada convocatoria que sigue al firme, dispuesto a seguir rompiéndose las manos.