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    Chancletas en la alfombra roja

    19º Festival Internacional de Cine de Punta del Este

    La cosa comenzó a principios de los 50 en el cine Cantegril. No está nada mal conservar la misma sala y ser el festival de cine más viejo del continente, más allá de la austeridad de esta edición y más allá de los 160.000 dólares con los que contaron los responsables para organizarlo. Fueron siete días de cine. Largó el domingo 21 de febrero con la película brasileña Ausencia, de Chico Teixeira (premiada en Gramado) y finalizó el sábado 27 con Mi amiga del parque, de Ana Katz, con guion escrito por la directora e Inés Bortagaray, recientemente premiado en Sundance.

    Hubo acuerdo entre el jurado y gran parte del público y la crítica: la mejor película resultó la argentina La luz incidente, de Ariel Rotter, una historia levemente misteriosa ambientada en los 60, en blanco y negro. El octogenario Ruy Guerra se llevó el premio a la mejor dirección —subió corriendo al escenario— por Casi memoria y la uruguaya Clever, escrita y dirigida por Federico Borgia y Guillermo Madeiro, obtuvo una mención como mejor ópera prima. Clever es ingeniosa, fresca, realmente graciosa y también punzante. Bien escrita, bien actuada, bien dirigida. Sí, otra más de la escuela Control Z, como si eso fuera un despropósito. También hubo una mención atinada para el fotógrafo Pablo Baiao (Casi memoria), en tanto que los mejores actores fueron Damián Alcázar (La delgada línea amarilla, del mexicano Celso García) y Erica Rivas (La luz incidente).

    Un sosías de Bruce Willis anduvo dando vueltas por allí, con campera y lentes negros. Simpático y muy parecido al actor de Duro de matar, hizo caer a varios incautos en la trampa (“¿Es el verdadero Willis?”). No, muchachos, este es un festival austero. Bruce trucho se sacaba los lentes y lanzaba miraditas cancheras a diestra y siniestra. También estuvo en el festival el fisiculturista Antonio Osta (que fue campeón del mundo en esa disciplina), admirador de Pacino y Stallone, un tipo que debuta en la actuación con Clever y sorprende, a tal punto que no le va en saga a Hugo Piccinini, que compone a un maravilloso instructor de artes marciales reventado.

    La larga y vallada alfombra roja para entrar a la sala dio una nota un tanto disonante; con excepción de Gloria Pires, Dolores Fonzi, nuestro gaucho-spaghetti George Hilton y alguna que otra figura, cualquier despistado que se mandara por allí no desentonaba. Para un festival austero, con gran parte del público en bermudas y chancletas, demasiada alfombra.

    En los primeros tres días las proyecciones fueron poco felices, y en algunos casos bochornosas. En la inauguración, por ejemplo, se invitó a subir al escenario a George Hilton. El tipo agradeció, se emocionó, hizo alguna anécdota y se lo quiso recompensar con un clip que nunca pudo arrancar. Finalmente Hilton se fue a su lugar y el clip, al cuarto o quinto intento apareció en la pantalla con el hombre ya sentado en su butaca. Otro momento vergonzoso ocurrió con la pésima proyección de La patota, del argentino Santiago Mitre. Ruidos estruendosos, desprolijidades varias, luces que se encienden, gente que se fastidia —incluso un miembro del jurado. Y a pesar de todo la película fue la preferida del público.

    Los festivales en Punta del Este tienen el atractivo adicional del propio balneario. Una de las tantas conferencias de prensa se hizo en la atractiva casa del Museo Ralli, que posee una importante colección de obras abstractas, donde destacan las esculturas de Salvador Dalí. Una extraña razón operó para que en este festival casi todas las conferencias de prensa ocurrieran antes de la proyección de la película y no después, con lo cual los periodistas tenían muy poco que preguntar, mientras que los realizadores debían ensayar la incómoda actividad de contar la historia, ubicarla en un género y aportar una intencionalidad o algún tipo de significado a su película. Todos sabemos que los cineastas hablan a través de sus películas y no a partir de, como los críticos de cine.

    En los festivales, además de películas y conferencias de prensa, hay camaradería entre los periodistas, intercambio de vouchers en el mercado negro, after hours en el hotel y también soledad, momentos en los que podés reflexionar sobre las películas que viste o sobre la vida que desencadena la ficción. Tu mundo, por unos pocos días, consiste en una habitación con un baño, lejos de casa. Son otros espacios, otras luces, otros olores.

    También resultan frecuentes las opiniones sobre cómo habría que hacer esto o aquello, a quién habría que traer, con qué película abrir o cerrar el festival. Hay quien cree que cada día debería ser temático. Entonces un día podría estar dedicado a llevar en un velero a todos los periodistas y a las personalidades invitadas a la Isla Gorriti. Imaginen: velero, periodistas, Isla Gorriti, Sharon Stone. Puedo ver los ojitos encendidos de los críticos de cine y sus papilas gustativas en plena actividad.

    En los autobuses que llevaban y traían periodistas e invitados había una señora de la organización que pasaba lista y pedía a los aludidos que levantaran la mano. Esa misma señora también te daba consejos en el preciso instante de hacer una pregunta en una conferencia de prensa, cuando ya tenías el micrófono en la mano: “Module despacio, despacio, con palabras claras, sienta la energía”. Y le pidió a Ruy Guerra que, antes de entrar en la sala donde se llevaría a cabo la conferencia, tirara un habano apagado que el cineasta portaba con todo cariño. El octogenario la mandó a pasear al puerto.

    Una de las funciones que más público convocó fue Nise, el corazón de la locura, de Roberto Berliner, con Gloria Pires como una psiquiatra con buena onda que intenta, mediante laborterapia, acercarse a los pacientes de un psiquiátrico a mediados de los 40. Una especie de Atrapado sin salida a la brasileña, aunque bastante más cándida, con una sólida actuación de Pires, lo más parecido que tuvo el festival a una verdadera estrella cinematográfica.

    Cada vez que paso por el Conrad no puedo evitar una mirada hacia la playa de estacionamiento y decir en voz alta, aunque nadie me escuche: “Allí tocó Dylan”.

    Modesto, austero, con torpezas mayores o menores, con estrellas de verdad o rancias, con o sin alfombra roja, en febrero o en marzo, el Festival Internacional de Cine de Punta del Este se ha vuelto una necesidad, una entidad querible. Capaz que el año que viene vamos a la Gorriti. Y con Sharon Stone.

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