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    Chau, Jeta

    Lunes 30 de julio, cuatro de la tarde. El viento sopla fuerte en Avenida del Libertador. En la Plaza del Entrevero suenan golpes de ton ton, charleston, platillos, bombos y redoblantes. Un baterista le pone ritmo a la tarde, aleja el frío de su cuerpo y se balancea detrás de los parches con una gorra sobre el piso para recibir su merecida paga. Tal vez, un tributo involuntario al maestro que acababa de partir.

    Exactamente 24 horas antes, medio centenar de amigos despedían en silencio a Osvaldo Fattoruso en el panteón de Agadu del Cementerio del Norte. No hubo discursos, ni cámaras, ni micrófonos, ni siquiera un aplauso. Reinó el silencio que deja un músico cuando parte. Estaban su hermano Hugo, su hija argentina, sus sobrinos y su mamá Josefina, de 92 años, quien, sostenida por los suyos, afrontó con entereza un trago amargo para el que, como bien ha dicho el actor Alberto Restuccia, no existen palabras. Las lágrimas incontenibles de Urbano Moraes y de Matías Rada condensaban las de todos.

    Un rato antes, en la sala velatoria, el director nacional de Cultura, Hugo Achugar, lo recordaba como “una figura legendaria que muchos músicos ponen como mérito o referencia en sus currículums, lo cual dice todo”.

    La comunidad musical montevideana estaba allí para saludarlo. Y había músicos de todos los palos: Urbano Moraes, los hermanos Ibarburu, Rubén, Matías y Julieta Rada, Washington Carrasco, Juan Pablo Chapital, Fernando “Lobo” Núñez, Popo Romano, Ángel Atienza, Herman Klang, Jorge Schellemberg, Gerardo Alonso, Ricardo Gómez, Mariana Gerosa, Walter Bordoni, Leonardo Croatto y César Martínez.

    Núñez lo evocaba en voz baja y serena. “El Jeta (su apodo para los íntimos) fue, junto con Roberto Galetti, uno de los que inventaron la forma de tocar el candombe en la batería. Compartimos tantos momentos. Él vivió para tocar. Lo más importante en su vida fue la música, siempre”.

    Es que, más allá de su virtuosismo y su aporte decisivo a la proyección internacional de la música uruguaya, Osvaldo fue un músico extremadamente generoso con lo más valioso que puede dar una persona: su tiempo.

    Una postal que lo pinta de cuerpo entero está impresa en las retinas de quienes han pasado alguna vez por el festival “Jazz a la Calle” de Mercedes. Allí, en los últimos eneros, ya con su enfermedad declarada, estaba al firme con los platos y los palos en su mochila, ensayando a diario con la big band del festival, tocando en la calle con novatos y expertos, dando cátedra en las clínicas y talleres del festival y arrancando ovaciones en cada solo del escenario ubicado a orillas del río Negro.

    Afrontó con valentía y sin autocompasión la enfermedad que le tocó padecer. Tocaba hasta cuando le daban las fuerzas, se internaba, soportaba la quimioterapia, se mejoraba y, apenas podía, estaba tocando de nuevo. De hecho, dos días antes de morir había colgado un aviso en Facebook para retomar las clases. Esa fue su actitud: tocar hasta la última hora.

    Una fuerza que justamente viene de las entrañas, del cuerpo y del espíritu fue la que lo sostuvo en la banqueta el sábado 7 y el domingo 8 en el boliche Paullier y Guaná, cuando, abrigado con una campera deportiva, se despidió de sus amigos en familia. “Fattoruso x 6” se llamó la formación para esta ocasión, en la que fue acompañado por su hermano Hugo, sus sobrinos Francisco, Álex y Luanda y su sobrina nieta Luana. En las sillas estaban los amigos de siempre.

    Aquel domingo fue bravo. Un rato antes de bajar, Osvaldo sufría el embate del dolor. Pero durante la hora y media del concierto, la música fue más poderosa, y pudo disfrutar de la magia del ensamble.

    Comenzó suave, mínimo, pero, en un crescendo implacable, regaló momentos intensos de comunión rítmica con sus socios de toda la vida y estremeció con sus solos descomunales y sutiles a la vez, nunca excesivos, con la elegancia de siempre.

    Esa leve sonrisa que lo acompañó fue fiel reflejo de su vivencia. Presente puro. Esas noches no existieron Los Shakers, ni Opa, ni Nebbia, ni Fito, ni el cáncer, ni su figura demacrada, ni la inminencia de la muerte. Solo sus manos y piernas acariciando los palos, los platos y los cueros. Osvaldo, aquí y ahora.

    Después volvería el espasmo, pero su alma ya estaba de viaje para llenar de swing una nueva morada.

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