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Cine sensible, agridulce, muy bien actuado, con un presupuesto económico y un guion abocetado donde a veces faltan líneas de diálogo que se dejan a la improvisación de los actores. Muchas de estas características pueden serlo del cine independiente norteamericano en general, pero lo son indiscutiblemente de dos producciones de Duplass Brothers que pueden verse en la cartelera de Netflix, ambas bajo la dirección de Alex Lehmann.
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Los hermanos Jay y Mark Duplass son dos cineastas cuarentones que escriben, actúan y dirigen dentro de esa amplia corriente de cine independiente. El calibre de Jay Duplass como guionista y actor pudo apreciarse en la excelente Outside in (EE.UU., 2018), aún disponible en Netflix y que esta página ya comentó.
Las dos películas de esta nota también permiten apreciar la calidad de Mark Duplass como actor y guionista. La primera de ellas es Blue Jay (EE.UU., 2016, 80 minutos), una historia de amor que empieza en el supermercado de un pueblito californiano donde Jim (Mark Duplass) y Amanda (Sarah Paulson) se reencuentran después de varios años sin verse. Desde esa tarde y hasta la mañana siguiente beberán y charlarán sin parar en la casa de Jim, recordando viejos tiempos de cuando eran compañeros de estudio y novios primerizos. La vida los ha separado pero entre las cenizas hay brasas que insisten en arder y secretos que de pronto saldrán a la superficie. Una indiscreción de Amanda disparará un inesperado final de altísima tensión dramática que explica el origen de la reticencia y la vacilación de ambos cuando al comienzo se encuentran. Una notable dirección de actores de Alex Lehmann exprime al máximo el rendimiento de los dos y los hace transitar por una naturalidad a la que contribuye el hecho de que varias líneas de diálogo fueron improvisadas en el momento de la filmación. La impecable fotografía en blanco y negro es también de Lehmann.
El segundo caso es de la más reciente Paddleton (EE.UU., 2019, 89 minutos), coguionada por Lehmann y Mark Duplass y dirigida por el primero. La película comienza, sin anestesia, en el consultorio médico donde una doctora anuncia a su paciente que la tomografía mostró cáncer en el estómago y en el hígado y le aconseja que consulte a un oncólogo. El paciente está acompañado por otro hombre que parece más impactado y desconcertado por la noticia que el propio enfermo. Este es Michael (Mark Duplass), y su acompañante y amigo es Andy (Ray Romano). Ellos son vecinos a un piso de distancia. Juntos hacen pizza, miran películas de Kung Fu, arman puzles, juegan al Trivial y al Paddleton, un juego inventado por ellos que es una especie de frontón contra la parte trasera de la pantalla de un cine al aire libre abandonado; el arte está en que cuando la pelota rebote, caiga adentro de un latón. No hay ningún otro ser humano en la vida de esos dos hombres. Andy sufre algún trastorno leve del espectro autista. No es solo el mejor amigo de Michael sino su único amigo, y viceversa. Andy trabaja en una oficina innominada, Michael en una casa de fotocopias. Llevan una existencia fácil, rutinaria y emocionalmente atrofiada, solo acondicionada por la compañía recíproca. Al decir del propio Lehmann: “Es un territorio emocional que no se explora a menudo, una relación platónica entre inadaptados”.
El espectador se irá internando en ese mundo tan particular y estrecho donde a la perturbadora noticia del cáncer se agregará la corta vida que pronostica el oncólogo y la traumatizante decisión de Michael de practicarse la eutanasia, tarea para la que pide ayuda a su amigo Andy. Las medicinas necesarias para ello, prescriptas por el médico, no se encuentran en cualquier farmacia, ya que muchas hacen cuestión de conciencia y no las venden. La más cercana les queda a seis horas en auto. Eso llevará a los amigos hasta Solvang, California, una pequeña ciudad fundada hace un siglo por ciudadanos daneses. Así, el drama existencial que viven los protagonistas, más la aventura para conseguir las drogas necesarias, transcurre en parte en medio de este poblado que es como la escenografía para un cuento infantil de Han Christian Andersen. Durante todo el metraje, el estilo zen de Michael, un enfermo con gran control de sí, contrasta con la torpeza de Andy en el manejo de sus emociones y de sus acciones. Recién en los momentos finales y en medio de un clímax perturbador, esos estilos se invertirán.
Lehmann logra una película tierna y humorística pese a lo sombrío del camino que transita. Encara el tema de la muerte con una mirada más aplomada que desoladora y al mismo tiempo logra un retrato de la amistad masculina con una rica autenticidad. Es difícil evitar la emoción que despierta ver a esos dos amigos que se cuidan mutuamente en un momento de enorme necesidad. El filme es, además, una vidriera para la exhibición de la descollante actuación de Ray Romano, a la vez sutil, sensible, conmovedora y devastadora.
Igual que en la música de cámara, escrita para pocos instrumentos y casi siempre portadora de una transparencia y profundidad que es más difícil encontrar en la música sinfónica, Blue Jay y Paddleton son ejemplos de cine de cámara: la primera con solo dos protagonistas y la segunda con dos centrales y varios secundarios. Cualquiera de ellas derrocha sencillez y sensibilidad, además de demostrar —en una era de series con interminables episodios y temporadas— que en menos de 90 minutos puede contarse una historia, conquistar y conmover al espectador.