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El cine argentino no se especializa en el film noir, pero este ejemplo basta y sobra para no desear que lo siga haciendo. Dice inspirarse en hechos reales ocurridos en Mar del Plata en los años 90, cuando un asesino serial comenzó a descuartizar prostitutas al mejor (peor) estilo de Jack el Destripador. Un comisario apodado “El Vasco” (Gustavo Garzón), golpeado por la vida y en estado decadente, se encarga de la investigación, ayudado por un periodista policial de esos que meten las narices donde la policía no desearía (Vando Villamil). Junto a ellos, una médica forense (Valentina Bassi) y un vidente ciego y alucinado (Juan Minujín), colaboran hasta donde pueden. Pero los cadáveres se amontonan y la investigación no progresa.
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Porque no se trata de un caso común, y esos asesinatos parecen formar parte de un complejo entramado que involucra a altos jerarcas, uno de los cuales (Rodolfo Ranni) ya se sabe cómo las gasta. Su sola presencia lo delata como corrupto, así nomás. En medio de todo ello, una ciudad invernal y hostil parece bastante alejada de los fulgores turísticos de la alta temporada. La ambientación es un punto fuerte, pero hay algo en la dirección de Gonzalo Calzada que molesta. Y cuando lo que molesta es la propia cámara, ninguna película puede funcionar satisfactoriamente. El temblor continuo de la imagen, que evoca los peores momentos de Lars von Trier, distrae y perturba, lo que es harto desaconsejable en un filme policial. Alguien debería decirle a Calzada que la mejor cámara es la que no se nota, como suelen afirmarlo (y demostrarlo) algunos grandes maestros del cine, desde John Ford hasta Clint Eastwood.
Pero si se soporta ese molesto hándicap, hay cosas para entretenerse, siempre que a uno no le disguste la exposición impúdica de cuerpos mutilados y salvajadas por el estilo. Con semejante planteo, más que cine negro La plegaria del vidente es un filme exhibicionista, con sordidez y palabrotas abundantes para aderezar el plato. Y lo del “vidente” es un decir, porque su papel es bastante menor, por no decir deslucido. Y habría que avisarles a los realizadores que ningún ciego vive en una casa con todas las luces encendidas. ¿En qué estaban pensando?