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    Cínico, monárquico y de gorra verde

    Arte eterno: La conjura de los necios, de John Kennedy Toole, una obra póstuma ganadora del Pulitzer

    Detrás de esta historia hay un escritor con un manuscrito bajo el brazo al que le cerraron varias puertas en la cara. También hay una madre insistente, peleadora, terrible, que encontró a un editor con buen instinto, le dio el manuscrito y logró que se publicara. Lástima que su autor, John Kennedy Toole, nunca se enteró de que su novela había llegado a libro y de que fue un éxito. Se había suicidado varios años antes.

    “Un buen día, empecé a recibir llamadas telefónicas de una señora desconocida. Lo que me proponía esta señora era absurdo. (...) Quería que yo leyera una novela que había escrito su hijo (ya muerto) a principios de la década de los 1960. ¿Y por qué iba a querer yo hacer tal cosa?, le pregunté. Porque es una gran novela, me contestó ella”. Así explica el escritor y editor Walker Percy sus primeros contactos con la tenaz señora Thelma Toole y su primer encuentro en 1976 con La conjura de los necios, cuando era “una copia a papel carbón, apenas legible“.

    A Percy le alcanzó con leer las primeras páginas para darse cuenta de que estaba frente a una novela valiosa, que al comienzo “no era tan mala como para dejarla”, como suelen hacer los editores frente a manuscritos que no valen la pena. A su curiosidad inicial siguió “un prurito de interés” que progresivamente lo llevó hacia la incredulidad: “no era posible que fuera tan buena”. La novela se publicó en 1980 con prólogo de Percy, fue un éxito de ventas y en 1981 obtuvo el Premio Pulitzer de ficción.

    Más que una pluma exquisita, Kennedy Toole tuvo la genialidad de crear un personaje desfachatado, cínico y antisocial, que produce gracia por sus extravagancias y por el grotesco de las situaciones que provoca. Ignatius J. Reilly es uno de esos personajes que atraen por su fealdad y extrañeza, pero que también hace reflexionar sobre las relaciones familiares y sociales. Y cuando se conoce la historia del autor, la novela cobra otra dimensión, y a la risa se le asocia una tristeza lejana, con ecos en las circunstancias en que se escribió y en el destino trágico de su creador.

    Ignatius es un tipo desagradable: tiene treinta años, vive con su madre viuda en un barrio venido a menos de Nueva Orleans y se niega a trabajar. Pero eso no es todo. Obeso y maloliente, usa siempre un gorro verde de cazador, de esos con largas orejeras a los costados, y cuando se lo saca, su pelo luce como un casquete aplastado y grasiento. Suele encerrarse en su cuarto con un “monstruoso camisón de franela” y allí escribe en cuadernos marca Gran Jefe sus ensayos anticapitalistas y sus alabanzas hacia el mundo medieval. Porque Ignatius es un defensor de la Edad Media, por eso toca el laúd, y a veces la trompeta para fastidio de su vecina, la señorita Annie.

    “Mercaderes y charlatanes se hicieron con el control de Europa, llamando a su insidioso evangelio ‘La Ilustración’. El día de la plaga estaba próximo; pero de las cenizas de la humanidad no surgió ningún fénix”, son algunas de las ideas que Ignatius escribe desordenadamente en alguno de sus cuadernos. Para entrar a su habitación, en la que apenas hay lugar para pisar, hay que tener coraje. “Aquí huele a demonios”, dice su madre un día que logra abrir la puerta. “Bueno, ¿qué esperas? El cuerpo humano, cuando está confinado, emite ciertos aromas que tendemos a olvidar en esta época de desodorantes y otras perversiones. (...) Shiller, para escribir, necesitaba en su mesa el aroma de manzanas podridas”, le contesta su hijo, que suele tener problemas gástricos.

    Además de ser un moralista reaccionario, Ignatius se cree un genio y por eso considera que los demás no lo entienden. El mundo para él apesta, y el adjetivo es muy pertinente en esta novela llena de olores, porque considera que ya no hay normas morales. Es necesario volver al modelo de vida medieval controlado por la Iglesia Católica.

    La novela transcurre entre esta “filosofía Ignatius” y el encuentro con seres peculiares que transitan por la Nueva Orleans sesentista, con los que Kennedy Toole elabora una gran parodia social. Y la ciudad misma es otro personaje con sus recovecos y callecitas, con el slang de los negros, con los grandes centros comerciales y bares como el llamado Noche de Alegría, un boliche del barrio francés que algo oculta. Por allí anda el agente Mancuso, un policía insignificante que no puede detener a verdaderos delincuentes, el mediocre profesor universitario Talc, y Myrna Mynkoff, una amiga revolucionaria de Ignatius que le diagnostica que sus problemas se deben a la falta de sexo.

    Finalmente Ignatius debe salir a trabajar y consigue tareas mal remuneradas, como vendedor de salchichas o archivista en una casa de ropas a punto de cerrar. En unas y otras se las ingenia para soliviantar a sus compañeros con proclamas contra los siervos que los explotan.

    “Los Estados Unidos necesitan teología y geometría, necesitan buen gusto y decencia. Sospecho que estamos tambaleándonos al borde del abismo”, escribe Ignatius en su cuaderno, y esa escritura lo va llevando hacia algo muy parecido a la locura.

    La conjura de los necios no es una obra maestra de la narrativa y por momentos la trama decae, incluso su final queda abierto, como si el autor hubiera pensado en una segunda parte. Pero lo más valioso es que su protagonista no se olvida, y por eso se convirtió en un símbolo de todo lo que en algún momento alguien querría haberles gritado a los demás. Ignatius es un adolescente en un cuerpo monstruoso y, salvando las distancias literarias, tiene el mismo odio hacia el mundo adulto que el Holden Caulfield de El guardián entre el centeno, de J. D. Salinger. En Nueva Orleans una escultura lo recuerda en el sitio donde se encontraban los almacenes D. H. Holmes, lugar en el que se inicia la novela.

    “Me niego a ‘mirar hacia arriba’. El optimismo me da náuseas. Es perverso. La posición propia del hombre en el universo, desde la Caída, ha sido la de la miseria y el dolor”, le dice Ignatius a su madre cuando ella le pide que busque trabajo con más entusiasmo. Y allí está la señora Reilly, una ama de casa que arruina a su hijo tanto como la bebida la está arruinando a ella. 

    Y entonces conviene ir hacia la biografía de Toole para conocer a un niño sobreprotegido por su madre, que no lo dejaba jugar en la calle con otros niños. Al joven que escribió La Biblia de neón a los 16 años, una novela que se publicó en 1989 gracias al éxito de La conjura de los necios. También se puede conocer que fue un brillante estudiante y docente de lengua inglesa en varias universidades. Que vendió tamales y trabajó en una fábrica de ropas. Que escribió su novela y se la rechazaron porque “no trataba de nada”. Que se deprimió y comenzó a beber y que a los 31 años, en 1969, decidió suicidarse dentro de su coche, con el gas del tubo de escape. Que dejó una nota de suicidio, pero su madre se encargó de ocultarla y de hacer declaraciones confusas sobre su contenido.

    Las fotografías que quedaron de Kennedy Toole lo muestran serio y prolijo, muy alejado del maloliente Ignatius, de cuyo bigote salían restos de papafritas y de su boca frecuentes eructos. Pero en su interior, Kennedy Toole estaba muy cerca de Ignatius y, tal vez por eso, eligió una frase de Johnathan Swift, otro irreverente, como acápite: “Cuando un verdadero genio aparece en el mundo, lo reconoceréis por este signo: todos los necios se conjuran contra él”.

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