Sobre este objetivo, no quedan dudas. Como uno de sus principales voceros escribió en Clarín: “El Instituto Manuel Dorrego nació de la idea de Pacho O’Donnell y un grupo de escritores del pensamiento nacional... Investigar y divulgar la Historia desde la corriente Nacional, Popular y Federal fue y es nuestra premisa: ser el megáfono de los sin voz”.
Frente a las versiones liberales y marxistas de la historia, de neto corte internacionalista, los miembros del Instituto Dorrego plantean una versión nacional, antiliberal y antimarxista. Según el propio Mario “Pacho” O’Donnell, “la corriente popular, nacional y federalista es la visión peronista de la historia”.
O’Donnell, presidente del nuevo organismo, fue senador peronista, embajador menemista y Secretario de Cultura de la Nación bajo un gobierno radical. Hombre de cintura elástica y excelente olfato político, el psiquiatra, novelista y dramaturgo, galardonado entre otras cosas con la Orden de Isabel La Católica por el rey Juan Carlos de España, es autor de una multitud de obras, algunas de ellas dentro de la serie “La historia argentina que no nos contaron”. También publicó libros con títulos tan sugestivos como “Juan Manuel de Rosas, el maldito de la historia oficial”, “Caudillos federales” y “Che, la vida por un mundo mejor”. Guevara le cayó tan bien que le dedicó un documental: “Che, el hombre, el final”.
Detalle no menor es el tamaño con el cual se ha dotado a la dirección del Instituto Dorrego, compuesta por 33 miembros. Recordemos que el 33, número máximo en la masonería, está representado en las palmeras de la Plaza Independencia de Montevideo, en la expedición de Lavalleja de 1825 y en la declaración de la independencia argentina, pues quienes se reunieron en Tucumán aquel 9 de julio de 1816 eran, oh, extraña coincidencia: ¡33!
Esta corta presentación alcanza para comprender que el verdadero objetivo del Instituto Dorrego es el de producir obras que realcen la bondad de los pobres, la entrega de los héroes federales, la tragedia de los intereses nacionales en su justa pero desigual lucha contra el imperio de turno, la inocencia de los indígenas, la excelencia del elemento autóctono y la perversidad de lo extranjerizante, sea europeo o estadounidense.
El síndrome de “la historia no contada” ha resultado ser una infección a prueba de todo antibiótico, pues lleva décadas enfermando los espíritus de las poblaciones latinoamericanas. Se basa en la idea maniquea de que el mundo es el escenario de una lucha entre el bien y el mal, sin posturas alternativas.
La cosa es entre ellos y nosotros. Por eso, de un lado se pone a las fuerzas del bien, representadas por lo popular, y del otro se pone a las fuerzas del mal, representadas por lo elitista. Es la eterna disputa de “los despojados” contra “los apropiadores”, de los pobres contra los ricos, de los honestos contra los deshonestos, de los humildes contra los arrogantes, de los que valen por lo que son contra los que valen por lo que tienen. Y así hasta agotar stock.
La idea de que hay dos historias (“la contada”, que es la de los malos, y “la no contada”, que es la de los buenos) se ha convertido en un práctico delivery de teorías precocinadas, prontas para consumir e ideal para aquellos que prefieren evitar todo tipo de esfuerzo mental.
Así, se cae con facilidad en el profundo engaño de que si la historia contada es falsa, la no contada es la verdadera. En consecuencia, para saber la verdad basta con tomar un libro de historia tradicional y darlo vuelta. ¿Fulano es ensalzado allí como un prócer? Entonces era un traidor. ¿Mengano es pintado como un pistolero? Entonces era un verdadero héroe popular.
Artigas es, quizás, el mejor ejemplo rioplatense de esa falsa contradicción.
Justamente sobre Artigas ha escrito O’Donnell un interesantísimo libro: “Artigas. La versión popular de la Revolución de Mayo”. Si me viese obligado a emitir un juicio monofrásico sobre éste, no dudaría en decir que se trata de un aporte necesario e interesante, aunque salpicado de grandes manchones.
La obra incluye, y esto es muy bueno, una larga serie de documentos, fragmentos de correspondencia, fechas y sentencias cuyo contenido suele estar ausente en la historiografía tradicional de ambas márgenes del Plata.
Sin embargo, más que un análisis basado en la investigación científica, se trata de un compendio de fuentes dispares. Si se quiere, podemos calificar la obra de “potpourri histórico-biográfico”.
O’Donnell cita esporádicamente a los grandes revisionistas de la historia oficial rioplatense y copia algunas cartas de prominentes actores históricos, limitándose a unir una cita con otra mediante pequeñas frases y comentarios que le dan cuerpo al conjunto y lo mantienen unido, así como el huevo mantiene unida a la masa. Por eso, si bien es generoso en cuanto al material que presenta, el autor es prácticamente nulo en cuanto al estudio del proceso que relata. Falta, y este es uno de los manchones señalados al comienzo, la interpretación de lo que narra. Falta la perspectiva de los hechos enumerados. Falta, y he aquí una falta especialmente grave, la revisión histórica que asegura perseguir: citar a revisionistas no es hacer revisión.
De cualquier manera, a través de los gruesos nubarrones, pasa por momentos el sol. El libro subraya acertadamente algunas cosas que la historiografía tradicional se niega a aceptar. Por ejemplo, que Artigas no fue un prócer uruguayo.
Por experiencia propia, he llegado a la conclusión de que ni la historiografía tradicional ni el pueblo uruguayo, de su presidente para abajo, están dispuestos a reconocer esta traumática idea. Se considera que el país debe tener un héroe máximo, alguien que ondee por sobre todos los héroes secundarios: una especie de Zeus en el Olimpo. Ese héroe máximo tiene que ser suprapartidario. No puede ser blanco o colorado, sino que debe estar libre de divisas.
Artigas cumple con dichos requisitos pero falla rotundamente en el más importante de todos, pues siempre luchó contra la independencia de la Banda Oriental. Es más: todo su proyecto de Patria Grande, por el cual apostó la vida, hacía justamente hincapié en la necesidad de formar una unión federal con el resto de las Provincias Unidas. Basta con leer las Instrucciones del año XIII para noticiarse de ello.
O’Donnell cita una respuesta de Artigas ante las repetidas propuestas de independencia oriental recibidas por parte de Buenos Aires. Con fecha de 9 de julio de 1814, el Protector escribió: “El Gobierno Supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata será reconocido y obedecido en toda la Provincia Oriental del Uruguay, como parte integrante del Estado que ambas componen”.
Casi un año después, Buenos Aires insistió sobre el tema proponiendo un Tratado de Paz y Amistad que establecía la independencia de la Provincia Oriental y el olvido de todo lo pasado. Y Artigas retrucó con su proyecto de Patria Grande: la Banda Oriental no podía ser, bajo ningún concepto, desprendida del conjunto de las Provincias Unidas.
Insisto: el Uruguay independiente era para Artigas una realidad tan desgraciada como la ocupación del territorio por el Imperio español o el portugués. Por eso, la mayor contradicción que podemos encontrar en toda la República es el conjunto formado por la Plaza Independencia de Montevideo con la estatua de Artigas en su centro: violamos cotidianamente la memoria de Artigas al condenarlo a ser lo que no quería.
Esto explica el hecho de que nunca regresase de Paraguay y rechazase las invitaciones que se le hicieron a partir de 1830. “Nunca fue la Banda Oriental menos feliz que en la época de su desgraciada independencia”, escribió.
Pero son argumentos que no muerden en el relato oficial, y si Artigas hubiera dejado un mensaje grabado con su propia voz asegurando su más profundo repudio a la creación de un Estado uruguayo, no se le habría dado crédito: a pesar de su férrea oposición a la independencia de la Provincia Oriental, está condenado a ser el máximo héroe nacional.
También acierta O’Donnell cuando, en su crítica a la oposición porteña al proyecto federal artiguista, señala que Buenos Aires entregó vergonzosamente la Banda Oriental al invasor portugués con el objetivo de eliminar la influencia del Protector.
Artigas se consideraba argentino y oriental, y la dirigencia porteña no sabía qué más ofrecerle para que renegase de su argentinidad. Pero murió considerándose argentino. Para él, las fronteras nacionales eran la mayor negación de su proyecto de Patria Grande.
La colaboración del gobierno porteño con el invasor portugués, alimentada por el deseo de Buenos Aires de liquidar al líder federal y ponerle fin a su influencia intranquilizadora al oeste del río Uruguay, es uno de los temas más molestos para la historiografía tradicional rioplatense, pues si por parte argentina no es edificante saber a qué grado de entreguismo se llegó, ayudando política y materialmente al invasor portugués, por parte uruguaya no se ha considerado pedagógico hablar sobre el apoyo que los invasores luso-brasileños recibieron por parte de los orientales, incluidos Fructuoso Rivera y un suculento séquito de admiradores, servidores y asalariados del Barón Lecor.
Para el final, quisiera detenerme en un tema de sintomática importancia. Me refiero al notable y curioso silencio que mantiene O’Donnell sobre la crucial influencia que el mundo estadounidense tuvo en el pensamiento de Artigas.
Por muy simpática y autóctona que se considere la cuestión, a Artigas no se le ocurrieron las ideas sobre el federalismo mientras tomaba mate bajo un ombú. La libertad de credos y el principio básico de la separación de poderes no le surgieron andando a caballo de una cuchilla a la otra. Tampoco el principio de libertad de comercio, tan sagrado en el mundo anglosajón, fue idea suya o de sus secretarios. Y la compañía de los negros, los zambos y los perros cimarrones de su ejército de reserva no le brindó los elementos necesarios para pensar una estructura federal.
Por el contrario, Don José aprendió todas estas cosas leyendo las traducciones de algunas obras fundamentales del federalismo norteamericano, como por ejemplo las firmadas por Thomas Paine.
Allí estaban las ideas que Artigas copió, en muchos casos literalmente, en su propio programa. Fue en aquellas obras traducidas al castellano que el Protector de los Pueblos Libres leyó las bases de la Declaración de Independencia de Estados Unidos y el contenido de su Constitución federal de 1878, amén de las constituciones de varios estados de la Unión.
Si esa lectura de los textos estadounidenses fue decisiva en el plano ideológico y programático, también la dependencia militar de Artigas hacia Norteamérica tuvo un papel central en su accionar. Sus contactos con el representante consular de EEUU en la región, a través de quien organizó la puesta en marcha de una armada de guerra activa en varios mares y océanos y basada en puertos norteamericanos, con Baltimore como centro neurálgico, están bien documentados.
Las Patentes de Corso emitidas por Artigas y tramitadas por los representantes de EEUU lanzaron al mar docenas de barcos corsarios, los cuales, bajo el pabellón artiguista, atacaron las flotas de Portugal y España ocasionándoles graves pérdidas económicas a ambos. Solamente uno de esos corsarios artiguistas, John Daniels, capturó más de treinta buques enemigos y reunió un botín de unos 200.000 dólares. Otros capitanes estadounidenses al servicio de Artigas fueron David Jewet, Adam Bond, Obadiah Chase y James Barnes.
Pero O’Donnell mantiene el más absoluto silencio sobre todas estas cosas. En su libro, Estados Unidos y los estadounidenses son peor que un agujero negro en el infinito universo, pues no solo no se ven: tampoco se habla de ellos.
Se podría pensar que estamos frente a un grave lapsus del autor. Se podría pensar, como pienso yo, que la fuerte influencia estadounidense en “el primer revolucionario rioplatense”, como O’Donnell define a Artigas, va a contramano del discurso revisionista, popular, nacional y peronista que defiende el Instituto Dorrego.
Para un creyente en esa doctrina, es completamente imposible aceptar que un revolucionario rioplatense, ejemplo brillante de caudillo popular, se hubiese inspirado y apoyado en las ideas y en los hombres del imperio.
Reconocer este hecho sería cometer una herejía imperdonable.
Es así que descubrimos una vez más que “la historia no contada” no se diferencia de la contada y que, como ella, está tan llena de mentiras, de ajustes a medida, de secretos y de intereses partidarios.
Vida Cultural
2012-06-21T00:00:00
2012-06-21T00:00:00