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Para muchos montevideanos, el nombre de Manuel Martínez Carril está vinculado a la época en la que comenzaron a ver buen cine. Miles de socios de Cinemateca Uruguaya hicieron largas colas frente a Estudio 1, la sala de AEBU en Camacuá, aunque soplara fuerte el viento de la Rambla y las butacas no fueran cómodas, para ver algún ciclo de cine europeo que en ningún otro lado se proyectaba. Fueron miles los que escucharon fuera y dentro de la sala de Lorenzo Carnelli su voz grave e inconfundible que anunciaba campañas de socios y promovía el otro cine. El domingo 3 murió Martínez Carril, el hombre que lideró durante 27 años Cinemateca Uruguaya.
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Había nacido en Montevideo en 1938. Fue periodista en “La Mañana” durante siete años (1958-1965), secretario de redacción de “El Popular” e integrante del equipo de radio El Espectador, entre otros medios. También estuvo vinculado a Cine Club del Uruguay y fue presidente de la Asociación de Críticos Cinematográficos. Durante muchos años, la columna de Cinemateca Uruguaya, que él escribía junto con Guillermo Zapiola, se publicó en Búsqueda.
En 1967, Walter Dassori, quien había fundado Cinemateca en 1953, invitó a Luis Elbert y a Martínez Carril, que en ese entonces tenía 29 años, a reorganizar el archivo fílmico y traer nuevos socios a la institución. Con este equipo fue creciendo Cinemateca, donde se exhibían películas de Bergman y Antonioni.
Con el golpe de Estado de 1973, Cinemateca sintió, como toda la sociedad, el rigor de la censura. En esos años, la labor de Martínez Carril para preservar el buen cine fue fundamental. Bajo su dirección, Cinemateca llegó a tener 15.000 socios y siete salas, y a convertirse en un lugar de resistencia cultural. Toda su historia puede leerse en “24 ilusiones por segundo”, un libro de Carlos María Domínguez a propósito de los 60 años que Cinemateca cumplió en 2013. Allí quedó registrada la vida de la institución, con sus momentos de auge y de crisis, que es también la vida de Martínez Carril (ver Búsqueda Nº 1.713).
Entre los años 70 y 80, Cinemateca vivió su época de esplendor, pero con la vuelta a la democracia fue perdiendo socios, sus salas se fueron deteriorando, igual que sus proyecciones cada vez más defectuosas. Comenzaron entonces los conflictos con los funcionarios y las internas complicadas en sus comisiones directivas. En el fuego cruzado estaba Martínez Carril para defender el cine que él creía el mejor, aunque se proyectara con poca luz y mal sonido.
Lideró varias peleas, una de ellas por conseguir financiación para preservar el Archivo de Cinemateca, que contiene unas 20.000 películas, un patrimonio histórico de celuloide muy costoso de mantener. La institución logró varios apoyos del Estado, aunque nunca fueron suficientes. “La tarea básica de una cinemateca es salvar a las películas de su proceso natural de autodestrucción y muerte. Y luego mostrarlas en las mejores condiciones posibles; pero sin películas no hay nada que exhibir”, había dicho Martínez Carril hace pocos meses en una entrevista con la publicación digital “Guía 50”.
Fue docente en la Escuela de Cinematografía de Cinemateca, organizó los festivales de cine que se mantienen desde 1982 hasta la fecha y publicó varios libros, entre ellos “Buñuel”, “Cine norteamericano” (en coautoría) y el más reciente “La batalla de los censores”. Desde hacía unos años se había apartado de la dirección de Cinemateca por problemas de salud, aunque permaneció como director honorífico. De todas formas, su prédica y sus críticas cinematográficas las mantenía en el semanario “Brecha” y a través del boletín mensual de Cinemateca.
El cine lo tuvo como actor fugaz en “La vida útil” (2010), una película de Federico Veiroj que retrata con humor los problemas económicos que atraviesa una cinemateca pequeña. “Encuentre su alma gemela y asóciese al cine”, dice la voz grave de Martínez Carril en esa película. Y muchos espectadores se habrán reído al recordar que en una butaca medio maltrecha tomó de la mano a su alma gemela para ver “la mejor programación de cine de calidad y de autor de todo el mundo”.