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Los muertos en Siria son cientos de miles. En Irak, un grupo fundamentalista (Isis) ha conquistado buena parte del territorio, asesinado a miles de personas, impuesto un califato medieval y crucificado o decapitado a cientos de cristianos. En Internet se pueden ver sus cabezas clavadas en picas. También se pueden ver fusilamientos en masa.
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Boko Haram ha secuestrado y asesinado a miles de personas en Nigeria. En Ucrania, Putin ocupó Crimea, inició una guerra civil y aceptó que un misil matara a más de doscientos pasajeros y tripulantes de un avión civil. Maduro ha asesinado a medio centenar de estudiantes.
Nada de esto conmueve a la opinión pública “progresista”. Pero basta que Israel esté involucrado para que se ponga el grito en el cielo y se ventile un antisemitismo rancio muy al gusto de Hitler y la Inquisición española.
Hace más de cinco años escribí aquí sobre este mismo tema, en ocasión de otro ataque del terrorismo de Hamas y la lógica respuesta de Israel. La columna se llamó “Lágrimas flechadas” y todo su contenido es actual.
Basta con leer el primer párrafo: “El último enfrentamiento armado en la Franja de Gaza actualiza varios problemas fundamentales para la democracia. ¿Qué debe hacer un Estado democrático para proteger a sus ciudadanos de constantes ataques terroristas? ¿Cómo debe actuar un Estado democrático cuando una serie de dictaduras (Irán, Siria, Libia) junto con una larga cadena de bandas terroristas (Al Qaeda, Hermanos musulmanes, Hezbollah, Hamas) tienen como objetivo explícito eliminarlo del mapa? ¿Cómo deben actuar las otras democracias frente a esto? ¿Cuál debe ser la actitud de la opinión pública occidental frente al atropello totalitarista? ¿Cómo se hace para que las masas fanatizadas entiendan que no habrá un Estado palestino mientras sigan persiguiendo la eliminación de Israel?”.
Pasan los años y en América Latina nada se aprende, pues este continente es el paraíso de los idiotas. Un botón de prueba: hace doce años Argentina entró en default. Ahora volvió a entrar en default. Dentro de pocos años volverá a entrar en default. Es algo más que previsible: es automático.
De la misma manera, cada vez que el terrorismo islámico acentúa sus ataques al Estado democrático y republicano israelí, y este defiende a su población, a una gran franja de la población latinoamericana le sale el antisemitismo a flote y repite las mismas atrocidades de las veces anteriores.
El antisemitismo es un rasgo central de la población latinoamericana, heredera fiel de la cultura española. Nos ayuda a entender por qué los musulmanes que gobiernan en Siria pueden masacrar ciudades enteras sin que aquí nadie se moleste, o por qué los millones de musulmanes (hombres, mujeres y niños) asesinados por otros musulmanes en Irak, Irán, Libia, Afganistán, Egipto o donde sea no les quitan el apetito a los uruguayos, argentinos o venezolanos.
Pero basta que Israel se defienda de los constantes ataques terroristas para que “los bien pensantes” salgan a la calle a cantar sus cánticos contra los judíos. Y, sin embargo, el problema de fondo no es religioso. Ni en la mugrienta Montevideo ni en la mugrienta Franja de Gaza ni en la mugrienta Caracas el problema de fondo es religioso.
El problema de fondo es ideológico y está centrado en la lucha a muerte entre la barbarie y la civilización. Para los árabes (sean los energúmenos de Hamas o la familia real de Arabia Saudita o los beduinos analfabetos o los militares argelinos), Israel es un peligro, una provocación y una amenaza.
Israel significa la modernidad, la democracia política, la tolerancia y la racionalidad, la sociedad abierta, la división de poderes, la innovación y el capitalismo, la alternancia en el gobierno, la integración étnica y las mujeres libres. Israel es el futuro arcilloso que los ciudadanos alfareros forman con su accionar cotidiano.
Los árabes y los falsos progresistas latinoamericanos odian todo eso pues son cavernícolas mentales que adoran un mundo irracional y primitivo, basado en la mística y el verticalismo; ovejas que siguen ciegamente a un pastor con manos ensangrentadas.
Por eso mismo, los beduinos latinoamericanos idolatran a un Fidel Castro que lleva 55 años oprimiendo a millones de cubanos, persiguiendo a millones de cubanos, convirtiendo la vida de millones de cubanos en un sufrimiento y una desgracia sin par.
Esta columna tiene muchos finales posibles. Pero como los cinco años que han pasado desde que escribí la otra sobre el mismo tema no han significado cambio alguno en la cabeza de una gruesa franja de latinoamericanos, voy a citar su párrafo final, pues sigue teniendo la misma validez.
“Por eso, por todo eso y por mucho más que es como eso y que va en esa misma dirección, me gustaría agregar una pregunta a mi serie de preguntas iniciales: ¿cómo debe hacer un Estado democrático para defenderse de una opinión pública que se autoproclama democrática y no lo es?”.