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    Clases virtuales en varios liceos quedaron libradas a la voluntad de docentes; algunos redoblaron esfuerzos pero otros “se borraron”

    —Hay profes que en la pandemia se borraron. Algunos mandan tareas y chau, después ni las corrigen. Y otros ni siquiera se conectan...

    El comentario es de una estudiante de Ciclo Básico de un liceo público del Prado, y refiere a su experiencia en la virtualidad a la que ha llevado la pandemia. Habla de la incertidumbre y ansiedad que le genera el hecho de no saber si su profesor finalmente se conectará, si tendrá clases o no. Y que nadie sepa informarle nada. Y así por semanas.

    Su caso no es generalizable, pero tampoco aislado. Desde que se decretó la emergencia sanitaria el trabajo de los docentes fue uno de los que atravesó mayores cambios. Las clases presenciales pasaron de inmediato a la virtualidad y los educadores debieron adaptarse a otras plataformas y tecnologías.

    Y si bien el discurso oficial y experto refiere a que la modalidad de enseñanza “híbrida” —presencial y virtual o mixta— “llegó para quedarse”, el cambio no resultó sencillo para los profesores. Aún no lo es.

    Una de las prácticas docentes que se ven como signo de “falta de compromiso” con la labor educativa es el ausentismo al aula virtual. Varios alumnos, familias y educadores, sobre todo de instituciones públicas, consultados por Búsqueda mencionaron casos de profesores que no dan clases virtuales ni asignan tareas o dan seguimiento al aprendizaje a través de las plataformas.

    ¿Y qué pasa cuando los profesores “se borran”? ¿Qué controles o seguimiento hay para saber quiénes dan clase y quiénes no?

    Jenifer Cherro, directora de Secundaria. Foto: Nicolás Der Agopián / Búsqueda

    Cadena de fallas

    “Hola! Les cuento que con mi hija que estaba en UTU... decidimos que dejaba por este año porque faltaban pila de docentes (no había suplentes) y de los que había pocos daban clase por Zoom. Así que para que no siguiera desmotivada cortó y se dedicó a estudiar otros cursos”. El mensaje es de una madre que integra el grupo Familias Organizadas por el Liceo Público (FOLP), que comunicó a la institución que su hija abandonaría el curso. No obstante, agregó a continuación: “Ayer nos llegó un boletín de calificaciones… Para nuestra sorpresa solo un profesor puso que no asistió a clases… El resto la calificó perfecto y que siguiera así. Tiene notas de 8 y hasta una de 10”.

    “Era para que tengan una idea”, escribió esta madre para graficar lo que puede ser otro caso puntual o bien un síntoma de una desorganización más profunda.

    El tema está en discusión en las direcciones de los liceos como en los centros de UTU y también a nivel de las autoridades educativas.

    Fuentes del Consejo Directivo Central (Codicen) de la Administración Nacional de Educación Pública (ANEP) afirmaron que estas situaciones “desbordaron el sistema durante 2020”, pero aseguraron que “el panorama fue mejorando” con el correr de los meses.

    “Extraoficialmente” el Codicen relevó “muchos casos” de ausentismo virtual docente, informó a Búsqueda el representante del oficialismo en el Codicen, Juan Gabito. Secundaria le ha puesto “especial énfasis al problema”, agravado por profesores que se negaban a usar las libretas digitales. Hoy la ANEP pide colaboración a las familias para corregirlo.

    “Nosotros exhortamos a los padres a que exijan responsabilidad a toda la cadena de mando: desde el profesor de clase al adscripto, del adscripto al coordinador de asignatura y de coordinador al director y al inspector y así hasta el Consejo de Educación Secundaria”, dijo Gabito, al entender que este asunto se debe a “una cadena de fallas”.

    El seguimiento de estas situaciones le corresponde a los inspectores de asignaturas de institutos y liceos, indicó el consejero.

    En una circular aprobada el 21 de abril, el Codicen recordó a las direcciones generales de educación la vigencia de la obligatoriedad para los docentes de mantener el vínculo con sus estudiantes a través de las distintas plataformas digitales que ofrece la administración.

    También reafirmó la obligatoriedad del uso del portafolio digital para el control de las asistencias, planificación y registro de tareas en general, verificado por las direcciones generales de Secundaria y UTU, según la resolución firmada por el titular del Codicen, Robert Silva.

    Pero aun bajo estas condiciones, la regulación no termina de ser clara y se presta a debates y discusiones en las instituciones educativas. No pocos profesores dicen sentirse “superados” por las nuevas plataformas y una dinámica para la que no se han formado. Otros se confiesan “desanimados” o a disgusto con la extensión de la virtualidad.

    “Antes de la pandemia terminabas el horario laboral y te ibas a tu casa, y, aunque siguieras trabajando, cambiabas el ámbito. Pero ahora el límite es mucho más móvil y difuso, perdés contacto con los alumnos y referencias temporales y espaciales”, comentó Leticia, profesora de Matemáticas de un liceo público del Cerro.

    Gremialistas docentes también se han quejado por la sobrecarga laboral que exige el modo de enseñanza virtual y advierten “fatiga” en la tarea. Los docentes “sufren” por las sobreexigencias de la virtualidad y las condiciones del teletrabajo, dijo José Olivera, secretario general de la Federación Nacional de Profesores de Educación Secundaria (Fenapes), y advirtió que el mundo virtual genera hoy un escenario que puede ser “fuente de conflictos”.

    Martín Rebour, gerente de Formación en Plan Ceibal explicó a Búsqueda que esas “resistencias” —a veces generacionales, dijo— afectan al cuerpo docente, justamente porque creen que la formación recibida no los preparó para aprovechar las tecnologías aplicadas a la enseñanza. Actualmente, la formación tecnológica de los educadores “se parece más a un conjunto de disciplinas estancas y compartimentadas”, apuntó el formador de Ceibal, plan que ofrece las plataformas educativas más usadas (CREA, PAM, Matific) entre otras prestaciones del entorno virtual.

    En tanto, para la directora de Secundaria, Jenifer Cherro, “no queda otra que adaptarse a los tiempos”. “Lo que aprendimos de todo esto es que el escenario de educación mixta, de presencialidad y virtualidad, que parecía tan lejano, llegó para quedarse”, sostuvo en una entrevista con Búsqueda a principios de año.

    La jerarca no respondió a las preguntas que esta semana le realizó Búsqueda sobre el problema de los docentes que no dan clases y los controles que realiza Secundaria al respecto. Tampoco respondió el titular del Codicen.

    Durante 2020 en los liceos solo el 63% de los estudiantes logró mantener el contacto con propuestas educativas, y en UTU lo hizo el 59%. Alrededor de la mitad de esos estudiantes no mantuvo contacto virtual fluido (el 56% y el 49%, respectivamente) y el porcentaje cae entre los sectores más pobres. Así, mientras en Secundaria el 61% de los alumnos del quintil más rico recibió clases, solo lo hizo el 28% del más bajo, y en UTU el 55% frente al 44%.

    Estos datos surgen de una encuesta de ANEP a docentes y alumnos presentada la semana pasada al Parlamento junto al proyecto de Rendición de Cuentas.

    Foto: Nicolás Garrido / Búsqueda

    Pegando en la moral

    Un informe de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), que recoge la experiencia de los jóvenes uruguayos en su trayectoria por liceo y UTU, revela los problemas de la falta de continuidad en algunos profesores. El estudio destaca que “el uso de computadora resulta bastante ocasional y supeditado al interés y habilidades digitales de algunos docentes, sobre todo los menores de 50 años” y con un empleo “un poco más frecuente” de otros recursos como los audiovisuales en materias como Historia o Literatura.

    La pandemia “le está pegando en la moral a muchos docentes”, comentó a Búsqueda Laura Rivero, consultora de la división de desarrollo social de la Cepal y coautora del estudio, y remarcó que dependiendo del circuito educativo, público o privado, las diferencias constatadas en la actitud docente ante la clase virtual “son abismales”.

    “Los jóvenes de la educación secundaria pública te dicen que un gran porcentaje de los docentes se borraron, que no tienen clases en muchísimas materias y también hay toda una crítica por la falta de recursos informáticos y digitales”, afirmó.

    En cambio, los alumnos del sector privado alcanzan un ritmo de aprendizaje “similar al de la presencialidad”, porque las experiencias son “netamente diferentes”, por tener un intenso contacto virtual con sus docentes. Dijo que en general “están en las antípodas” de sus colegas del sistema público, donde la enseñanza a distancia está “muy supeditada a la voluntad y compromiso” de cada centro educativo y profesor.

    “No tuve Geografía, no tuve Dibujo, no tuve Historia, o sea, solo la mitad, ponele”, dijo un liceal consultado para el estudio. “Las clases por Zoom fueron pocas, solo con una profe de Idioma Español. El resto mandaba sobre todo tareas, y a veces algún video”, contó otro.

    En el ámbito privado hay problemas, pero son de otro calado, dijo a Búsqueda Vanesa, madre de dos adolescentes que asisten a un colegio de Carrasco. “Muchas veces están sobrecargados con la enorme cantidad de tareas que les envían y además los docentes suben trabajos en horarios ajenos a la clase, lo cual hace que los chicos ingresen varias veces por día a las plataformas, pensando que quizás no llegaron las notificaciones al celular, y les genera un agotamiento mental terrible”.

    Sin embargo, en general los jóvenes que concurren a liceos privados suelen valorar esta opción como un “privilegio”, vinculado a la sostenida concurrencia docente (frente al ausentismo en el sistema público, sea presencial o virtual) y al cuidado y acompañamiento más cercano de las autoridades del centro.

    La madre de una alumna de 14 años que asiste a un liceo público de La Paz, Canelones, dijo a Búsqueda que “hay materias que no se dan en todo el año, y eso en los privados no pasa, porque allí los padres pagan, se quejan y las autoridades responden; en los públicos es distinto, aunque todos paguemos los impuestos”.

    Según esta madre, que también es maestra de una escuela de tiempo completo, su hija solo tuvo una vez por semana clase de Literatura, Historia, Moral y Cívica y Geografía. De las demás asignaturas, como Física o Química, “nada”. Y hay profesores que no responden los mensajes ni corrigen las tareas. “¿Hasta dónde llega la responsabilidad de la dirección en su derecho de poner el límite?”, planteó.

    Juan Gabito, consejero del Codicen. Foto: Nicolás Der Agopián / Búsqueda

    Ensayo y error

    “Acá las direcciones actúan casi como si fueran liceos privados. Hay un seguimiento de la adscripción y coordinación semanal. Los chiquilines se conectan y hacen más de una tarea por asignatura, como Matemática o Idioma Español. Hay propuestas que los motivan, con videos y proyectos, y los docentes se ponen las pilas”, relató a Búsqueda una profesora de Historia que trabaja en liceos de Buceo y Malvín, y tiene experiencia en educación privada.

    Concedió que hay colegas que “echan para atrás, pero ya en lo presencial” y que en este contexto virtual “se aprovechan más”. Pero también, indicó, hay muchos centros educativos públicos que trabajan “muy bien”.

    Un ejemplo de ello es un liceo urbano de la ciudad de Salto que en 2020 tuvo una promoción superior al 90%. La directora, que pidió reserva de nombre, contó su experiencia a Búsqueda: “Ni todos fuimos excelentes ni todos ausentes. Pero hemos aprendido cosas de cuando faltaba un poquito más de control o acompañamiento. Esto es ensayo y error: ¿Cómo hacemos para conectarnos con los chicos? Al final cada cual sabe qué debe hacer. El 90% de mis docentes fueron activos en la virtualidad, mandando tareas, corrigiendo, y pedimos mantener un contacto visual semanal con los alumnos, de al menos 30 o 45 minutos”.

    ¿Qué actores fueron clave para eso? Los adscriptos y los profesores orientadores en informática y tecnología educativa (Poite), que saben qué profesor se conecta y cómo, más el apoyo de los profesores orientadores pedagógicos (POP) y de los asistentes sociales, afirmó.

    Esta directora también valoró la libreta digital como una herramienta interactiva “excelente” para el equipo de gestión. “Allí felicitamos al docente por lo bueno y sugerimos mejoras. No es controlar qué clases dan, es acompañar, siempre con juicios motivadores”, remarcó. “Hemos tenido grupos de 27 alumnos y 25 conectados, ¡un espectáculo!”.

    Ante la consulta de Búsqueda, una decena de profesores del ámbito público y privado reconocieron que sintieron la presión del trabajo virtual, que en la mayoría de los casos les demanda incluso más horas que el presencial. Casi todos señalaron que si bien conocen historias de colegas que se ausentaron con frecuencia de sus clases —la mayoría en instituciones públicas— y que “algunos no hacen prácticamente nada”, este tipo de malas prácticas no se pueden generalizar.

    “Si te tomás en serio la profesión, en este contexto, trabajás mucho más”, reafirmó una docente que trabaja en un liceo de Paysandú. Indicó que las direcciones recomiendan a partir de circulares y resoluciones hacer tareas mixtas, con videoconferencias y ejercicios complementarios. Hay liceos que instruyen dar una clase semanal o cada 15 días, dependiendo de la carga horaria de las materias. Para esta docente, que optó por hacer videoconferencias con más frecuencia, eso “es muy poco para mantener el vínculo” con los alumnos.

    Foto: Nicolás Garrido / Búsqueda

    “Cuanto peor, mejor”

    El debate sobre la responsabilidad del seguimiento de la actividad docente en la virtualidad también ha provocado rispideces entre las autoridades educativas y los sindicatos docentes.

    Gabito, consejero del Codicen, apuntó que las resistencias a la modalidad de enseñanza “híbrida” trascienden lo generacional. “Obviamente, la oposición no es solo por razones generacionales, sino también por motivos sindicales, basados en la idea de que ‘cuanto peor, mejor’”, afirmó.

    El jerarca evocó que desde el principio de la emergencia sanitaria hubo sindicatos que expresaron su “temor” a que la virtualidad sustituya a la presencialidad en el rol del profesor, y “anunciaron que se requerirían menos puestos de trabajo y entonces se perdería el control del ámbito físico de la enseñanza y del ejercicio del gremialismo”. Señaló que estos mensajes fueron difundidos “en comunicados sindicales y en cadenas de WhatsApp de gente vinculada al sindicato”.

    Olivera, secretario general de Fenapes, se defendió acusando a las autoridades de improvisación y falta de respuesta en tiempo y forma ante la continuidad de la emergencia sanitaria: “El propio consejero Gabito reveló en febrero a Búsqueda que las autoridades creían que la pandemia pasaría y que en 2021 se volvería a la normalidad y dijo que por eso demoraron en reaccionar, lo cual demuestra que se actuó tarde y mal”.

    “¿De quién es la culpa cantada de este fracaso? ‘La culpa es de los docentes’, como siempre”, ironizó.

    El sindicalista sostuvo que “la mayoría de los docentes hacen lo que pueden” y también identificó “una situación de fatiga respecto a la virtualidad”. A la vez se refirió a “un estado de miedo generalizado, porque la administración ejerce una presión y un control casi policíaco en las instituciones y hostiga al educador mientras se habla de la autonomía de los centros desde atrás de los escritorios”.

    Entretanto, los alumnos de enseñanza pública que tuvieron un bajo o nulo contacto virtual con sus docentes y los aprendizajes, evalúan que se encuentran en condiciones desfavorables al retornar a la presencialidad que se avecina (proyectada en dos etapas a partir del lunes 12, en 1°, 4° y 6° de liceo y UTU, y el resto de los niveles el lunes 19).

    Muchos padres también están preocupados. “Si nosotros no luchamos por los derechos de nuestros hijos, nadie lo va a hacer”, expresó Teresa, una madre de dos que cursan primaria y dos de secundaria. Dijo que lo más angustiante de la coyuntura educativa no es el caso de sus hijos, que por suerte tienen conectividad y contención emocional, sino el de aquellos que viven en entornos más vulnerables y corren el riesgo de terminar desertando. “Ya hay compañeros de mis hijos que dejaron el liceo. Posiblemente muchos no vuelvan”.

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