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    Claudio Paolillo

    Señor Director:

    Como a muchos compatriotas, la muerte de Claudio Paolillo nos encontró en el interior. Tal vez estar lejos de Montevideo permitió dedicar más tiempo a recrear con el pensamiento lo que significó para el periodismo nacional y para el país.

    Hay dos aspectos esenciales que todos los homenajes y declaraciones efectuadas por personas de las más diversas posiciones políticas y roles sociales han destacado: ser un maestro de periodistas y un paladín de la libertad.

    He leído muchos artículos de Claudio, pero hay uno que quiero destacar, que es cuando analiza el dilema del consumo de la marihuana a partir de la regulación de su producción y comercialización.

    Allí, como lo hace todo ciudadano de bien y con un profundo sentido de defensa de la libertad, desechando la senda fácil de lo políticamente correcto, Claudio sostiene que la libertad del individuo es la regla y la limitación o la prohibición es la excepción.

    Justamente en este último aspecto de la ecuación es donde se juega el destino de la libertad y el futuro de las sociedades y de los seres humanos que la integran.

    Durante un buen tiempo compartimos almuerzos con Claudio y allí había un punto respecto al cual machacaba continuamente porque entendía que un juez era quien debía recoger el mensaje y transmitirlo a la ciudadanía.

    El Estado de derecho es tal en cuanto, repito, la restricción a la libertad es la excepción y debe estar debidamente fundada en principios de legitimidad, proporcionalidad y ser necesaria a una sociedad democrática.

    Su defensa de la libertad de expresión apunta justamente a la aplicación de la concepción de los documentos fundacionales de los derechos humanos, como la Declaración Universal, los Pactos de Naciones Unidas y la Convención Interamericana de Derechos Humanos.

    Siempre insistía en la necesidad, en tiempos de posverdades y en que parece que todo cede a la improvisación, al esnobismo fruto del egoísmo y del hedonismo, de afirmar los principios del Estado de derecho y en el mismo el rol esencial de los jueces.

    Insistía en que hay que hacer un esfuerzo por parte de toda la sociedad política pero también de los jueces, en demostrar al ciudadano de a pie que sin Justicia independiente e imparcial no es posible desarrollarse como ser humano.

    Tratamos de honrar esa concepción en nuestra carrera judicial y hoy sigue siendo nuestro compromiso de vida más allá de los avatares del destino.

    El 31 de diciembre tuvimos este intercambio de WhatsApp: “Querido Claudio, que tengas un muy buen 2018. Arriba la libertad y la esperanza”.

    Su respuesta fue, seguramente con las fuerzas que no le sobraban:

    “¡Arriba! ¡Gran abrazo!”.

    Dr. Ricardo C. Pérez Manrique

    Por la presente quiero hacerle llegar a usted y a todo el colectivo de trabajadores del semanario mi saludo y mi solidaridad por la muerte del querido amigo Claudio Paolillo.

    Sabíamos desde hace algunos meses de la dramática batalla por su vida que estaba librando pero no por eso estábamos preparados para su muerte. Fue su responsabilidad que mantuviéramos alejada esa posibilidad y viva nuestra esperanza.

    Cada ser humano se pone a prueba muchas veces en su vida, pero no hay dudas de que la amenaza de la muerte es el momento más difícil. Y Claudio la enfrentó con una energía, un optimismo, una actitud humana y profesional que debe subrayarse. Comenzó nuevos proyectos, se dedicó hasta que las fuerzas se lo permitieron a la pasión de su vida, el periodismo.

    Un grande del periodismo como Ryszard Kapuscinsky dijo que “para ser periodista hay que ser buena persona ante todo”. Muchas veces en mis años de periodista tuve mis dudas y pensé que la realidad era mucho más compleja. Con Claudio no tengo dudas: fue un buen periodista y una buena persona.

    Hablamos muchas más veces por teléfono a lo largo de los años que los encuentros personales que mantuvimos. Muchos de ellos en mesas redondas que compartimos. Y yo lo leía sistemáticamente, permanentemente.

    Muchas veces no coincidía con sus artículos, hasta rabiaba, pero los leía porque aportaba argumentos, se atrevía a opinar sobre temas complejos y desde una visión seria y fundamentada; me quedaron en el tintero muchas columnas para polemizar con Claudio. También por eso le tengo un gran respeto.

    Era un periodista y una persona con la que valía la pena debatir, porque además de exponer con gran inteligencia sus ideas, su visión del país, tenía una vida avalando esa trayectoria, de jugarse por esas ideas.

    Era un militante consecuente por la prensa libre, por el derecho de los periodistas a la libertad de exponer sus opiniones. Con los años aprendí que esa libertad es la base del periodismo y su valor permanente. El valor de tratar de mostrar la realidad, aunque cada uno pueda tener diversas visiones de esa realidad, lo fundamental es que mostrarla, denunciarla, justificarla, exponerla no sea nunca un acto administrativo o una imposición.

    Esa intermediación entre la realidad y los lectores, donde los periodistas incorporamos nuestra sensibilidad, nuestras experiencias de vida, nuestra cultura y nuestras ideas, es lo que sigue haciendo que el periodismo sea imprescindible y muy necesario en la democracia. Y siga valiendo la pena.

    Con Claudio fuimos amigos y lo reivindico. Ser amigos pensando lo mismo es más fácil; el problema es cuando se asume que tenemos opiniones diferentes. Obviamente que coincidimos en nuestra condición de uruguayos, él nacido aquí, criado aquí, amante de este aquí con todas sus tensiones y problemas y yo, adoptado.

    Me vienen a la memoria las últimas conversaciones telefónicas y las recordaré siempre con cariño y respeto.

    Creía, como muchos, que Claudio podría derrotar esa pérfida enfermedad. Lo que sí estoy seguro es de que derrotó la indiferencia, y se ha integrado a los buenos recuerdos de todos los que lo conocimos.

    Con afecto.

    Esteban Valenti

    Se nos ha ido un periodista de raza, y es muy grande el vacío que su prematura e injusta ausencia deja en todos quienes lo hemos conocido. A su natural inteligencia y a sus genes (heredados de su padre, a quien llegué a conocer y apreciar) aunaba, en sabia mezcla, un lenguaje simple y llano, pero de una insuperable profundidad y claridad conceptual; todo lo que lo convirtiera en un brillante e irremplazable referente del periodismo nacional.

    Han sido muchos sus colegas, o aun sus innumerables y devotos lectores, que se han encargado —en estas mismas páginas, así como en otros medios de comunicación— de resaltar sus singulares virtudes. Por tal razón, solo habré de hacer mención, en estas líneas, a una característica que pude aquilatar personalmente, en toda su cabal dimensión, en una especialísima e injusta situación que debió afrontar: su valentía inclaudicable para decir lo que entendía era su verdad, aun en la coyuntura más adversa.

    Conocí personalmente a Claudio a fines del año 2000. Recomendado por Raúl Ronzoni —su compañero de tantas jornadas en Búsqueda— se presentó una tarde en mi estudio, requiriendo mi asesoramiento profesional. Había sido denunciado penalmente por “difamación e injurias”, por el dueño de cierto medio periodístico, al que no vale siquiera mencionar. Debe sí decirse que el denunciante era, por entonces, un asiduo visitante de las distintas sedes penales, aunque siempre en la condición de demandado, y precisamente por esos mismos delitos contra el honor (juicios de los que, llamativamente, había salido siempre indemne). En esta ocasión, sorpresivamente, había asumido un rol procesal opuesto al habitual.

    El motivo de la denuncia contra Paolillo era un artículo periodístico en el que este —con su habitual dureza y valentía para decir lo que realmente sentía— había salido en defensa de otro excelente periodista de la casa, virulenta y persistentemente denostado por quien ahora lo denunciaba. Ante su lógica y explicable preocupación, por tener que comparecer ante un Juzgado penal, le propuse que recolectara todos los testimonios que avalaran la veracidad de los duros epítetos que le había adjudicado a su oponente, de modo que pudiera ser eximido, legalmente, de la eventual responsabilidad penal (lo que comúnmente se conoce como la “prueba de la verdad”). Ya en el curso de la consiguiente audiencia pública, Claudio realizó un brillante y recordable alegato, sin apearse un centímetro de lo que había dicho con su pluma, desnudando, sin ahorrarse nada, la singular forma de hacer periodismo por parte del denunciante. Al tiempo que se hacían presentes ante la sede, convocados oportunamente por la defensa, una decena de testigos, bien dispuestos a confirmar, narrando sus propias concretas experiencias, la total veracidad de los cargos contenidos en ese tan claro y valiente testimonio. Fue, entonces, ante la inminencia de lo que podía ocurrir, que el denunciante optó por una prudente retirada, desistiendo de la denuncia oportunamente entablada, con la anuencia de la jueza actuante y de nuestro patrocinado, ante el lógico estupor de todos los presentes en la audiencia.

    Desde entonces, al tiempo de disfrutar de sus habituales columnas en el semanario, tuve la dicha de tratarlo personalmente, requiriendo, con frecuencia, su juicio preciso y siempre lapidario, sobre los temas más importantes del quehacer nacional. Asimismo, hace apenas unos meses, pudimos —en el Rotary Club Montevideo, que integro— rendirle un sentido homenaje en vida, distinguiendo su impecable trayectoria periodística (al que, lamentablemente, no estuvo en condiciones de asistir). Ahora que Claudio ya no está entre nosotros, no puedo decir otra cosa que lo que han expresado ya quienes tuvieron la dicha de conocerlo, o simplemente disfrutar de su trabajo: ¡lo extrañaremos por siempre!

    Prof. Dr. Amadeo Ottati

    Por un imperativo de conciencia me uno a la congoja general por la desaparición física de Claudio Paolillo. La sola idea de tener que acostumbrarse a no ver más su pluma en la página editorial ahonda la pena por su ausencia. Rara especie de hombre que se elevó sobre el promedio conocido hasta llegar a la excelencia del pensamiento en el quehacer periodístico, esa que el destino solo reserva a las almas escogidas. Analista que agobiaba con su lógica de hierro y su información completa fue, sobre todo, un empecinado defensor de la libertad de expresión allí donde los autoritarismos de cualquier signo acecharan su manifestación plena. Y así trascendió fronteras.

     En lo personal, una gratitud enorme por tantos años de generosidad en Cartas al Director, la cual se expresó por primera vez ante una que envié, con más ilusión que esperanza, un día de abril de 1996 y que continuó ininterrumpidamente hasta el año pasado. En dos o tres conversaciones telefónicas que tuvimos supe del interés que por mis escritos sentía; honor y halago a la vez. Al caso, en la Cacería del caballero, donde transcribe parte de una carta mía sobre el tema.

    Seguro que lo harán, toca a su colegas de Búsqueda continuar, con la misma pasión de Claudio, la tarea siempre inconclusa de defender la libertad del hombre. Que así sea.

    Dr. Jorge W. Álvarez

    Cuando se detiene una pluma como la de Claudio Paolillo, el periodismo está de duelo. No solo Búsqueda, todos los medios. Deja una herencia que no se mide en dinero, sino en los valores que construyen una sociedad democrática. Provocador —en el mejor sentido— que obligaba a la reflexión. Lejos de los dogmatismos; solidario con colegas y medios acosados por distintos regímenes. Su ausencia es un reto; desafía para que seamos centinelas de la libertad.

    Luis Caputi

    Deseo hacer llegar a la familia del editor, profesor, periodista y escritor Claudio Paolillo y a todos los trabajadores de vuestro semanario mi más sentido pésame ante la pérdida de un hombre ejemplar y líder de un gran equipo. Amplio, plural, demócrata, siempre marcó rectitud en su tarea periodística y yo soy testigo privilegiado por ser permanente solicitante de la sección Cartas al Director y la libertad de expresión en Búsqueda fue absoluta y sin límites.

    Se nos fue una pluma privilegiada y un Hombre con mayúscula (aclaro que no tuve el gusto de conocerlo pero sí fui seguidor de sus opiniones).

    Su legado seremos muchos los que intentaremos honrar…

    QEPD

    Dr. Marcelo Maute Saravia

    CI 1.872.800-8

    Transmito a la Dirección y al personal de Búsqueda mi pesar por la pérdida de un periodista de alto nivel, como lo fue el Sr. Claudio Paolillo. Abrió las páginas del semanario a todas las opiniones, como debiera ser normal en la prensa de nuestro país.

    Silos Piedra Cueva Azpíroz

    A los más que respetables periodistas de Búsqueda:

    Ante la desaparición de Claudio Paolillo, un ejemplar excepcional del periodismo uruguayo, les hago llegar mi más solidario sentimiento de pesar.

    El mejor homenaje a su memoria será continuar con su trayectoria.

    Con todo afecto

    Juan Ángel Miraglia

    Escucho en estas tempranas horas por radio la noticia del fallecimiento del periodista Claudio Paolillo. Quiero expresar mi congoja y estupor (a pesar que conocía  su dolencia y su lucha para enfrentarla), y hago llegar mi solidaridad y condolencias  hacia su familia y al semanario, donde dejan un vacío físico con su desaparición, aunque su espíritu y  convicciones  sobrevolarán siempre con otro tipo de presencia esa Redacción.

    Gabriel Mainero

    CI 779.741-0

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