En Montevideo, hablar de teatro comercial es hablar de comedia y stand up, un circuito bastante reducido de salas y no siempre asociado a la cultura de masas. Por obvias razones demográficas no es un fenómeno de taquilla como Calle Corrientes, la Broadway porteña. No se puede hablar de teatro popular montevideano sin tener en cuenta el carnaval, una manifestación artística y social regida en gran medida por la lógica comercial, que en dos meses mueve más gente que el teatro en todo un año, logra una masiva repercusión en medios y redes, y genera opinión pública, escandaletes incluidos. Pues bien, en plena zafra carnavalera se estrenó en Teatro del Notariado una comedia cuyo protagonista, Christian Font, tiene casi dos décadas de trayectoria carnavalera, en el monólogo humorístico y en la Antimurga BCG. El divorciador, del francés Tristan Petitgirard, (titulada en su versión original Ruptura a domicilio), con dirección de Marcelino Duffau y reparto que completan Leonor Svarcas y Augusto Mazzarelli (viernes y sábado, 21 h; domingo, 20 h), es una clásica comedia de enredos que hace gala de los clichés del género reproducidos desde hace siglos.Tradiciones hay en todos los géneros, y esta puesta las usa a su favor. Un señor que se dedica a poner fin a las parejas a pedido de una de las partes, siente temblar el suelo bajo sus pies cuando debe anunciarle la separación a una mujer (Svarcas) que resulta ser su ex novia. Más allá de los lugares comunes que el género impone —decorados hogareños, personajes que de pronto no ven ni oyen lo que sucede a su lado, gestualidad exacerbada y escenas coreografiadas—, la comedia fluye con ritmo y precisión en los gags; la trama se adentra en senderos imprevistos y estimulantes, en las antípodas de subestimaciones y chistes ramplones que apuntan a los tobillos del espectador.Si bien Font no es un comediante nato, de esos que hacen reír hasta cuando están dormidos, se mueve con seguridad en un registro verbal, gestual y corporal no muy variado, pero con los recursos como para poner al público de su lado. Es cierto que a veces parece repetirse en determinado gesto, pero logra llevar a buen puerto el relato, secundado con oficio por Mazzarelli y Svarcas. A propósito, la diferencia etaria de estos dos intérpretes es de lo más cuestionable del espectáculo. Por lo demás, el trío demuestra que hay trabajo detrás de esta puesta, que no hace alardes pretenciosos y se limita a cumplir con lo que promete.No se puede decir lo mismo de Farsa en el dormitorio, décimo texto del británico Alan Ayckbourn, montado por Jorge Denevi, esta vez en la sala Campodónico de El Galpón. La sucesión de equívocos que tienen lugar en simultáneo en estos tres dormitorios resulta bastante previsible, amén de una evidente disparidad interpretativa: Massimo Tenuta, Alicia Alfonso, Federico Guerra y Mariana Lobo se defienden a puro histrionismo. La pretendida demolición del vínculo de pareja estable como institución social no alcanza el vigor ni la profundidad que se puede esperar teniendo en cuenta los buenos antecedentes de la dupla Ayckbourn-Denevi, como Las conquistas de Norman, con Rogelio Gracia en la piel de un polígamo empedernido, en la misma sala, seis años atrás. Denevi no tiene que demostrarle a nadie su olfato para elegir obras trascendentes. En esta quizá lo traicionó su devoción por un gran autor de comedias, que no estuvo a la altura de su pasado.
