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Cuando Stanley Kubrick filmó Dr. Insólito el asunto no estaba para bromas. Poco tiempo atrás había tenido lugar la crisis de los misiles de Cuba (octubre de 1962) y la guerra nuclear estaba en la mente de todo el mundo. Había gente que construía refugios en el sótano de sus casas, la Guerra Fría no daba tregua y justo cuando estaba fijada la primera exhibición pública del filme, el 22 de noviembre de 1963, tuvo lugar el asesinato en Dallas de John F. Kennedy. Columbia decidió posponer el estreno para fines de enero de 1964 porque había que apurarse antes de que se conociera otro filme también distribuido por Columbia, “Límite de seguridad” (Fail Safe, de Sidney Lumet), que trataba la misma situación, y que recién fue lanzado en setiembre de 1964.
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El origen de Dr. Insólito no era en absoluto una comedia negra. El autor de la novela “Alerta roja”, Peter George, la había hecho muy en serio, proponiendo a un general anticomunista que se vuelve loco y lanza un ataque nuclear contra Moscú sin conocimiento de sus superiores. De paso, bloquea todos los canales de acceso al avión bombardero para que nadie pueda dar una contraorden y de ese modo sella el destino de la humanidad, porque los soviéticos poseen un sistema de defensa que hará estallar otra bomba aún más poderosa y eso provocará reacciones en cadena que terminarán por aniquilar la vida en el planeta. El asunto era tan oscuro que Kubrick pensó que podía convertirlo en una sátira de humor negro, y fue Peter Sellers quien sugirió traer al novelista Terry Southern (1924-1995), cuyo libro “The Magic Christian” le había gustado tanto que luego protagonizó la película homónima en 1969 (aquí se conoció con el horrible título “Un Beatle en el paraíso” porque Ringo Starr actuaba junto a Sellers).
La conversión de un thriller sobre la amenaza nuclear en comedia obligó también a cambiar los nombres de los personajes, todos los cuales tienen un doble sentido. El general de la Fuerza Aérea que desata la hecatombe se llama Jack D. Ripper (Sterling Hayden) y está convencido de que la fluoración de las aguas en los EEUU es un complot soviético para envenenar a la gente. El piloto del bombardero B-52 es un texano de espeso acento y mentalidad cuadrada que se llama T.J. “King” Kong (Slim Pickens), el cual nunca se saca su sombrero Stetson y termina montado en la misma bomba como si estuviera en un rodeo. Quien hace los máximos esfuerzos por romper el bloqueo y dar la contraorden es un oficial británico que se llama Mandrake (Peter Sellers), pero cuando logra encontrar la clave no tiene monedas para poner en el teléfono público, ya que los otros están controlados por Ripper.
Mientras, en la Oficina de Guerra del Pentágono, el presidente Muffley (Peter Sellers otra vez) habla con el premier soviético intentando explicarle que el ataque no es oficial, pero hay un general de alto rango, Buck Turgidson (George C. Scott) que cree que es la oportunidad de dar el primer golpe y liquidar a todos esos “asquerosos comunistas”. Cuando se sabe de la existencia de la “bomba del juicio final”, llaman al Dr. Strangelove (por tercera vez Peter Sellers), un antiguo científico alemán, para que les explique el verdadero potencial del arma. El hombre, en silla de ruedas y con un brazo inútil, también cree que atacar primero es lo mejor, pero su brazo no le obedece y se empecina en hacer el saludo nazi como si fuera un reflejo involuntario. Kubrick creyó que le daría más énfasis a su sátira si le agregaba al título un complemento largo y contundente: “Cómo aprendí a no preocuparme y amar la bomba”. Como “Strangelove” es intraducible (“Amorextraño” no es un nombre aceptable, menos que el alemán “Merkwuerdigliebe”) en castellano se inventó el “Dr. Insólito”, que no quiere decir nada.
Pero la película sí dice muchas cosas. Primeramente el estilo es absolutamente coherente con la propuesta. Nunca se está ante un filme “realista”, ni frente a una comedia graciosa, ni mucho menos se trata de una parodia grotesca. Kubrick ya había empleado un humor soterrado en su película anterior (“Lolita”, sobre Vladimir Nabokov), pero ahora se decide por una comedia negra donde ningún personaje es en sí gracioso, aunque provoque una risa nerviosa (y en algunos casos hasta divertida) porque lo que dicen o hacen es casi siempre delirante. Ripper aparece mayormente tomado de abajo, masticando un enorme cigarro, y su fanático personaje responde a ciertas ideas propagadas en su momento por la ultraderechista John Birch Society, que tenía sus adeptos. Lo realmente gracioso es que esté interpretado por Sterling Hayden, un viejo comunista arrepentido víctima de los tribunales maccarthystas, delator como Elia Kazan y retirado del cine al que vuelve por pedido de Kubrick, que lo había dirigido en “Casta de malditos” (The Killing, 1956).
Peter Sellers era el encargado de hacer reír a sus colegas y hasta al propio Kubrick. Ya había hecho tres papeles en “Lolita” (aunque se tratara del mismo personaje disfrazado) y acá debió hacer cuatro, pero su dificultad en manejar el acento texano de T.J. “King” Kong, más la fractura de un tobillo, le alivió el trabajo. Como presidente se muestra calvo y con acento norteamericano; como Mandrake es un inglés de pura cepa y con una nariz postiza larga y puntiaguda; como Strangelove es una caricatura de pelo blanco rizado, lentes oscuros y espeso acento alemán. Verlo es una diversión aparte, porque George C. Scott es obligado a sobreactuar continuamente, lo mismo que Peter Bull como embajador soviético y Slim Pickens como el alelado piloto del B-52, a quien Kubrick jamás le dijo que estaba filmando una comedia y se tomó todo muy en serio, a su pesar.
Dr. Insólito fue la primera de la trilogía “futurista” de Kubrick, continuada con “2001: Odisea del espacio” (1968) y “Naranja mecánica” (1971). Un futuro nada alentador, lleno de presagios y escepticismo sobre la raza humana. Nunca hizo una película parecida a la otra porque odiaba repetirse. Prefería siempre inventar un estilo visual propio y en definitiva fascinante para cada título de su cada vez más espaciada carrera (trece largometrajes en 46 años). El que utiliza acá comienza por una brillante fotografía en blanco y negro de Gilbert Taylor y unos alucinantes decorados diseñados por Ken Adam, desde el salón de guerra del Pentágono hasta el avión B-52 que tuvo que reconstruir porque la Fuerza Aérea se negó a colaborar luego de leer el libreto. Pero el temor latente a que eso ocurriera se reiteró luego en “Límite de seguridad”: un avión de guerra fuera de control con la orden irrevocable de bombardear el objetivo asignado. Hace 50 años alguien osó tomarse con humor esa temible posibilidad, y lo hizo mediante una obra maestra que supo sugerir cosas terribles y dejarlas suspendidas en el aire con una nostálgica canción final: “Volveremos a encontrarnos, no sé dónde ni cuándo, pero sé que nos encontraremos algún día soleado…”. El impacto que causan las escenas que la acompañan son imposibles de olvidar.