—¿Cómo explica la relación de poder entre civiles y militares?
—Según la teoría de Samuel Huntington, para reducir el poder militar y maximizar el poder civil hay dos formas: el control puede ser subjetivo u objetivo. El control subjetivo es cuando los civiles pretenden maximizar su poder minimizando el militar. Ahí sucede que determinados grupos civiles aprovechan el sector militar para imponer su hegemonía sobre otros grupos civiles. Para eso “civilizan” al sector militar y lo separan de determinados principios esenciales para el profesionalismo, y entonces el militar deja de ser el profesional clásico, pierde parte de sus principios, se politiza y asiste a los grupos civiles hegemónicos. Mientras que el control objetivo supone maximizar el poder civil maximizando el profesionalismo militar, que para Huntington es esencialmente neutral, no interviene en política; ahí el sector militar tiene claro cuáles son sus límites. El profesionalismo militar, que surge en 1808 en Prusia, tiene cierta autonomía, pero jamás se superpone al control civil ni interviene en política.
Fitch dice que en América Latina ni la modernización ni la profesionalización garantizan el control democrático sobre las Fuerzas Armadas. Para David Pion-Berlin, en América Latina los políticos ejercen normalmente un control de bajo costo, porque no tienen incentivos para un control democrático, que es la situación ideal.
—Usted sostiene que entre 2005 y 2010, durante el primer gobierno del Frente Amplio, hubo un intento de control democrático que quedó malogrado o a mitad de camino.
—Sí, quedó detenido. A partir de 2005 el gobierno instrumenta una serie de medidas que empiezan a conducirse hacia un control democrático. Hubo una fuerte voluntad de las autoridades de gobierno democráticamente electas por gobernar las Fuerzas Armadas. Ahí hay un hito clave que es la Ley Marco de Defensa, votada en 2010, un esfuerzo desde el punto de vista normativo. Ahora falta el otro esfuerzo: llevar eso a la práctica, pero la voluntad de la implementación no existió.
—¿Cómo explica eso?
—Sin duda en el 2005 hubo incentivos para cambiar los modelos aplicados desde 1985 (el año de recuperación de la democracia). Esta no es una crítica a los partidos políticos que gobernaron hasta entonces, porque fue un período de transición democrática. Por distintas razones el nuevo gobierno tiene un incentivo para entrar a gobernar a las Fuerzas Armadas: Ley Marco de Defensa, los cargos civiles en el Ministerio de Defensa (antes el director general de Secretaría era un militar, por ejemplo); otro hecho clarísimo fue la destitución del comandante en jefe Carlos Díaz en 2006. Uno puede discrepar con la valoración, si fue una medida exagerada o no, pero fue una señal clara de decir: acá hay un control civil, hay voluntad del Poder Ejecutivo de gobernar las Fuerzas Armadas.
Después hubo un control parcial, porque en sí las Fuerzas Armadas mantuvieron su autonomía tanto en la organización como en la generación de su propia doctrina.
—¿Tiene eso que ver con que no hay especialistas civiles en asuntos militares?
—Ese es un tema clave: no hay civiles preparados. Y lo que pasa en el mundo repercute en Uruguay. Todo esto está estudiado. Si las autoridades civiles quieren ejercer el control democrático, deben tener capacidad de gobierno y de conocimiento militar, con un sentido práctico y técnico. Si los gobiernos no tienen gente realmente preparada en Defensa, son clientes de las Fuerzas Armadas, porque son ellas las que los asesorarán.
'Si las autoridades civiles quieren ejercer el control democrático, deben tener capacidad de gobierno y de conocimiento militar, con un sentido práctico y técnico. Si los gobiernos no tienen gente realmente preparada en Defensa, son clientes de las Fuerzas Armadas, porque son ellas las que los asesorarán'.
—¿Cómo interpreta la relación entre el extinto ministro Eleuterio Fernández Huidobro y el exjefe del Ejército Guido Manini Ríos?
—En 2010 se detuvo la vocación de gobernar las Fuerzas Armadas que había comenzado a transitarse en 2005. Claramente hubo una regresión. Determinados grupos civiles, en especial los tupamaros, buscan acercarse a ciertos sectores militares para lograr sus intereses. Un hito son las palabras del comandante en el sepelio de Fernández Huidobro. Yo con esto no quiero agredir al general Manini, que lo respeto. Pero tengo diferencias en cuanto a su gestión como comandante. El general Manini hace uso de la palabra en el sepelio de un ministro de Defensa, en ejercicio del cargo, como militar en actividad y a nombre de las Fuerzas Armadas. La idea de la patria grande, de los poderes internacionales que nos imponen la agenda llevaron a un hacer y dejar hacer. Y ese dejar hacer se transformó en una autonomía militar.
—¿Qué condiciones se deben dar para que haya control civil sobre el sector militar?
—Una es que haya voluntad de gobernar y otra que haya voluntad de obedecer.
—¿Hubo una alianza entre los Tenientes de Artigas y los tupamaros o el MPP?
—No le puedo afirmar eso. Pero hubo coincidencias.
—Lucía Topolansky, siendo senadora, habló del objetivo del MPP de ganar la mayor cantidad de oficiales.
—Sí. Ahí tiene otro síntoma de control subjetivo. Porque hay una intención de cooptar al sector militar en beneficio de un grupo civil que busca la supremacía sobre otros grupos para llevar adelante su proyecto político.
—Mirado desde la perspectiva que da el tiempo, ¿cómo les fue?
—Creo que eso quedó por el camino, que fue una expresión de deseos. Por la formación de nuestras Fuerzas Armadas no hubiese prosperado.
—¿Se fortalece la posición de Manini expresada en Cabildo Abierto por la forma en que procesó la relación con las Fuerzas Armadas en los últimos dos gobiernos del Frente Amplio?
—En mi opinión, estamos de nuevo en un control parcial de los militares que tienen de vuelta esa autonomía que querían tener y que se las estaban recortando.
—Fue muy comentada la iniciativa de Manini para que el Ejército se involucrara en el tema de los jóvenes que no estudian o trabajan.
—Ahí hay un mensaje político que se basa en una autoasignación del mandato artiguista. Eso también está estudiado y es común en Latinoamérica. Las Fuerzas Armadas se autoasignan roles, porque como tienen cierta autonomía que por falta de incentivos los gobiernos les permiten o porque les conviene dejarlos hacer, desarrollan ese sentimiento de guardianes de los valores, de guardianes de la nación.
Estudié el tema y más en el último tiempo, porque me sentí más preocupado: se autoasignan la defensa de la patria que Artigas soñó, la defensa de los marginados, de los más débiles, los más infelices, solucionar los problemas de la gente. Si ustedes repasan los discursos, verán que son todas cosas que corresponden a las políticas públicas. Son tareas del gobierno legalmente electo, pero no del Ejército. En un país democrático, las Fuerzas Armadas no pueden autoasignarse la defensa de un proyecto nacional artiguista, diciendo que no tenemos que seguir una agenda hecha por los poderes internacionales, que prácticamente nos van a destruir. Es respetable la opinión, lo que no entiendo es que se exprese desde el cargo de comandante. En 2006, al comandante Díaz lo relevaron. A la primera, afuera.
—El actual ministro de Defensa, José Bayardi, dice que se tenía que haber tomado esa medida hacía tiempo con Manini.
—Esa es una opinión de él. Pero no lo hicieron. Si uno lee esos discursos desde 2015 en adelante, hay una plataforma política que es fundada desde el ideario artiguista desde el punto de vista del comandante. Es algo que podemos discutir en una reunión política y ahora Manini como candidato lo hace legítimamente, pero no corresponde como comandante.
—La Fuerza Aérea y la Armada no acompañaron.
—Hablo de las Fuerzas Armadas porque los teóricos lo hacen, pero es cierto que las demás fuerzas no incursionaron, aunque gozaron de la misma autonomía. Manini sí lo hizo, se apartó del profesionalismo y vulneró la institucionalidad y al vulnerar la institucionalidad dañó a las Fuerzas Armadas. Esa es mi opinión, más allá del respeto que me merece.
—¿Usted percibió que los generales se lo hicieron ver?
—No lo sé. No corresponde que hubiera habido señales públicas de los generales. No sé si lo hicieron en privado, pero no debería saberlo tampoco, porque si no, es un desorden. Quienes deberían haber corregido eso son las autoridades civiles democráticamente electas. Por qué no lo hicieron, no lo puedo valorar. Me imagino que habrán hecho una valoración o hubo incentivos para que no lo hicieran. La autonomía ya venía. La ley de retiro y la ley orgánica lo que hicieron fue polarizar las posiciones, la relación civil-militar. ¿Por qué se polarizó?
'En 2010 se detuvo la vocación de gobernar las Fuerzas Armadas que había comenzado a transitarse en 2005. Claramente hubo una regresión. Determinados grupos civiles, en especial los tupamaros, buscan acercarse a ciertos sectores militares para lograr sus intereses. Un hito son las palabras del comandante en el sepelio de Fernández Huidobro'.
—Una explicación es porque las iniciativas tocaron el bolsillo.
Sí, pero hay otros canales, porque la relación civil-militar tiene los canales formales e informales, pero fueron discusiones públicas a través de la prensa. Cuando se polariza la relación civil-militar y cuando estos pierden la confianza en las autoridades normalmente surgen liderazgos militares que, en general, tienen vocación política. Cuando todo se polariza demasiado, ese clima enrarecido, de falta de confianza, de falta de credibilidad, que para mí es lo más preocupante hoy, se propicia el surgimiento de líderes sin el profesionalismo militar neutro, que no quiere decir apolítico, sino que aparecen líderes que son más políticos, más caudillos, que buscan el poder como fin en sí mismo. Cuando surgen esos liderazgos, la sociedad tiende a pensar que ese es el pensamiento unánime de los militares. Eso está estudiado. Aunque nosotros creamos que es algo original, no es tan original.
Por eso escribí la carta, es para decir: no todos los militares pueden pensar igual que esa persona que, no digo aprovechó, pero digamos que se potenció su veta política en ese ambiente de crispación entre las autoridades civiles y militares.
—¿El tema del Tribunal de Honor a los oficiales Gavazzo y Silveira contribuyó a eso?
—Ese es un tema sobre el cual no tengo suficiente información como para opinar con seriedad. Saldrá o no cuando termine el proceso judicial. Lo que sí creo es que la crispación es tremendamente nociva y peligrosa para la consolidación democrática. Seguimos en un período de transición hasta que no tengamos Fuerzas Armadas con profesionalismo militar. Pero si quiero militares profesionales y neutros, tengo que darles las condiciones.
Cuando la fuerza se politiza y a través de su comandante exterioriza una plataforma política, no se está respetando la diversidad ideológica que existe y esa es otra de mis preocupaciones. Si digo que tengo un proyecto nacional artiguista, de defensa de los marginados, antioligárquico, es una plataforma política, pero hay quienes pueden decir: para mí no. Las Fuerzas Armadas no deberían asumir una postura política, porque en una democracia no lo deberían hacer, pero también porque deben respetarse a sí mismas.
—¿La postura de Manini entonces no fue favorable para las propias Fuerzas?
—En la medida que la relación con la sociedad se polariza y con las autoridades, por supuesto que las Fuerzas Armadas no se ven beneficiadas. No puedo concebir que sea bueno para las FFAA lo que no es bueno para la sociedad, porque ahí sí entraríamos en lo de los guardianes. Ese es un sentimiento arraigado y para mí es una plataforma política que se autorizó, se fue dando, hasta que llega la ley de retiros y a partir de allí se polarizó más.
Manini tiene unas cualidades que no desconozco, pero excedió el límite que un profesional militar debe respetar. Voy a la dualidad de Clausewitz: la guerra como ciencia autónoma, pero subordinada a la política.
—Se ha insistido en el vínculo forjado en los cuarteles durante la dictadura.
—Una cosa es pasar un tiempo en un cuartel y otra es la competencia profesional, que requiere actitud y aptitud. Y esto no es desmerecer a los civiles; no hay civiles que tengan el conocimiento y la competencia profesional para manejar la defensa. Desde 2010 hay una actitud condescendiente que a los militares también les sirvió. Cuando en 2010 la actitud cambia, otra vez hay cierta comodidad y regresa la autonomía que se estaba perdiendo y la cooptación. Ahí salen dos documentos: la Política de Defensa, en 2014 y la Política Militar de Defensa en 2016, que tiene que definir la relación con el poder civil, le asignan tareas que a uno le llama la atención: tareas de producción, infraestructura vial y otros con conceptos difíciles de definir. Si no hay un control civil firme, la tendencia de los militares es a ir cubriendo esos espacios. Y se va politizando.
—Un año atrás, en una visita que Búsqueda hizo a la Escuela Militar algunos cadetes decían: al fin tenemos un líder que nos representa y nos sentimos orgullosos del uniforme.
—Ahí hay un punto importantísimo, porque la sociedad tiene un debe: la educación de los militares, porque por ahí viene el cambio también. Un sistema de educación hermético, casi autosuficiente y autogestionado nos puede llevar a eso, a que no entendamos la relación civil-militar en una democracia.
Es diferente ahora que el general Manini es candidato a la presidencia por un partido político; ahí no tengo ningún reparo. Mi reparo es hasta el momento en que fue comandante y hasta que emite el mensaje de despedida. Es un hecho tremendamente inusual y reprochable desde el punto de vista de la democracia: un comandante que es destituido, eso cada uno podrá valorarlo de manera diferente, emite un mensaje utilizando el medio del Ejército con un mensaje político y dice que utilizará otras trincheras. Pero un comandante no es designado para hacer justicia social, ni para atender a los marginados.
—El ministro de Defensa, José Bayardi, y otros actores han hablado de una eventual utilización de las Fuerzas para llevar a la gente a votar en las elecciones internas.
—No lo sé. Francamente deseo que no haya sido así, porque sería un hecho grave, muy grave. Mi preocupación es que se respete la diversidad dentro de las Fuerzas Armadas y que estas no se politicen. Quien ejerce la profesión militar debe seguir el principio de Clausewitz de que el profesional no debe involucrarse en política ni utilizar su cargo o posición para manifestarse políticamente.
De todas formas, aunque respeto a Cabildo Abierto y a sus votantes, pienso que no es bueno que la corporación militar tenga una representación política. No da buenos resultados.
A su vez, la nueva Ley Orgánica Militar polarizó aún más el ambiente y no transformó nada respecto al control democrático. Este año se aprobó una ley orgánica con defectos de forma, de contenido y de economía. Además, con una técnica legislativa deficiente. Por ejemplo, la ley habla del empleo conjunto de forma excepcional y temporaria. ¿Cómo puede ser eso? ¿Se van a juntar un rato antes de hacer la operación? Ojalá no me manden en esa operación conjunta, porque va a ser peligrosísima. Falta saber cuáles son las Fuerzas Armadas necesarias y posibles. Además, la sociedad debe saber qué Fuerzas tiene en la actualidad, si mejoró y en qué, para poder verlo. El modelo desarrollista distrae de la profesionalización militar.
Información Nacional
2019-08-01T00:00:00
2019-08-01T00:00:00